Del trueque a la necesidad: cómo sobreviven las familias de Comodoro que perdieron su trabajo

¿Qué pasa cuando quienes siempre ayudaron ahora necesitan que los ayuden? En Comodoro, un grupo de trueque pasó de 10 a más de 300 personas en menos de dos años, y el trueque se convirtió en la única salida para familias que perdieron todo.

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Del trueque a la necesidad: cómo sobreviven las familias de Comodoro que perdieron su trabajo
Del trueque a la necesidad: cómo sobreviven las familias de Comodoro que perdieron su trabajo

En Comodoro Rivadavia, una manta extendida sobre el piso ya no es solo un gesto de solidaridad: se convirtió en la última herramienta de supervivencia para cientos de familias que perdieron sus ingresos. Los grupos de trueque volvieron a crecer con fuerza y algunos ya superan las 300 personas. Ropa, juguetes y adornos se ofrecen a cambio de alimentos, jabón o shampoo.

La escena remite a la crisis de 2001, pero tiene un condimento nuevo: cada vez son más los que antes donaban y hoy necesitan ayuda. “Hay mucha gente que antes era la que donaba y hoy es la que necesita”, advierten desde uno de los grupos más convocantes de la ciudad.

El fenómeno detrás de las mantas

El trueque volvió a ganar terreno en Comodoro en medio de uno de los períodos económicos más complejos de las últimas décadas. La pérdida de más de 12.000 puestos laborales, vinculados directa o indirectamente con la actividad petrolera, impactó en miles de hogares y generó un efecto en cadena sobre el resto de la economía.

Familias que dejaron la ciudad, trabajadores que perdieron sus ingresos, menor consumo y comercios que no pudieron sostener sus puertas abiertas. En apenas un año cerraron más de 400 locales comerciales en Comodoro, en medio de una retracción que también alcanzó a actividades que parecían ajenas a la crisis petrolera.

De 10 personas a más de 300

Blanca es una de las organizadoras de estos espacios. Su grupo comenzó pequeño, pero la cantidad de participantes creció de manera acelerada. “Habíamos empezado con 10, luego fueron 50, el año pasado llegamos a 120 y hoy somos más de 300 personas”, contó a ADNSUR.

Pero mientras aumenta la cantidad de personas que buscan intercambiar, ocurre otro fenómeno: disminuyen aquellas que tienen alimentos para ofrecer. “Hay mucha demanda de alimento. Mucha gente lleva ropa, juguetes, adornos, y la intención es cambiarlos por comida. Pero cada vez hay menos comida para canjear”, relató.

Esa diferencia quizás sea el indicador más contundente de lo que está ocurriendo. No solo crece el número de personas que necesita ayuda, también disminuye la capacidad de ayudar de quienes hasta hace poco podían hacerlo. “El que dio en su momento, hoy pide ayuda”, resumió.

Cuando un pantalón vale un shampoo

El trueque tuvo una expansión masiva en Argentina durante la crisis de comienzos de siglo. Los clubes de trueque se multiplicaron por todo el país y funcionaron como una economía paralela: artesanías por comida, ropa por artículos de limpieza, servicios por mercadería.

Más de dos décadas después, aquella lógica reaparece con nuevas herramientas. WhatsApp y Facebook permiten conectar rápidamente a cientos de personas y coordinar encuentros. Pero la necesidad que los impulsa se parece demasiado.

“Hay gente que pide desesperadamente cambiar un pantalón, por ejemplo, a cambio de un jabón o un shampoo, para poder bañar a sus chicos y llevarlos a la escuela”, contó Blanca.

Los alimentos encabezan la demanda, pero los productos de higiene también se transformaron en bienes difíciles de comprar para familias que tienen que establecer prioridades todos los días. “Mucha gente viven de changas, de albañilería, o venden tortas fritas en la calle. Tienen que decidir si comer o pagar los servicios. Eligen pagar los servicios porque tienen familia, pero después no pueden comer”, explicó.

Los nuevos integrantes: tenían trabajo y lo perdieron

Entre los nuevos integrantes aparecen personas que hasta hace poco tenían ingresos estables o una actividad laboral sostenida. “Mucha gente que se sumó este año tenía trabajo y lo perdió. Cuidadoras de adultos mayores, limpieza, albañilería, nos cuentan que tenían trabajo hace años y lo perdieron ahora”, señaló Blanca.

La crisis comenzó golpeando al sector petrolero y a sus empresas vinculadas, pero la pérdida de miles de salarios tuvo consecuencias inevitables sobre el consumo. Menos dinero circulando significa menos compras, menos servicios contratados, menos construcción, menos trabajo doméstico y menos changas.

La consecuencia aparece varios escalones después: quien trabajaba limpiando una casa pierde horas, quien cuidaba adultos mayores deja de ser contratado, el albañil encuentra menos obras y quien vendía comida en la calle vende menos. Y finalmente, algunas de esas personas llegan al trueque.

Según Blanca, entre los participantes hay muchas madres que sostienen solas sus hogares y otras que, aun en pareja, viven en familias donde ningún adulto consigue empleo. “Hay mucha gente que tiene hijos y no tiene cómo darles de comer, es muy triste”, lamentó.

Mantas en el piso y familias buscando intercambiar

Blanca quiere que los encuentros vuelvan a las plazas. No solo porque allí es más fácil reunir al grupo, sino porque estar en un espacio público permite que alguien que pasa pueda observar, acercarse y colaborar.

“El que asiste se encuentra con mamás, papás y niños. Con mantas o manteles, los ponen en el piso y acomodan toda la ropita. La de ellas y también las que conseguimos como donaciones. Entonces viene otra gente y por ahí dejan alimentos a cambio de esas cosas”, describió.

La intención es recuperar la dinámica inicial. “Queremos volver a reunirnos en las plazas como al principio, para que la gente que pase nos vea, pueda dejar un alimento y llevarse algo que le gusta. A la gente no le da vergüenza. Vergüenza es robar. Pero estar en un parque y ofrecer algo para poder recibir es necesario y en algún sentido muy lindo”, agregó.

Dentro del grupo incluso se generan objetos para que quienes no tienen nada puedan ofrecer algo. “Yo hago individuales, posavasos, y se los doy a estas personas para que tengan algo que intercambiar. Y lo terminan entregando de regalo en agradecimiento a la gente que las ayuda”, contó Blanca.

En esa tarea también destaca a Isabel Chodil, su compañera de siempre. “Ella desinteresadamente da su casa, su servicio, atiende a la gente, los ayuda como puede. Lo poco para nosotros es mucho. Nuestro lema es dar para recibir”, expresó.

Una postal que Comodoro creía haber dejado atrás

Hay algo generacional en el regreso del trueque que resulta especialmente duro para quienes atravesaron la crisis de comienzos de los 2000. Muchos adultos que hoy participan recuerdan perfectamente aquellas imágenes: clubes llenos, familias intercambiando productos, personas ofreciendo lo que sabían hacer porque el dinero no alcanzaba. “Que nuestros hijos y nietos pasen por esta necesidad que alguna vez pasamos nosotros es terrible”, sintetizó Blanca.

Veinticinco años después, el trueque no regresa de la misma manera. Ahora hay WhatsApp, Facebook y redes sociales para organizarlo. Ya no hacen falta carteles en los barrios. Pero debajo de esa modernización sobrevive una lógica antigua y preocupante: cuando el salario desaparece, la changa escasea y el dinero no alcanza, las pertenencias se transforman nuevamente en moneda.

Un pantalón puede convertirse en un paquete de comida. Un juguete, en productos de limpieza. Una prenda en desuso, en shampoo para que los chicos se bañen antes de ir a la escuela. En una ciudad que durante décadas estuvo asociada a algunos de los salarios más altos del país, el crecimiento de estos grupos expone una cara diferente de la crisis.

No es la que aparece en las estadísticas de empleo o en los locales cerrados, sino la que se observa sobre una manta extendida en una plaza. Y quizás el dato más inquietante no sea que un grupo que comenzó con diez personas hoy supere las 300, sino que algunos de quienes antes se acercaban con un paquete de alimentos para ayudar, hoy llegan con una bolsa de ropa buscando conseguirlo.

“Esta gente necesita de verdad. Y sin embargo es gente muy noble, la gente humilde es la que más te ofrece siempre”, aseguró Blanca.

El grupo permanece abierto para quienes necesiten participar o quieran colaborar. “Acá no elegimos, todos son bienvenidos con los brazos abiertos”, explicó. Quienes quieran sumarse pueden comunicarse con los organizadores al 2974057918.

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