Del mar a la cima del mundo: el mendocino que desafió lo imposible en 60 horas

Un mendocino se propuso una misión alucinante: unir el mar con el volcán más alto del mundo. Lo que sufrió en el camino, desde un robo hasta el agotamiento extremo, y cómo logró cerrar ese círculo imposible en tiempo récord.

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Del mar a la cima del mundo: el mendocino que desafió lo imposible en 60 horas

Un andinista argentino completó una travesía extrema que parecía una locura: unir el océano Pacífico con la cumbre del volcán más alto del planeta y volver, todo en poco más de dos días y medio. La hazaña incluyó 700 kilómetros en bicicleta por el desierto y una escalada solitaria en condiciones brutales.

El protagonista es Martín Erroz, un montañista mendocino de 50 años. Su punto de partida fue la playa de Bahía Inglesa, en el norte de Chile, desde donde salió a la medianoche del sábado. Su objetivo era el Volcán Ojos del Salado, con sus 6.893 metros sobre el nivel del mar.

“Después de los 350 kilómetros comencé a subir y me encontré con mucha nieve, lo que me obligó a abrir huella y eso es muy desgastante. El viento no ayudaba mucho. Realmente sentía que mis piernas estaban muy agotadas”, relató Erroz en una charla exclusiva con TN.

Un camino de obstáculos antes de empezar

El camino hacia este desafío estuvo plagado de inconvenientes. Originalmente, el plan era realizarlo en el Aconcagua, pero el clima y problemas con los permisos lo frustraron. Luego, cuando ya estaba en Los Andes preparándose, sufrió un robo que lo dejó prácticamente sin equipo.

“Me robaron en Los Andes todos los equipos. Me pasó de todo”, contó el andinista. Sin embargo, lejos de desanimarlo, el contratiempo lo impulsó. “¿A un paso de lograrlo, cómo no iba a continuar?”, se preguntó.

Volvió a Mendoza, consiguió equipamiento prestado y se lanzó a una travesía aún más exigente desde el lado chileno, con más distancia en bicicleta y una mayor exposición a los elementos.

Tras robos, clima adverso y agotamiento extremo, el andinista completó el desafío que parecía imposible. (Foto: gentileza Martín Erroz)
Tras robos, clima adverso y agotamiento extremo, el andinista completó el desafío que parecía imposible. (Foto: gentileza Martín Erroz)

La batalla contra la montaña y la mente

Tras pedalear 350 km, Erroz dejó la bicicleta y comenzó a caminar. Fueron 60 kilómetros a pie en altura extrema. En condiciones normales, una expedición al Ojos del Salado puede demorar entre 10 y 15 días. Él lo hizo en una ventana mínima de tiempo.

La fatiga y la duda lo alcanzaron a los 6.700 metros. “A esa altura ya estaba con pensamientos de volverme. Pasé por todos los pensamientos”, admitió. El tramo final, con una escalada vertical equipada con cuerdas fijas, fue el momento más crítico.

“La parte final, con una escalada vertical que tiene unas cuerdas fijas, fue clave. Había mucha nieve, hasta congeladas estaban las cuerdas, y sumado a mi cansancio, fue un momento de concentración máxima. Estaba solo en el cerro”, explicó.

Este no era su primer intento. En 2024 ya había probado el recorrido, llegando al final del tramo en bicicleta tras 25 horas sin parar, pero se le hizo tarde para el ascenso. “Fue muy riesgoso. Me di cuenta de lo duro que era”, recordó, considerando esa experiencia un aprendizaje vital.

Para Erroz, el gran enemigo en estos desafíos es mental. “Hay que pensar en grande y después uno va aprendiendo a fraccionar el proyecto. El gran problema de todos es la ansiedad”, reflexionó.

El mendocino Martín Erroz pedaleó 700 km, hizo cumbre en el Ojos del Salado y volvió al mar. (Foto: gentileza Martín Erroz)
El mendocino Martín Erroz pedaleó 700 km, hizo cumbre en el Ojos del Salado y volvió al mar. (Foto: gentileza Martín Erroz)

El apoyo clave en el desierto

Aunque la travesía fue en soledad, Erroz no estuvo completamente solo. Su amigo Marcelo Castellino lo acompañó en camioneta durante el tramo de aproximación, proporcionándole un apoyo logístico fundamental.

Castellino lo esperaba en puntos estratégicos con agua, comida y reposición mínima. “Sin ese apoyo estratégico, la exigencia física habría sido prácticamente inviable”, se reconoce en el relato de la hazaña. En desafíos de esta magnitud, un detalle así marca la diferencia.

El círculo perfecto: de la sal al hielo y de vuelta

Alcanzar la cumbre fue solo la mitad del camino. Le quedaba el descenso, recuperar la bicicleta y pedalear otros 350 kilómetros de regreso a Bahía Inglesa, con el cuerpo destrozado y más de 50 horas de esfuerzo continuo.

Cuando finalmente avistó el océano otra vez, la emoción lo desbordó. “Volver al punto inicial, el mar, y ver todo lo sucedido fue gigante. Estuve con una emoción enorme, con sentimientos a flor de piel”, confesó Erroz.

Había cerrado un círculo perfecto: desde el nivel del mar hasta casi 7.000 metros de altura y de regreso. “Sabía que había logrado algo que hasta a mí me había dado miedo cuando lo pensaba como proyecto completo”, agregó.

Cruzó el desierto en bici, subió en soledad y cerró el círculo frente al océano. (Foto: gentileza Martín Erroz)
Cruzó el desierto en bici, subió en soledad y cerró el círculo frente al océano. (Foto: gentileza Martín Erroz)

A sus 50 años, y con más de 20 ascensos al Aconcagua en su historial, Erroz no busca récords ni fama. Su motivación es más profunda. “Es una frase que no quiero escuchar nunca en mi vida: ‘Qué hubiera sido si iba… me gustaría haberlo hecho’. Son muletillas para no animarse”, sentenció.

Su hazaña, realizada con equipo prestado tras un robo y contra todo pronóstico, es un testimonio de que los límites más difíciles de superar a menudo no están en la montaña, sino dentro de uno mismo.

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