El auditorio colapsó antes de que Claudia Piñeiro dijera una sola palabra
Un auditorio colapsado quince minutos antes, pasillos imposibles y una fila que daba la vuelta: el fenómeno que desató Claudia Piñeiro en la Feria del Libro.
La Feria del Libro vivió una jornada que quedará en la memoria. Quince minutos antes de que Claudia Piñeiro comenzara su charla, el auditorio ya estaba colmado y los pasillos se volvieron un laberinto humano. El Cultural Fontanarrosa y la carpa de librerías Homo Sapiens, El Maltés, Cúspide y El Aleph fueron desbordados por una marea de lectores de todas las edades.
El martes 13, ese día que muchos miran con recelo, terminó dejando una certeza: el interés por la lectura sigue más vivo que nunca. La escritora presentó su última novela, El canto invisible, en diálogo con María Fernanda Trébol.
Una trama que se mete en los oídos
La novela sigue a una editora que debe terminar un manuscrito inconcluso sobre el canto de los pájaros. El texto pertenece a su mejor amiga, una ornitóloga que murió repentinamente. A medida que avanza en las páginas, Julia Muntaner también se adentra en los secretos de esa amiga. Una casa grande y alejada de la ciudad, caras nuevas y un pasado lleno de misterios la dejan al borde del abismo.
“Oír y escuchar no significan lo mismo. Oír es una cuestión fisiológica; escuchar, en cambio, implica voluntad: hay que querer escuchar, hay que atreverse a escuchar”, dice el libro. Ese acto de escuchar es el motor de la historia. Julia debe atender tanto a los cantos de los pájaros —que aparecen como señales de la presencia de su amiga, en trinos o incluso en tatuajes— como a las voces que la rodean.
Familia, generaciones y política
La obra no se agota en el misterio íntimo. Piñeiro eleva la mirada hacia los vínculos familiares y sociales. La relación de Julia con sus nietos hace chocar las diferencias generacionales, y la obliga a enfrentar nuevos desafíos ideológicos y políticos.
Con esa polifonía de voces y trinos, la novela expande su universo y empuja al lector hacia otros puntos de vista. Entre supersticiones y auditorios repletos, la jornada dejó una idea que resuena: la vitalidad de la feria se mide por el pulso de historias que, como la de Claudia Piñeiro, nos piden detenernos y aprender a escuchar.