Doña Pomposa tiene 94 años y un ritual que la Bajada Vieja espera cada 1° de octubre
En la Bajada Vieja hay una casa que cada 1° de octubre se llena de ollas y vecinos. Doña Pomposa, de 94 años, es la encargada de que el jopará no falte, pero este año una duda la tiene inquieta: lo que necesita para servir a todos.
En la Bajada Vieja de Posadas hay una casa que, desde hace más de quince años, se convierte en el epicentro de una tradición que mezcla memoria, cocina y comunidad. Allí vive Pomposa Amarilla de Valdés, de 94 años, la mujer que cada 1° de octubre sirve jopará para multitudes durante la celebración del Karaí Octubre. Este año, como siempre, anda inquieta: quiere asegurarse de que no falte ni una porción.
La anfitriona nació en Encarnación, Paraguay, el 19 de septiembre de 1932. Su receta ya trascendió fronteras: turistas, cocineros y chefs de Capital Federal viajaron hasta su vereda para probarla. "El año pasado, con el grupo que siempre colabora, realizamos 260 porciones para compartir con todas las familias, pero no faltaron quienes trajeron ollas para retirar varias raciones. Siempre sale, este año seguramente será con la colaboración de la gente", contó.
Una historia que viene de lejos
Su hija, Eusebia "Neni" Valdés (70), recuerda que antes del Karaí hubo un comedor comunitario donde se alimentaba a las villenas, a estudiantes universitarios, a obreros de la fábrica de cigarros CIBA y a muchas otras personas necesitadas. Allí se cocinaba poroto yopará, albóndigas, borí borí, so'o apu'a, y también los ñoquis del 29. Cuando Doña Pomposa dejó el comedor, la tradición del Karaí siguió y se hizo popular.
La celebración tiene su raíz en el acopio de alimentos durante el invierno: con lo que sobra se prepara el plato. Doña Pomposa les enseñaba a las personas humildes a guardar sus productos para "evitar esa tragedia". Es que, según la creencia, el Karaí Octubre pasaba casa por casa anotando quién cumplía y quién no. "Es un ser malo que representa a la malaria. El que no hace su tarea recibe el castigo, que es la malaria. Siempre hay alguien que se disfraza y aparece mientras los comensales le gritan ¡fuera la malaria!", relató.
De Encarnación a Posadas
Doña Pomposa se recibió de profesora normal a los 17 años en Encarnación. Enseñó en la zona de Loma Clavel, en una capilla dirigida por el sacerdote Carlos Winkel, y llegó a tener 70 alumnos en un aula. Su esposo, Enrique Valdés, contador y despachante marítimo, había cruzado a Posadas por diferencias políticas en su país. En 1959, ante un brote de poliomielitis, ella intentó cruzar para vacunar a sus hijos Eusebia y Enrique, pero ante la negativa debió gestionar un permiso especial en la Delegación de Gobierno. "Como era conocida, hablé al delegado de apellido Morínigo para que me otorgue un permiso, que era muy riguroso, para cruzar la frontera con los dos niños porque tenía miedo ante el avance de la epidemia", recordó.
Tras vacunarlos, consiguió una casa a medio caer propiedad de Salomón Chemes, un sirio libanés que se la vendió por 70 mil pesos. "Cuando había tormentas la apuntábamos con maderas porque teníamos miedo que se cayera", dijo. Poco después, el matrimonio abrió una despensa: primero en una esquina, luego en la otra, hasta instalarse en el local definitivo, donde están desde 1960. "A partir de ese tiempo empezamos a bolichear para salir adelante", remarcó.
Una vida de trabajo y comunidad
"Supe trabajar mucho. Tenía once años de antigüedad en el magisterio cuando crucé la frontera y dejé todo. Desde que vinimos tuvimos un buen camino y una buena vecindad", agregó esta devota de la Virgen de Itatí. Su hija destacó que sus padres trabajaban codo a codo: el padre en la comisión vecinal, la madre en la capilla Nuestra Señora de Fátima, donde funcionaba la sala de primeros auxilios. Ella se ocupaba de la campaña de los niños y, junto al Dr. Hernández, de la recuperación de personas alcohólicas. Don Enrique fundó el Círculo de Diabéticos y organizaba fiestas patrióticas para recaudar fondos, con los que se colocó la canilla pública y las piletas de lavar para que las mujeres no tuvieran que limpiar la ropa en la costa del río, donde sufrían mordeduras de víboras.
Doña Pomposa se define como "una persona respetada, luchadora, haciendo siempre buenas obras". Su prioridad fue formar a sus hijos: Neni es ingeniera química y ex docente de la Facultad de Ciencias Exactas, y Enrique es arquitecto. Para que estudiaran, armó una pieza donde se reunían ocho compañeros de ellos, cada uno con su lugar, un banco largo, mate, mate cocido con azúcar quemada y comida. "Fui hospitalaria. Ese era el compromiso y a más no podía ayudar. Hasta ahora se acuerdan de mí", contó.
La despensa familiar lleva el nombre de Virgen de Itapé, en referencia a la localidad donde nació Don Enrique, cerca de Villarrica. "El almacén estaba bien surtido, lleno de cosas. Entregaba números para atender a la gente porque este negocio acaparaba a todos los habitantes de la costa del río", recordó. También vendía artículos de loza traídos de Brasil, joggins para niños de la fábrica del arquitecto Bermejo, flores artificiales y perfumes.
La venta de comida también le dejó satisfacciones. "Hacía empanadas, lambreado de gallina, locro. Me levantaba a las 4 y tenía cuatro empleadas, una cocinaba, otra limpiaba", detalló. Y reconoció: "Me gusta mandar. Pero tenés que ser así porque, de lo contrario, no pasa nada". Las villenas, que la conocían todas, llegaban con canastos repletos de caña, dulces, maní y harina de maíz. "Cuando les sobraba, mi casa era el depósito. Pero todo lo que hice me dio muchas satisfacciones. Estoy agradecida con la gente porque donde me ve, me demuestra su aprecio", cerró.
Este 1° de octubre, como desde hace más de quince años, la olla de jopará volverá a humear en la Bajada Vieja. Doña Pomposa ya está lista.