El arquitecto que transformó las favelas de Río y ahora desafía a Rosario: "Esas torres son como palos clavados en el río"

Jorge Jáuregui se exilió en 1977 y desde Río transformó favelas con un método que premió Harvard. Volvió a Rosario y, frente al Paraná, disparó: "Son como palos clavados en el río". Qué propone para la ciudad.

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El arquitecto que transformó las favelas de Río y ahora desafía a Rosario: "Esas torres son como palos clavados en el río"
El arquitecto que transformó las favelas de Río y ahora desafía a Rosario: "Esas torres son como palos clavados en el río"

Jorge Mario Jáuregui volvió a su ciudad natal para dar una clínica de proyectos en la UNR. Desde hace casi cinco décadas vive en Río de Janeiro, donde fue protagonista de programas de urbanización de favelas premiados en Harvard. Su mirada sobre Rosario no es complaciente: critica las torres frente al Paraná y propone recuperar la ribera como espacio democrático.

El arquitecto rosarino Jorge Mario Jáuregui, radicado en Río de Janeiro desde su exilio en 1977, estuvo esta semana en Rosario para participar de una clínica de proyectos y otras actividades organizadas por la carrera de Arquitectura de la UNR junto a la Universidad de Morón y el Colegio de Arquitectos local. En diálogo con El Ciudadano, repasó su trayectoria y dejó un diagnóstico filoso sobre el crecimiento urbano.

Para Jáuregui, todo arquitecto debe ser hoy, también, un urbanista. Y el urbanismo es una cuestión política. Bajo esa premisa advirtió que las ciudades se están moldeando al ritmo de los desarrollos empresarios, con el Estado relegado a un rol de acompañamiento de los negocios inmobiliarios.

“Ciudades esquizofrénicas” y dos Rosarios

El resultado de ese proceso, según su análisis, son urbes “esquizofrénicas y desarticuladas”, con periferias abandonadas. Un territorio en disputa donde, a falta de mediaciones y participación, se reproducen los ganadores y perdedores de siempre. En Rosario, ejemplifica, eso se traduce en “dos ciudades”: la cuidada, entre bulevares, y la que queda fuera de esa frontera informal, con menos equipamiento, menos servicios y menos contemplada por las intervenciones públicas.

Sin embargo, su diagnóstico no es fatalista. Describe lo que “está”, no lo que “es” o puede ser. De hecho, fue protagonista de modelos de urbanización reconocidos globalmente, integradores y transdisciplinarios, que priorizaron a los sectores más postergados y estigmatizados. Muchos de esos programas fueron discontinuados o vaciados de presupuesto.

De Rosario a las favelas: una trayectoria premiada

Nacido en barrio Arroyito, hincha de Newell’s, Jáuregui se recibió de arquitecto en la UNR en 1973. Militó en el peronismo y en 1977, durante la dictadura, se exilió en Brasil. Vive y trabaja desde entonces en Río de Janeiro, donde obtuvo el título de Urbanismo en la Universidad Federal.

Fue una figura central del Programa Favela-Bairro, iniciado en 1995 por la Prefectura Municipal de Río. Tras ganar varios concursos con su estudio, intervino en más de 20 favelas, entre ellas Vidigal, Fubá-Campinho y Fernão Cardin. Rompió con la lógica de erradicación de viviendas y, en su lugar, integró esos barrios al resto de la ciudad con infraestructura. Por esa labor recibió el premio Veronica Rudge Green de la Universidad de Harvard.

También participó del Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC), lanzado en 2007 por el gobierno federal durante el primer mandato de Luiz Inácio Lula da Silva. Allí lideró proyectos de urbanización de conjuntos enteros de favelas como el Complexo do Alemão, Manguinhos y la Rocinha. En el primero fue gestor del Teleférico, el primer sistema de transporte masivo por cable utilizado para conectar los morros en Brasil.

En 2010 continuó con el Morar Carioca, que de cara a los Juegos Olímpicos de Río 2016 fue la continuación natural y evolutiva del Favela-Bairro. Ese proyecto derivó en el Workshop Internacional del mismo nombre, coordinado académicamente por Jáuregui junto con la UNR y universidades brasileñas. Allí estudiantes y docentes viajan a Río para leer el territorio y proponer soluciones de diseño urbano desde las propias favelas.

Esa es una de las razones por las que vuelve seguido a Rosario. La visita de esta semana fue posible por la colaboración entre la carrera de Arquitectura de la UNR, su homóloga de la Universidad de Morón y el Colegio de Arquitectos local. El docente y arquitecto Marcelo Barrale, promotor de esos encuentros, rescató la sintonía entre instituciones, poco frecuente.

“El Estado es dependiente de los planificadores privados”

Jáuregui no esquiva el debate sobre por qué las ciudades crecen como crecen. “Se va a continuar construyendo, las ciudades van a continuar creciendo, todas, Rosario, Río, San Pablo, Buenos Aires, Bogotá, Medellín, Ciudad de México”, plantea. La pregunta, dice, es de qué manera hacerlo: “¿cómo construir estas ciudades por partes, pero articuladas a lo que ya existe, conectivas, compactas, densas, con servicios, espacio público de calidad, configurando un paisaje agradable, no un amontonado de materiales, no un apilamiento de pisos?”.

Su respuesta apunta al corazón del problema: “el Estado es dependiente de los planificadores privados”. Y agrega que “el poder público tiene poco margen de maniobra, está condicionado, sometido a satisfacer los intereses de estos inversores privados que son los que ponen el dinero para las campañas electorales”, entre otras cosas.

Sin embargo, no siempre fue así. Jáuregui propone mirar a Europa después de la Segunda Guerra Mundial, cuando “había una confianza en que el Estado podía conducir un proceso de construcción. Planeaba y los privados actuaban de acuerdo con un norte que el Estado determinaba”. Cita casos como París, Madrid, Barcelona, Sevilla, Granada, y contrasta con “el desastre de Dubai”. Se trata de urbes caminables, diversas, con espacios de distintas escalas pero articulados y con continuidad. No son modelos para copiar sino para rearmar y adaptar al presente. “Hoy pensamos que tenemos que tener armonía junto con desarmonía, que es lo que define la gran ciudad contemporánea como Rosario, Buenos Aires o Río”, sostiene.

La discontinuidad de las políticas y el riesgo electoral

Uno de los problemas que señala en las democracias latinoamericanas es la discontinuidad de las políticas públicas. “Viene un gobierno, traza una, el siguiente la desmonta y hace otra diferente. Entonces, esa interrupción afecta, sin duda, tanto lo físico cuanto lo social. Y puede generar descontentos significativos”. Esa decepción estatal, advierte, termina alimentando el ascenso de gobiernos neoliberales, votados incluso por quienes mejoraron sus vidas con espacios políticos de signo contrario.

“Por ejemplo, gente que se benefició de los programas de los cuales participé, muchos de ellos pueden estar votando este domingo a Flávio Bolsonaro”, ilustra sobre el balotaje presidencial en Brasil. Su observación se respalda en un análisis que cruza datos del Tribunal Superior Eleitoral (TSE) y el Censo: en el 20% de los barrios de Río con menor renta (favelas y periferias), Bolsonaro se impuso en la primera vuelta con el 51% de los votos válidos, mientras que Lula obtuvo el 41,2%. En el 20% de los barrios de mayor poder adquisitivo la tendencia se revirtió: Lula alcanzó el 49,7% frente al 41,3% de Bolsonaro.

Defender las políticas públicas integradoras implica, para Jáuregui, otras tareas: concientización, trabajo territorial permanente y una impostergable construcción de soberanía tecnológica. Lo último, por la incidencia de internet, las redes sociales, las fake news y la inteligencia artificial que desvirtúan la conversación democrática. Porque, insiste, el urbanismo es político y está conectado con el resto de las intervenciones públicas. Sin una visión general, los avances transitan por hielo fino.

Torres “clavadas como palos” frente al río

En su visita a Rosario, Jáuregui posó una mirada extrañada sobre el paisaje urbano de la ribera del Paraná. “Estas torres en el borde, sueltas, son como palos clavados en el borde del río que no tienen ninguna otra utilidad que alojar gente que puede pagar caro por esa localización”, dispara. Moles de cemento que, afirma, no construyen ciudad.

“Son todas cerradas, bunkerizadas”, describe. No dejan lugar para la circulación libre de las personas. Aclara que no está en contra de los edificios altos: “Defiendo la ciudad densa, compacta y conectiva. Concentrar para reducir costos de infraestructura, para tener vida en la planta baja, más racional el uso de los recursos públicos, alumbrado, cañería, limpieza, servicio en general”.

Lo que cuestiona son las construcciones excluyentes, como las torres frente al río, frente a las integradoras: “Que la planta baja tenga una cierta generosidad. Que la ciudad se le pueda meter por abajo, que haya comercios, servicios, espacios para actividades que le interesen no solo a la gente de la torre, sino a todos”.

Los emprendimientos inmobiliarios que critica se publicitan, desde el sector privado y el poder político, con el plus de una cierta “devolución” social: áreas públicas en los terrenos, de supuesta libre circulación. Jáuregui lo pone en entredicho. “Por más que dejen un pedazo obligatorio llamado espacio público entre comillas, las torres están pensadas como aisladas, como objetos autosuficientes a los que no les interesa mucho conectarse con la trama urbana”.

Esa morfología, completa, “genera una no ciudad, donde las reglas de comportamiento, de uso del espacio, de acceso, de conexión con el resto de lo que existe son frágiles o inexistentes”. Y remata: “No creo que el problema de la ciudad sea la altura del edificio. Pueden ser edificios muy altos, pero cuando veo cuatro torres sueltas, y ahora están pensando otra, eso no es ciudad. Porque entre ellos no hay nada, es una torre, nada, otra torre y nada”.

Por el contrario, sostiene que “lo que genera ciudad es justamente el entramado, la urdimbre por abajo, que haya un tejido físico y social, que las cosas puedan tener continuidad, para que caminando se pueda ir de la plaza central a cualquier otro punto sin interrupción, sin tener miedo de tener que atravesar una avenida con 800 carriles de autos, que es poco agradable”. En ese punto, el diseño de la movilidad es clave: “Tiene que ver con transporte público, eso y la continuidad del tejido urbano son determinantes para que una ciudad sea amistosa, amable, que convide”.

Las playas, el territorio más democrático

Frente a ese paisaje de torres clavadas con vistas al Paraná, el arquitecto desafía con otra vista de la franja este de la ciudad. No se trata de estética. Cuestiona la escasez de espacio ribereño accesible en Rosario: unos 800 metros en total, solo en la zona norte, y en parte arancelados, en el balneario La Florida.

Contrasta esa realidad, salvando las distancias entre río y mar, con los 45 kilómetros de playas públicas, en buena parte continuas, de Río de Janeiro: Copacabana, Ipanema, Flamengo, entre otras. “Cualquier ciudadano, del morro, de la favela o el tipo que vive en el borde del mar, en el edificio más caro de Brasil, pueden disfrutarlo. Comparten el mismo espacio. De hecho, la playa es el único verdaderamente democrático de Río de Janeiro”, afirma.

Es ahí, explica, “donde se encuentran las diferencias”. Todos, de cualquier condición social, “comparten partidos de fútbol, vóley, lo que sea, el mismo agua”. A partir de esa experiencia, imagina la posibilidad de ampliar el área de playa en Rosario, incluso con playas artificiales ganadas al río sin comprometerlo ambientalmente. “Se puede crear un balneario, llamémosle público, que sería bien interesante como espacio democrático”, se entusiasma.

Una sugerencia para Rosario desde Medellín

Hace tres semanas, Jáuregui participó en Medellín de un foro sobre cómo recuperar el centro de esa ciudad. “Medellín hizo mucha intervención en la favela, en las áreas periféricas, pero el centro quedó abandonado. Tiene el problema de todos los centros de cualquier ciudad latinoamericana. Entonces, la idea era discutir cómo recuperarlo, activarlo”, cuenta.

Lo sorprendió la diversidad de actores convocados: “Estaban los inversores, la comunidad, la universidad, juntas de vecinos, activistas en defensa del arte y el poder público”. Una rareza para los tiempos que corren. Encontraron, celebra, “una manera de convocar diferentes sectores con intereses contradictorios, contrapuestos, para tratar de imaginar acciones de intervención en el centro recuperándolo de manera que le interese a todos los ciudadanos, y al que quiere hacer un negocio inmobiliario”.

Jáuregui vio ese foro como un puntapié para recuperar “una ciudad democrática, diversa, en el siglo XXI”. En cierta medida, es un intento de reeditar los Proyectos Urbanos Integrales que, entre 2004 y 2011, desarrolló la Empresa de Desarrollo Urbano en Medellín, una ciudad estigmatizada por los cárteles de la droga y con barrios populares golpeados por la violencia. No hubo verticalidad ni mirada punitivista, sino asambleas, talleres con vecinos y contratación de mano de obra local que contribuyó a pacificar zonas conflictivas y a lograr apropiación social del espacio intervenido. Una búsqueda de urbes más seguras a partir de la integración y la convivencia en la diversidad.

Jáuregui cree que esa experiencia puede inspirar a Rosario. “Organicemos un foro a la Medellín, donde participen todos: el gobierno, las instituciones públicas, las universidades, las asociaciones de barrios, de artistas, de artesanos, de lo que sea”, propone. “Siempre las discusiones son ricas, nunca se pierde, siempre se gana. Todos recogen algo de lo que dice el otro y eso ayuda a esclarecer al ciudadano, a tornarlo más consciente de las posibilidades que tiene de hacer cosas en su ciudad”.

La ciudad es identidad

“Uno es de donde viene, y yo soy más de acá que de cualquier parte”. Jáuregui toma como estandarte la frase de su colega Julio Le Parc, mendocino reconocido mundialmente y fallecido en mayo último. Si la identidad se forja en los espacios donde se vive, es deseable que esos espacios, las ciudades, sean pensadas por todos sus habitantes. Para que el reenvío de lo que cada uno es al lugar donde vive no sea hostil.

El cronista suma una letra que sintoniza con la idea, de Charly García, que acaba de cumplir 75 años: “Estamos ciegos de ver, cansados de tanto andar. Estamos hartos de huir, en la ciudad. Nunca tendremos raíz, nunca tendremos hogar, y sin embargo, ya ves: somos de acá” (“Los sobrevivientes”).

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