El ambicioso plan para convertir al río Negro en una vía navegable que comenzó hace más de dos siglos
¿Sabías que el río Negro fue protagonista de una odisea de exploración que comenzó en 1782? Descubrí cómo Villarino, Descalzi y otros desafiaron lo desconocido para abrir una ruta hacia los Andes.
Hace más de 240 años, un hombre se adentró en territorio desconocido con una misión que cambiaría la historia de la Patagonia. El río Negro, hoy testigo mudo de ciudades y campos, fue protagonista de una saga de exploraciones que buscaban unir la costa atlántica con los Andes. ¿Qué encontraron aquellos pioneros en sus aguas turbulentas?
La primera travesía: Basilio Villarino y su viaje al corazón del río
En noviembre de 1782, el alférez de la Real Armada Basilio Villarino zarpó desde Carmen de Patagones con la orden de reconocer el río Negro desde su desembocadura hasta su origen. Durante meses, navegó entre altas barrancas cubiertas de matorrales, enfrentando lo desconocido.
El 23 de enero de 1783, tras recorrer centenares de leguas, llegó a un punto clave: la confluencia de los ríos Limay y Neuquén. En su bitácora, los bautizó como Gran Desagüadero y Sauquel o Diamante, convencido de que el río Diamante desembocaba allí. Ignoraba que el nombre indígena 'Neuquén' significa 'correntoso', un presagio de las dificultades que aguardaban.
Nicolás Descalzi: el ingeniero que cartografió el río
Medio siglo después, en 1833, el ingeniero hidrográfico Nicolás Descalzi recibió el encargo de Juan Manuel de Rosas: remontar el río Negro a bordo de la goleta Encarnación. Su misión era reconocer ambas márgenes hasta la confluencia del Neuquén con el Limay, y cumplió con creces.
El resultado fue el 'Diario del reconocimiento del Río Negro', un trabajo que incluyó observaciones astronómicas y meteorológicas, y la fijación de vértices geodésicos. Esos mapas topográficos se convertirían en referencia obligada para décadas de expediciones posteriores.
La Ley 215 y el empuje oficial por la navegación
El interés por el río no se limitó a los exploradores. En 1867, el Congreso Nacional sancionó la Ley 215, que ordenaba trasladar la frontera interior hasta el río Negro y autorizaba fondos para explorar y hacer navegable su cauce. La Armada se sumó de inmediato a las tareas, marcando el inicio de una era de expediciones oficiales.
Dos años después, en 1869, el presidente Domingo Faustino Sarmiento ordenó al capitán Ceferino Ramírez liderar un nuevo reconocimiento. La expedición alcanzó la isla de Choele Choel, pero al intentar llegar a la Isla Grande, la embarcación encalló. Los tripulantes debieron resistir los ataques de Calfucurá, que les impidieron continuar y los obligaron a replegarse.
En ese contexto, el capitán Clodomiro Urtubey fue destinado a la costa patagónica, colaborando con Ramírez hasta la instalación del fortín General Conesa, origen de la actual ciudad rionegrina.
Expediciones que revelaron un río cambiante
La exploración no se detuvo. En 1872, Martín Guerrico comandó una nueva misión para profundizar los estudios. Siete años más tarde, otra expedición utilizó los mapas de Descalzi como guía y descubrió que el río no era el mismo: algunas islas seguían en su lugar, pero otras habían desaparecido o surgido de la nada.
Estos hallazgos demostraron que el río Negro era un ente vivo, en constante transformación.
1883: el nacimiento de la Escuadrilla del Río Negro
Finalmente, en 1883, todas esas experiencias cristalizaron en la creación de la Escuadrilla del Río Negro. Este hito marcó el inicio de una nueva etapa, con intentos más organizados de convertir al río en una vía de comunicación permanente entre la costa atlántica y el interior patagónico.
La historia de estos pioneros es un recordatorio de la tenacidad humana por dominar la geografía, y el río Negro, con sus corrientes y sus islas, guarda aún las huellas de aquellos que soñaron con hacerlo navegable.