Dibujaba para calmar el dolor de su hija: el cuento terminó editado en China y Estados Unidos

Carolina Farías empezó a dibujar cuando su hija Sara atravesaba una adolescencia difícil y sufría bullying. De esa angustia nació un cuento que, años después, terminó editado en Estados Unidos y traducido al chino. ¿Cómo hizo para transformar ese dolor en una obra que cruzó fronteras?

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Dibujaba para calmar el dolor de su hija: el cuento terminó editado en China y Estados Unidos
Dibujaba para calmar el dolor de su hija: el cuento terminó editado en China y Estados Unidos

Carolina Farías nació en 1968 y, según recuerda, el dibujo la acompaña desde siempre. Lo que empezó como una inclinación de la infancia se convirtió con los años en formación, oficio y una carrera que ya lleva décadas. Para ella, ilustrar nunca fue solo hacer imágenes: también implica observar, interpretar y encontrar una manera propia de contar.

“Me gusta que una ilustración no subestime a quien la mira, que no le dé todo resuelto. Me gusta que haya algo para descubrir, para imaginar, para sentir”, explica en diálogo con TN.

Esa mirada se conecta con su forma de recordar las historias que la marcaron. Cuando menciona películas como E.T. o Forrest Gump, no se detiene en sus argumentos: lo que conserva son las emociones que le provocaron. “No solamente recuerdo las historias: recuerdo lo que me hicieron sentir”, cuenta.

De Bahía Blanca a trabajar con María Elena Walsh

Tras estudiar en Bahía Blanca, Farías se mudó a La Plata y convirtió el dibujo en una carrera universitaria. Allí profundizó una búsqueda que había arrancado en la infancia y que con el tiempo se transformaría en su identidad profesional.

En 2006 llegó uno de sus primeros grandes trabajos: ilustró Historia de una princesa, su papá y el príncipe Kinoto Fukasuka, de María Elena Walsh. Desde entonces trabajó para distintas editoriales y participó en proyectos junto a autores como María Cristina Ramos y Paula Bombara, además de colaborar en iniciativas vinculadas a Abuelas de Plaza de Mayo.

Su recorrido también la llevó fuera del país, pero algunas de sus obras más significativas nacieron de experiencias mucho más cercanas.

Una historia familiar que nació del dolor

Cuando su hija Sara atravesaba una adolescencia difícil y sufría bullying, Farías empezó a dibujar como una forma de canalizar la angustia. De ese momento nació Chameleon can be, una historia protagonizada por un personaje que intenta ser diferentes cosas hasta descubrir el valor de ser él mismo.

Lo que comenzó como una herramienta personal para atravesar una situación dolorosa terminó convertido en una obra editada en Estados Unidos, traducida al chino y con circulación en la Feria de Beijing. “Fue una gran satisfacción personal haber logrado convertir algo oscuro en algo positivo”, contó sobre aquella experiencia.

La historia reforzó una idea que atraviesa todo su trabajo: las imágenes pueden acompañar emociones y experiencias que muchas veces resultan difíciles de explicar con palabras.

Además de ilustrar, Farías hace años que se dedica a la docencia en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata, donde acompaña a estudiantes que buscan desarrollar sus propias herramientas para trabajar en el mundo de la ilustración. Cuando habla con ellos, repite una frase que también resume su trayectoria: “Hay mucha más transpiración que inspiración”.

Para ella, dibujar profesionalmente implica mucho más que tener talento: hay que trabajar, probar, equivocarse, corregir, investigar y aprender a construir una mirada propia. También insiste en que un libro ilustrado es un trabajo colectivo. “Un libro ilustrado se construye entre muchas personas”, resume. Por eso no cree que el estilo personal aparezca de un día para el otro: es el resultado de una búsqueda constante.

Una relación diferente con el tiempo

En una época atravesada por pantallas, videos y estímulos permanentes, Farías reivindica algo que considera propio de los libros: la posibilidad de detenerse. Pasar una página, volver atrás, observar un detalle o quedarse unos segundos mirando una ilustración construye una relación distinta con una historia. Para ella, no se trata de enfrentar al papel con la tecnología, sino de valorar lo que el libro todavía puede ofrecer.

En esa relación también encuentra una explicación sobre por qué algunas historias permanecen durante años: no necesariamente son las que lo explican todo, sino aquellas que consiguen despertar algo y dejan un espacio para que el lector complete con su propia imaginación.

Ahora llevó esa mirada a la historia de Noé

Su trabajo más reciente parte de un personaje conocido por todos: Noé. Farías ilustró un cuento de Glenys Nellist para Seed & Sparrow que propone una mirada mucho más cotidiana y humana sobre el personaje bíblico. En lugar de imaginar a un Noé solemne, la ilustradora trabajó sobre sus dudas, distracciones y dificultades para comenzar una tarea gigantesca.

“Noé aparece con una misión enorme, casi imposible, pero al mismo tiempo tiene algo muy reconocible: la dificultad de ponerse a trabajar, de arrancar, de no postergar. Y eso me resultó muy divertido”, explica.

El desafío estuvo en encontrar un equilibrio: sumar humor sin convertir la historia en un chiste y, al mismo tiempo, conservar su profundidad. En ese proyecto vuelve a aparecer una de las ideas que acompañaron a Farías durante toda su carrera: una ilustración no necesita decirlo todo. Puede sugerir, emocionar y dejar una puerta abierta para que el lector imagine el resto.

Quizás esa sea también la clave de una trayectoria que empezó con una chica que dibujaba desde pequeña y terminó convertida en la historia de una profesional que encontró en las imágenes una manera de contar, acompañar y transformar emociones.

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