Dijo que la siesta era sagrada, pero para ella era otra cosa: la infancia neuquina de Marité Berbel
Marité Berbel se crio entre canales de riego y calles de tierra, y hoy, a sus 70 años, cuenta cómo era la Neuquén que ya no está. Hay un detalle de su infancia que lo dice todo.
La cantora y compositora Marité Berbel, una de las voces más reconocidas de la cultura neuquina, reconstruyó a sus 70 años una ciudad que ya no existe: la de los canales de riego, las calles de tierra y los campos abiertos que se atravesaban caminando. Su relato forma parte de la serie con la que LM Neuquén recorre los 122 años de la capital a través de sus protagonistas.
Marité se crió en el barrio militar, donde su padre, Marcelo Berbel, creador de la música del himno de Neuquén, integraba la banda del Ejército. El paisaje de esa zona era muy distinto al actual. El barrio estaba cerca del Regimiento y del Polo Club, y su padre hacía guardias en los polvorines, en una zona que hoy se ubica cerca de calle Lanín.
Para visitarlo, la familia emprendía una caminata que hoy sería difícil de imaginar. Salían del barrio militar y atravesaban campos abiertos. En el camino, ella, sus hermanos y su mamá juntaban espárragos. “Me veo con mis hermanos y mi mamá caminando por esos caminos tremendos y juntando espárragos”, contó emocionada. Sobre ese paisaje, fue tajante: “Era la nada misma”.
Aquellos campos por los que una familia podía caminar libremente hoy forman parte de una ciudad densamente poblada. Donde había espacios abiertos, aparecieron calles, comercios y barrios. Pero para Marité, debajo de esa transformación todavía existe aquella Neuquén de la infancia.
La barda como patio de juegos
Para los chicos de aquella época, la ciudad también era la barda. Marité recordó las excursiones familiares junto a sus hermanos. Ella era bastante menor que ellos y, como buena hermana menor, terminaba siendo parte de todas las aventuras. La familia tenía un perro enorme al que los mayores le ataban una soga; en la otra punta ataban a su pequeña hermana. Uno de ellos subía a la barda, llamaba al perro y empezaba la carrera.
“Salíamos todos corriendo, nos caíamos, el perro me llevaba a la rastra, me pinchaba toda, pero la próxima vez lo volvíamos a hacer”, contó entre risas.
La barda fue su territorio de juego, mucho antes de que la ciudad creciera hasta ocupar buena parte de esos espacios. Pero había otro lugar todavía más atractivo para los chicos: los canales. Frente al Regimiento había un canal de riego. Cerca de allí, donde hoy se encuentran algunos de los accesos a Jumbo, los hermanos Berbel tenían su propio ritual. Antes de comer iban a cerrar las compuertas a modo de travesura. Para hacerlo llevaban maderas, yuyos y todo lo necesario para tapar el paso del agua.
Después comían y llegaba el momento que su mamá consideraba sagrado: la siesta. Para ellos era apenas una espera porque cuando los adultos se dormían, el canal se convertía en una enorme pileta. Marité aseguró que aún recuerda el olor del insecticida que su mamá tiraba contra las moscas antes de mandarlos a dormir. Y recuerda también cómo sus hermanos se escapaban por la ventana y después iban a buscarla.
“La siesta para mi mamá era sagrada y para nosotros, canal”, resumió. Una Neuquén en la que los canales formaban parte de la vida cotidiana, donde los chicos encontraban sus propios lugares para jugar y donde la frontera entre la ciudad y el paisaje natural todavía era difusa.
La música también nació en Neuquén
Mientras Marité crecía entre bardas y canales, en su casa también crecía otra parte de la identidad neuquina: la música. Su papá había ingresado al Ejército para aprender música. Ya componía, pero no sabía escribir. En el ámbito militar encontró la posibilidad de estudiar y formarse. Con el tiempo se retiró y se dedicó completamente a la música.
Marité creció rodeada de canciones. A los 11 años comenzó a ensayar con sus hermanos. La familia Berbel empezó a convertirse así en una referencia de la música neuquina. Pero la historia familiar también tuvo una pérdida temprana: cuando Marité tenía 12 años murió su hermano Néstor. Nunca llegaron a compartir los tres un escenario. Su hermano Hugo continuó cantando y después lo hizo Marité.
Su juventud transcurrió entre peñas y festivales. “La vida de boliches yo no la viví. Mis fines de semana eran peñas, festivales. Siempre fue así”, contó.
En 1969, la familia se fue a Buenos Aires. Sus hermanos habían partido antes para probar suerte y finalmente se trasladaron todos. Marité hizo la secundaria en Temperley y vivió varios años allí. Se casó, tuvo cuatro hijos y permaneció en la provincia de Buenos Aires hasta que regresó a Neuquén en 1980. Dos de sus hijos nacieron en Buenos Aires y dos en Neuquén. Su mamá fue fundamental para que pudiera continuar con la música y salir de gira mientras sus hijos quedaban a su cuidado.
Una voz en el Himno de Neuquén
El Himno de Neuquén fue creado por su padre y Osvaldo Arabarco. Marité ya era grande cuando ocurrió, y años después tuvo la posibilidad de formar parte de la grabación oficial. “Eso es un orgullo, una emoción ser parte”, dijo. La primera vez que el himno fue cantado públicamente fue en la Plaza de las Banderas, y Marité lo interpretó junto a su hermano.
Hace unos 37 años, contó, aunque la avenida ya no era de tierra, alrededor de la Plaza de las Banderas había muy poco de lo que hoy se conoce: Canal 7, la plaza, más abajo la universidad, un club militar y poco más. Mucho antes, cuando ella era niña, la avenida era directamente de tierra. Su padre siempre tuvo autos viejos que Marité recordó con humor y nombró como “cachirulos”. Los fines de semana llegaban hasta la zona que hoy ocupa la Plaza de las Banderas. Su papá apagaba el motor y bajaba hacia la Ruta 22 mientras comenzaba a saludar por la ventana del auto a quienes encontraba. “Imaginate, me encantaba, era el auto más silencioso y ese era el chiste de todos los fines de semana”, recordó con cariño.
“La ciudad de hoy es un orgullo, pero además es mi nido”, mencionó con la voz entrecortada y agregó: “Todas las cosas que te conté viven en Neuquén, yo vi la avenida Argentina de tierra, la viví, los canales dentro de la ciudad. Todas esas cosas viven con esa niña en Neuquén”.
Mientras la ciudad continúa creciendo, ella sigue aportando a su identidad desde la música. La Casa Cultural Los Berbel, en el barrio La Sirena, continúa formando parte de esa historia, al igual que el Coro Los Berbel.