El adiós que paralizó el centro: la noche en que Rosario le dijo chau a un ícono de la noche
Una marea humana tomó el centro para una despedida histórica. ¿Qué secretos guardan las paredes del mítico bar que vio pasar a leyendas de la música y ahora cierra sus puertas?
Miles de personas colmaron una cortada y plazas del centro para un último baile que marcó el fin de una era. El bar Berlín, un referente cultural desde 1996, cerró sus puertas para siempre el último sábado con una fiesta multitudinaria que desbordó el pasaje Fabricio Simeoni, la ex cortada Zabala.
El evento, anunciado como el “último baile en la cortada”, convocó a una marea humana de todas las edades. Desde la tarde y hasta entrada la noche, un flujo constante de personas entre “50 y algo” y “veintipico” se congregó para despedir al mítico pub.
La música fue el corazón de la despedida. El line up estuvo integrado por Pau Soka, Matilda y Cortito y Funky y la DJ Tita Smith, con Tomás Quintín Palma como anfitrión. Frente al local, con las puertas abiertas, se pudo ver a Luis María “Lulo” Corradín, dueño del ahora ex bar.
Un escenario que hizo historia
El cierre del Berlín no es solo el fin de un bar, sino de un espacio que cargaba con una herencia musical enorme. El local comenzó a funcionar en 1996 sobre las bases de Zeppelin, otro bar bailable cuyo arco musical iba de Prince a The Cure y de Hendrix a Sumo.
Por ambos escenarios –Berlín y Zeppelin– pasaron figuras como Pappo, Willy Crook, Daniel Melingo, Luis Salinas, Las Pelotas, La Mississippi, Diego Frenkel, Palo Pandolfo, Cholo Montironi, El Regreso de Coelacanto, Los Vándalos y Vudú, entre otros grupos rosarinos.

La ciudad se volcó a la despedida
La magnitud de la convocatoria superó todas las expectativas. La multitud no solo copó el empedrado que va de Sarmiento a Mitre, paralelo a Tucumán y Catamarca, sino que también se expandió por la Plaza de la Cooperación y parte de las calles aledañas.
El inesperado calor de marzo no fue un impedimento. La gente buscó refrescarse con un vaso o una botellita en mano, en una mezcla de nostalgia y celebración. Para algunos, era el cierre de más de tres décadas de recuerdos; para otros, la oportunidad de ser parte, aunque sea por una noche, de la historia cultural de la ciudad.
El ambiente fue una muestra palpable de cómo un espacio se transforma en un símbolo. La cortada, la plaza y las calles aledañas se convirtieron en el escenario perfecto para un adiós que resonará por mucho tiempo en la memoria colectiva de Rosario.