Día del Profesor: la docente que pensó en renunciar el primer día y terminó 34 años en el aula
¿Qué hizo Nilda Cordón para que sus alumnos de barrios postergados llegaran a la universidad? La docente mendocina que pensó en renunciar el primer día revela el gesto que marcó a sus exalumnos.
Nilda Cordón se paró frente a su primer curso, dio casi nada de lo que había preparado y volvió a su casa a llorar. Tres décadas después, ya jubilada, cuenta qué la convenció de quedarse y el gesto que sus exalumnos no olvidan.
La educación secundaria es una etapa donde se aprende a mirar el mundo más allá del pizarrón. En el Día del Profesor, la historia de Nilda Cordón, docente mendocina jubilada, es una de esas que se enmarcan en la fecha: dedicó 34 años y un mes a la docencia y convirtió su auto en el vehículo que llevó a decenas de chicos de barrios postergados hasta la puerta de la universidad.
La decisión que nació a los 11 años
Su vocación no vino de un referente ni de una tradición familiar. Nilda tenía once años y cursaba sexto grado en una escuela religiosa cuando la Argentina se enredó en el conflicto limítrofe con Chile por las islas del Canal de Beagle. Notó que sus maestras faltaban y que las monjas las reemplazaban al frente del aula. Cuando preguntó, supo que se habían ido a capacitarse para entender dónde quedaba el Beagle y qué se disputaba allí.
“Si uno no conoce, lógicamente, uno no puede defender lo que no conoce porque no sabe que existe. Ahí me dije a mí misma: ‘Yo cuando sea grande voy a ser maestra de Geografía’”, recuerda. La curiosidad fue el motor: quería entender eso que las maestras habían salido a estudiar.
El primer día que casi la saca del aula
Después de años de formación y prácticas en la escuela Martín Zapata, llegó el bautismo de fuego en un colegio de realidad socioeconómica compleja. “Fue totalmente distinto a todo lo que yo había practicado”, admite. Dio la clase, avanzó apenas un poco de todo lo que había planificado y volvió a su casa a llorar. “Me dije: ‘No es para lo que yo estudié, no es lo que quería’”, confiesa.
Lo que la sostuvo fue el recuerdo de su madre esperándola con mates y caricias en la cabeza. Entendió que no todas las escuelas ni todos los alumnos son iguales, y que el desafío no era motivo para bajar los brazos.
De ahí en más pasó por escuelas privadas y por el nivel superior: el Instituto 9-001 de San Martín, donde trabajó en el profesorado de Geografía y la Tecnicatura en Comunicación Social; la Normal de Godoy Cruz; y el Instituto de la Patria Grande, en Las Heras. Pero fue en los establecimientos menos favorecidos donde encontró su lugar: “Los alumnos que pertenecen a las clases sociales menos favorecidas necesitan más compromiso del docente y yo era una docente muy comprometida”.
Ese compromiso se tradujo en comedores y un ropero escolar que organizó junto a otras iniciativas, porque esas instituciones “necesitan un poco más”. “Tuve grandes satisfacciones y mis recompensas en esos lugares, sobre todo el cariño de mis alumnos”, agrega.
El auto como puente hacia la facultad
Entre los recuerdos que atesora, hay uno que repite con orgullo: llevar en su propio auto a exalumnos que querían estudiar una carrera universitaria pero no sabían cómo inscribirse ni por dónde empezar. Muchos venían de familias donde nadie había terminado la secundaria y el trámite les resultaba un laberinto.
“Cuando uno tiene que enseñar tiene que mostrarle a una persona algo que esa persona no sabe. En este caso fue cómo se hacía para inscribirse en una carrera universitaria”, explica. Lo hizo con varios estudiantes y en distintas oportunidades, convencida de que, si nadie asumía ese papel, esos chicos no iban a dar el paso.
No todos siguieron estudiando, pero Nilda se queda con otra cosa: haberles cambiado la mirada sobre lo posible. “La educación es maravillosa en ese sentido porque uno tiene la posibilidad de transformar la mirada de la vida. No hay salario que pueda pagar ese tipo de satisfacción”.
“Solo espero que se acuerden de mí”
Nilda se define como una persona de fe y sin referentes docentes en su entorno. Con esa convicción entendió que estar para alguien marca la vida. “Me hace sentir bien a mí. Es una parte egoísta. No es tan generoso todo, porque a mí me hace bien”, dice con honestidad.
Su último día de clases fue el 30 de agosto de 2024, en la Escuela El Algarrobal. Ya jubilada, mira el presente de la educación con preocupación y lo describe como nadar a contracorriente: “Se trata de enseñar en un entorno donde la educación es desvalorizada”.
Para este 17 de septiembre, pide dos cosas: que sus exalumnos conserven la curiosidad, esa que ella considera la base para aprender cualquier cosa, y que en algún momento de la vida se acuerden de ella. “Espero que algunos de mis alumnos se acuerden de mí”, cierra.