Dibujaba la ciudad que se perdía sin saber que su vergüenza escondía un legado
Nunca estudió arte, le daba vergüenza exponer y jamás se consideró artista. Sin embargo, pasó años retratando con una lapicera los rincones de Roca que ya casi nadie recuerda. Su hija revela la historia detrás de esa obsesión silenciosa y de una frase que anticipó todo.
Héctor Mutchinick no era dibujante. Nunca estudió arte, no pasó por ninguna academia y, de hecho, le daba vergüenza que lo invitaran a exponer porque sentía que le faltaba formación. Sin embargo, durante años se dedicó a retratar con su lapicera comercios, viviendas, calles y paisajes de Roca, hasta reunir cerca de un centenar de obras que hoy se reparten entre instituciones, amigos y vecinos. A más de tres décadas de su muerte, su hija Juliana reconstruyó en diálogo con ANR la historia detrás de ese legado silencioso.
Mutchinick nació en Buenos Aires pero encontró en Roca su lugar en el mundo. Pasó parte de su juventud en la ciudad, se fue a estudiar Medicina, cumplió el servicio militar y volvió. Acá formó su familia, trabajó en una librería y después en el corralón familiar de Maipú y 9 de Julio, y fue en ese entorno donde empezó a dibujar casi sin darse cuenta.
“Algo, una mano invisible, lo llevaba a dibujar”, contó Juliana. Al principio hacía caricaturas y trabajaba con yeso, hasta que descubrió la lapicera Rotring, la herramienta con la que realizaría la mayoría de sus obras. El método era simple: se paraba frente a un lugar que le llamaba la atención, bosquejaba las líneas generales y después completaba el dibujo con regla y lapicera. Si algo no le cerraba, volvía a la madrugada para corregirlo.
El testimonio de una ciudad que cambia
Sus dibujos no buscaban ser una copia exacta de la realidad. Según recordó su hija, a él le interesaba “plasmar lo que va desapareciendo”. Por eso retrató bodegas, esquinas, edificios y fachadas que con el tiempo fueron reemplazadas por construcciones nuevas. Algunos de esos lugares todavía conservan su estructura original; otros ya no existen.
Las obras incluían también pequeños detalles que escapaban a la arquitectura: grafitis, corazones, iniciales, mensajes para amigos y hasta consignas como “No a la droga”. “Para los que lo conocíamos, había detalles que sabíamos qué significaban”, explicó Juliana. Esos elementos llamaban la atención de los estudiantes que visitaban sus muestras.
Mutchinick nunca se consideró un artista. Cuando lo invitaban a exponer, sentía que era una falta de respeto para los dibujantes de la ciudad. Aun así, sus trabajos circularon por espacios culturales como la Casa de la Cultura, y una de sus primeras exposiciones se llamó “Testimonio”, en referencia a la frase con la que presentaba sus obras: “Estos dibujos serán testimonio de mi paso”.
Un legado que sigue vivo
Mutchinick falleció el 27 de abril de 1994, a los 9 de la noche, mientras iba en auto a una actividad vinculada con una exposición. Nunca llegó a saber el alcance de lo que dejó. Después de su muerte, su obra continuó apareciendo en muestras y homenajes, y fue reconocida como un aporte a la preservación del patrimonio cultural rionegrino.
Juliana conserva uno de los originales que su padre le hizo cuando era adolescente: un dibujo del boliche Aquelarre, cuya fachada todavía se parece al de aquella obra. También recuerda que su hija, que estudia Arquitectura, tiene una facilidad innata para el dibujo, aunque ni ella ni sus hermanos continuaron con la actividad artística de la familia.
Hoy, parte de los originales están resguardados junto con otros materiales de Mutchinick, y Juliana busca avanzar en su digitalización y conservación. “Él nunca supo lo que iba a dejar después de su muerte”, dijo. Pero sus dibujos siguen siendo, como él anticipó, el testimonio de su paso por Roca.