El argentino que trabaja donde Einstein pasó 20 años y advirtió qué necesita el país para no perder a sus científicos
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El argentino que trabaja donde Einstein pasó 20 años y advirtió qué necesita el país para no perder a sus científicos

¿Qué condición señaló el físico argentino más citado del mundo como imprescindible para que el país no pierda a sus investigadores? Su respuesta, en la entrevista con RÍO NEGRO.

Juan Martín Maldacena tiene 58 años, nació en Buenos Aires y desde 2001 investiga en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, el mismo lugar donde Albert Einstein pasó sus últimos veinte años. La comunidad científica lo ubica entre los físicos teóricos más importantes del mundo. En diálogo con Diario RÍO NEGRO, habló de agujeros negros, del origen del universo y de las condiciones que la Argentina necesita para formar y retener investigadores.

Su rutina transcurre en buena medida frente a un pizarrón: hace cálculos, lee papers y discute problemas con colegas. Lo que busca entender no es sencillo: qué son el espacio y el tiempo, qué ocurre dentro de un agujero negro y cómo empezó el universo.

El «Messi» de la física y una idea que cambió todo

Algunos lo llaman el «Messi» de la física. Otros, el Einstein argentino. En 1997, con 29 años, presentó la «Conjetura de Maldacena», una propuesta que transformó la manera de abordar algunos de los problemas más difíciles de la disciplina. Desde entonces, miles de investigadores trabajan sobre las posibilidades que abrió.

Por eso se lo señala como el argentino más cerca de un Nobel. Él, en cambio, mantiene un perfil bajo: habla sin grandilocuencia y se muestra más interesado en las preguntas sin respuesta que en los reconocimientos.

De Caballito a Bariloche

Creció en Caballito, en la ciudad de Buenos Aires. Su papá era ingeniero y su mamá, traductora de inglés. Tiene dos hermanas menores, Anabella y Eleonora. En casa, cuando algo se rompía, el padre era el primero en intentar arreglarlo: el auto o el lavarropas. A Juan Martín le gustaba mirar y descubrir cómo funcionaban las cosas. Jugaba con Rastis y leía las novelas de aventuras de la colección Robin Hood.

Hizo la primaria en el colegio La Salle. Su mamá lo recordaba como un chico tímido e introvertido, que hacía las tareas a las apuradas y no se destacaba por la prolijidad. Después fue pupilo en el Liceo Militar General San Martín: días tempranos, horarios estrictos, gimnasia y marchar, lo que no hacía bien. Lo que sí disfrutaba eran las clases de física y matemática.

En 1986 ingresó a Física en la UBA y dos años más tarde llegó al Instituto Balseiro, con 20 años. En Bariloche encontró profesores que investigaban temas sin respuesta y compañeros con el mismo entusiasmo. Se recibió en 1991 y todavía considera que esos años fueron fundamentales para su formación.

Luego partió a Estados Unidos: doctorado en la Universidad de Princeton, paso por Rutgers y Harvard, y desde 2001 en el IAS de Princeton. En el camino acumuló algunos de los premios más importantes de la física y se convirtió en referencia mundial. Su trabajo abrió nuevas conexiones entre la gravedad, la mecánica cuántica y la estructura del espacio-tiempo.

Aunque lleva más de tres décadas en el exterior, vuelve a la Argentina al menos una vez al año. En diciembre de 2025 estuvo en Bariloche por el congreso de los 70 años del Instituto Balseiro. En agosto de este año regresó a Buenos Aires, dio conferencias y visitó a su familia.

Qué busca entender hoy

Consultado sobre cómo explicaría su trabajo a alguien que no sabe física, Maldacena señaló: «Trato de entender cómo funciona el espacio-tiempo cuando incorporamos las leyes de la mecánica cuántica». Recordó que hay dos grandes teorías surgidas a principios del siglo XX: la de Einstein, que describe la gravedad como una deformación del espacio-tiempo, y la mecánica cuántica, que describe el comportamiento de la materia a escalas muy pequeñas. «Las dos funcionan muy bien en sus respectivos dominios, pero todavía no entendemos completamente cómo combinarlas», afirmó.

Una vía para estudiar ese problema son los agujeros negros, donde ambas teorías resultan importantes. «Aunque parecen objetos muy exóticos, esperamos que lo que aprendamos sobre ellos nos ayude a entender mejor el origen de nuestro propio universo», dijo.

Sobre su idea más famosa, explicó que cuando la propuso en 1997 su interés principal era comprender mejor los agujeros negros y la gravedad cuántica. La conjetura plantea que una teoría que contiene gravedad puede ser equivalente a otra teoría cuántica sin gravedad que vive en un espacio con una dimensión menos. Lo que más lo sorprendió fue la cantidad de aplicaciones en áreas que no tenía en mente, como el estudio de sistemas cuánticos con interacciones muy fuertes, difíciles de analizar por otros métodos. También las relaciones entre la geometría del espacio-tiempo y la información cuántica, que sugieren que el espacio-tiempo podría surgir de una descripción cuántica más fundamental. «Estos desarrollos fueron el resultado del trabajo de muchos investigadores», aclaró.

El interior de un agujero negro, la pregunta que lo desvela

Entre los grandes interrogantes, el que más le interesa hoy es qué ocurre dentro de los agujeros negros. Según la teoría de Einstein, quien cae en uno puede atravesar el horizonte y entrar en una región donde la curvatura del espacio-tiempo se vuelve enorme y la descripción clásica deja de ser válida. La mecánica cuántica sugiere que debería existir una descripción más completa, pero todavía no se entiende bien cómo es ni cómo aparece en ella el interior del agujero negro.

Entenderlo, sostuvo, ayudará también a comprender qué pasa cuando el espacio-tiempo tiene curvaturas muy grandes, como al principio del universo. Esa es una de las motivaciones centrales para estudiar la gravedad cuántica.

Bariloche y un maestro

De su paso por el Instituto Balseiro guarda muy buenos recuerdos. «Lo más importante fue encontrar un ambiente donde tanto los profesores como los estudiantes estaban muy interesados en la investigación», contó. Recordó especialmente a Gerardo Aldazabal, su director de tesis de licenciatura, que había vuelto hacía poco de Italia y trabajaba en teoría de cuerdas. «Me interesó el tema y le pedí hacer la tesis con él», relató. También a sus compañeros, con quienes sigue en contacto, y las excursiones a las montañas. «Fue una época muy linda, tanto desde el punto de vista académico como personal».

Sobre cuánto de esa formación argentina sigue presente, respondió que mucho. En la UBA y en el Balseiro recibió una base sólida en física y matemática. En Bariloche, además, estuvo en contacto directo con investigadores de temas de frontera. «Uno aprende no solamente los conocimientos que están en los libros, sino también cómo se hace investigación: cómo se elige un problema, cómo se piensa una posible solución y cómo se discuten las ideas con otros investigadores».

Qué necesita la Argentina para no perder talentos

Para Maldacena, en el país siguen existiendo muy buenos estudiantes y grupos de investigación de nivel internacional, por lo que un joven que empieza a estudiar física puede formarse de manera excelente y hacer contribuciones importantes. Pero para eso «es necesario mantener un sistema científico que funcione bien».

«La investigación requiere continuidad. Se necesitan buenos profesores, becas para los estudiantes, oportunidades de trabajo para los investigadores jóvenes y recursos para hacer experimentos. No es algo que se pueda construir de un año para otro», advirtió.

También consideró clave el contacto con investigadores de otros países, porque la ciencia es una actividad internacional. «Es bueno que los jóvenes puedan viajar, aprender en otros lugares y luego tengan la posibilidad de regresar si así lo desean». Y cerró: «El desafío no es solamente formar buenos científicos, algo que la Argentina ha demostrado que puede hacer, sino también ofrecerles las condiciones para que puedan desarrollar su trabajo».

Convivir con la incertidumbre

Sobre cómo se vive la incertidumbre de preguntas que quizás nunca tengan respuesta, explicó que en la investigación no se piensa todo el tiempo en las grandes preguntas, sino en problemas concretos. A veces una idea no funciona; otras aparece un resultado interesante que abre nuevas preguntas. «Es parte del proceso normal de investigación».

«Lo interesante es que siempre hay algo nuevo para entender», afirmó, y destacó que una conversación con un colega o el resultado de otro investigador puede cambiar la mirada sobre un problema. «Sería lindo encontrar respuestas definitivas a algunas de las grandes preguntas. Pero también es interesante el camino que uno recorre tratando de encontrarlas».

Si pudiera conocer hoy la respuesta a una sola pregunta sobre el universo, eligió cómo comenzó. Sabemos bastante de su evolución a partir de las primeras etapas, pero no hay una descripción completa de lo que ocurrió cuando era extremadamente pequeño y los efectos de la gravedad cuántica eran importantes. «No sabemos si el tiempo tuvo un comienzo o si existe alguna descripción más fundamental en la cual el tiempo, tal como lo entendemos, surge de otros conceptos», planteó. Y concluyó que responderlo podría obligar a modificar bastante la manera de pensar el espacio y el tiempo.

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