Día de las Bibliotecas Populares: el espacio que nació en un garage y hoy pelea por sobrevivir en Villa Obrera
La Biblioteca Popular Lucía Epullán de Villa Obrera nació en un garaje en 2003 y hoy atiende de lunes a viernes con unos 16.000 libros. Pero su sostén depende de subsidios que este año volvieron a recortarse y desde adentro advierten: «Siempre está el riesgo de que desaparezcan las bibliotecas».
La Biblioteca Popular Lucía Epullán de Villa Obrera abrió en 2003 en un garaje cedido sobre calle Brown y hoy ocupa un edificio propio en Alem y Piedra Buena, frente a la plaza del barrio. Con unos 16.000 libros y talleres gratuitos, el espacio atraviesa un contexto de recortes que pone en riesgo su continuidad.
David Zúñiga es trabajador social y bibliotecario del turno mañana. Abre la institución todos los días desde hace dos años y fue uno de los protagonistas de su historia fundacional. En diálogo con Diario RÍO NEGRO, repasó los orígenes del espacio, el rol que cumplió durante la crisis de 2001 y los desafíos que enfrenta hoy.
Un espacio nacido de la organización vecinal
La biblioteca abrió sus puertas el 22 de noviembre de 2003, cuando un grupo de vecinos y vecinas de Villa Obrera decidió organizarse para responder a una necesidad concreta del barrio.
«Había mucha población, muchos niños, familias numerosas, familias de trabajadores, y necesitaban y querían tener un espacio de lectura y de libros para motivar, para educar, para acompañar», relató Zúñiga, que recordó que en las inmediaciones ya funcionaba la escuela 223.
La Fundación Don Fernando cedió entonces un garaje sobre calle Brown para la primera apertura. Con los años llegaron nuevas posibilidades: el municipio cedió el terreno donde funciona actualmente, en la esquina de Alem y Piedra Buena, frente a la plaza del barrio.
Campañas de recolección de materiales, la colaboración de alumnos de la ENET y de la asociación civil Un Techo para mi Hermano, junto con subsidios provinciales y nacionales, permitieron avanzar con la construcción por etapas. La primera se inauguró en 2008, la segunda al año siguiente, en 2010 se habilitó un espacio verde, en 2012 comenzó una nueva ampliación y recién en 2019 se completó la obra que hoy alberga la sala de lectura, el sector de talleres, la «bebeteca» y un espacio de lectura silenciosa para estudiantes.
El Banco de la Buena Fe y la salida de la crisis
El Banco Popular de la Buena Fe era un programa nacional que la Pastoral Social del Alto Valle ya venía desarrollando en la región desde los años de la crisis de 2000-2001, antes de que existiera la biblioteca. Buscaba replicar la experiencia del Banco de los Pobres creado por el economista Muhammad Yunus.
Cuando la biblioteca abrió en 2003, se sumó a ese programa que ya estaba en marcha y pasó a funcionar como uno de sus «banquitos» locales. Zúñiga integró el equipo técnico junto al economista Darío Tosoni y a la trabajadora social Sandra Valenzuela, y recorrió con ellos distintos barrios y bibliotecas populares de Cipolletti, Roca y otras localidades del Alto Valle, entre ellas Villa Regina.
El mecanismo se organizaba en grupos de cinco promotores vecinales que acompañaban a emprendedores del barrio y otorgaban microcréditos sin garantías patrimoniales. «En ese programa no se pedía garantía, la garantía era el valor de la palabra, y era multiplicador», explicó sobre el funcionamiento de estos fondos rotatorios, que se sostenían con una devolución de interés mínimo.
«Eran tiempos de crisis, 2000, 2001, y había que reconstruir el tejido social de alguna forma», agregó, y remarcó que el objetivo era «palanquear al que está al lado para que comience a emprender y para que salga del pozo», en un contexto de «mucha pobreza», «desocupación» y «falta de iniciativa y de creer en el otro». Según contó, todavía hoy hay personas de la zona que sostienen pequeños comercios que nacieron de aquellos microcréditos.
Casi un cuarto de siglo después, Zúñiga sostiene que la crisis social volvió a hacerse sentir en el barrio. «El barrio Villa Obrera es de gente trabajadora y se siente, lo observo, que estoy todos los días acá, se siente la crisis, la falta de trabajo, la falta de comida», afirmó. Esa percepción llevó a la biblioteca a sumar un refrigerio a su taller de apoyo escolar de los martes, después de que varios chicos empezaran a llegar con hambre a las actividades de la mañana.
Cómo funciona hoy
Además de la «bebeteca» para niños y niñas de hasta 10 años y de la sala de lectura silenciosa, funciona un espacio de talleres donde se dictan de manera gratuita un curso de ajedrez a cargo de Juan Manuel Cordero Pizarro y uno de dibujo a cargo de Chelo Candia, ambos financiados por el municipio.
A través del programa provincial Capacitarte se suman este año un taller de jardinería y poda, dictado por Pablo Jaramillo dos veces por semana, y otro de comunicación en redes orientado a emprendedores del barrio, a cargo de Julieta Nahuel Cura, estudiante de Comunicación Social.
La institución también articula con el centro de salud del barrio, con el que organiza charlas de prevención, como una sobre chagas prevista para estos días. También con el programa CECI, en el marco del cual colabora un grupo de abuelas lectoras que visita escuelas de la zona, y con las escuelas 223 y 128 y la Escuela Secundaria Rionegrina N° 51, cuyos estudiantes visitan periódicamente el espacio.
«Nosotros buscamos asociar a la familia, no a una persona», explicó Zúñiga sobre esa lógica de trabajo, que permite que un libro solicitado por una madre termine también en manos de un hijo o un nieto.
La biblioteca atiende de lunes a viernes de 8:30 a 20, con Zúñiga a cargo de la mañana y otra bibliotecaria por la tarde. Cuenta actualmente con unos 16.000 libros y la cuota societaria de este año es de 15.000 pesos anuales, o 8.000 pesos semestrales, con la posibilidad de retirar tres libros por diez días. La comisión directiva está compuesta por un presidente, tesorero, secretario y vocales. En este momento, Miguel González Carey está al frente de la presidencia.
«La biblioteca popular no es una isla»
Según el trabajador social, el sostén económico de la institución depende sobre todo de dos subsidios: uno nacional, canalizado a través de la Conabip, que se destina en parte a la compra de libros y en parte a conectividad, y otro provincial. La cuota de los socios, en cambio, cubre gastos menores de mantenimiento y limpieza. Todos los años participan además de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde acceden a una campaña que les permite comprar ejemplares a mitad de precio.
Ese esquema de financiamiento sufrió este año nuevos recortes, en línea con una tendencia que Zúñiga describió como sostenida en el tiempo. «Siempre está el riesgo de que desaparezcan las bibliotecas, o que desaparezca la Conabip», advirtió, y lo vinculó con el cierre de varios ministerios nacionales.
«Hay una política de gobierno que de alguna forma busca eso», planteó. El tema, dijo, es motivo de debate permanente entre las bibliotecas populares nucleadas en una red regional que se reúne para discutir el futuro del sector.
Y remarcó la importancia de estos espacios: «Las bibliotecas son espacios de intercambio, son espacios de vinculación, son espacios comunitarios, son espacios de crecimiento, espacios de encuentro, espacios de conocimiento», enumeró, y equiparó su función a la de un centro de salud o una escuela en el barrio.
«Tiene que ver con un derecho, un derecho a la educación, un derecho al conocimiento», agregó. «La biblioteca popular no es una isla. Acá recibimos al socio que viene a buscar un libro, como también recibimos al vecino con un problema y lo tratamos de acompañar. Desde acá se hace solidaridad, se hace compañerismo, se brinda escucha», resumió.
El desafío de convivir con lo digital
El referente planteó que la supervivencia de las bibliotecas frente al avance de la digitalización se trata de un desafío cotidiano, más que de una amenaza resuelta. «Nosotros desde la biblioteca ofrecemos libros en papel, con una tapa bonita, con una encuadernación, y es un desafío también para la biblioteca y para cada persona», señaló.
Contó que hay socios que retiran varios ejemplares por vez, entre libros breves y otros de muchas páginas, y que algunos reconocen que podrían leerlos en formato digital. Sin embargo, remarcó, «no es lo mismo que el papel».
A pocos días de cumplir 23 años de historia, la institución de Villa Obrera invita a sumar nuevos socios y a acercarse a conocer su trabajo. «La biblioteca está abierta, la biblioteca los espera. Esperamos asociar personas y esperamos que las personas se acerquen a leer, a compartir, a conocer la biblioteca», cerró Zúñiga.