El barrio de Las Heras que nació sobre un basural y se levantó entre vecinos

Un basural, un obrador y familias que pusieron horas de trabajo para levantar sus propias casas: así nació el barrio Aeroparque de Las Heras, con una cooperativa que consiguió escuelas y servicios. Medio siglo después, una vecina cuenta cómo era esa vida.

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El barrio de Las Heras que nació sobre un basural y se levantó entre vecinos
El barrio de Las Heras que nació sobre un basural y se levantó entre vecinos

Donde hoy hay casas, patios y calles asfaltadas, hace más de medio siglo había un basural. El terreno que la Municipalidad de Las Heras se encargó de aplanar terminó siendo el suelo del barrio Aeroparque, una de las zonas más reconocidas del departamento. Pero su historia no se explica solo por las obras: se sostiene en el trabajo compartido de las familias que lo habitaron.

Nancy Pujado llegó allí siendo una nena, en diciembre de 1970. Su familia venía del asentamiento Olivares Flores, cerca de la Universidad Nacional de Cuyo, y se instaló en una de las primeras viviendas. Más de cincuenta años después, conserva intactos los recuerdos de una vida organizada alrededor de la cooperativa, los vecinos y la familia.

"Había mucha solidaridad y la vida era muy tranquila. Nos ayudábamos entre todos", resume al repasar cómo se vivía en el Aeroparque de los primeros tiempos.

La ayuda mutua como método de construcción

El barrio se levantó con el mismo sistema que se usó en el Infanta: ayuda mutua. Cada familia participaba de la fabricación de los bloques de cemento y de la construcción de su propia casa. Para eso funcionaba un obrador dentro del predio, donde se producían los materiales. En esos años, de hecho, el lugar se conocía como el Obrador.

El mecanismo exigía que cada futuro propietario cumpliera una cantidad determinada de horas de trabajo. Quienes no podían hacerlo por sus obligaciones laborales tenían la opción de pagarle a otra persona para que cubriera esas tareas.

Orlando Benito Pujado, padre de Nancy, trabajaba en D'Ascanio haciendo reservas acuíferas. Sin tiempo para participar de la elaboración de los materiales, contrataba a personas desocupadas para que cumplieran esas horas. Así, la construcción de las casas se convirtió también en una forma de generar trabajo para quienes lo necesitaban.

Las viviendas originales eran sencillas: dos habitaciones, cocina-comedor, baño y un terreno propio. Con los años, muchas familias las ampliaron según sus necesidades. Los patios grandes se volvieron parte de la identidad del barrio y un punto de encuentro para varias generaciones.

Las primeras manzanas se entregaron juntas, hacia fines de 1970. El crecimiento siguió hacia otros sectores mientras las familias pioneras ya vivían allí.

La cooperativa, detrás de cada avance

Terminar las casas fue solo el punto de partida. Faltaban servicios, mejores conexiones con la ciudad y espacios educativos para los chicos. En ese camino, la cooperativa del barrio tuvo un rol decisivo. Orlando Pujado fue su primer presidente y, según su hija, desde esa organización se gestionaron logros clave para la comunidad.

"Mi papá era el presidente de la cooperativa del barrio y consiguieron la guardería, la escuela primaria, la escuela secundaria, todo eso lo consiguió la cooperativa", cuenta Nancy.

El sacerdote José María "Macuca" Llorens, reconocido por su trabajo comunitario en la zona oeste, también acompañó a los vecinos. No obstante, según la vecina, las gestiones cotidianas para conseguir mejoras pasaban principalmente por la cooperativa.

Los chicos que querían cursar la secundaria debían trasladarse al barrio Sanidad o al San Martín. El transporte público fue otra de las dificultades iniciales: el colectivo llegaba hasta la escuela del San Martín, a varias cuadras, y desde allí los vecinos caminaban. Con el tiempo, las tratativas con la empresa permitieron extender el recorrido hasta el interior del Aeroparque.

El asfalto llegó bastante después, entre mediados y fines de los años 80, cuando el barrio ya llevaba más de una década de vida.

Cuando el cielo era parte del barrio

El nombre Aeroparque no es casual. La zona tuvo un vínculo fuerte con la actividad aeronáutica, incluso antes de que se construyeran las viviendas.

En el predio cercano se instaló la primera estación del Proyecto EOLO, inaugurada el 15 de marzo de 1970. Fue una iniciativa conjunta entre el organismo espacial francés CNES y la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales de Argentina, que lanzaba globos estratosféricos para estudiar la atmósfera. Los vecinos no accedían a las instalaciones, pero sabían que allí se hacían estudios del clima y que llegaban especialistas de distintos lugares.

Terminado el programa, el predio pasó a la Fuerza Aérea y luego se transformó en la Base Cóndor, donde hoy funcionan dependencias de la Policía de Mendoza. El lugar también se usó para aterrizajes de aviones con cargas destinadas a emergencias, recuerda Nancy.

Décadas más tarde, el espacio volvió a vincularse con la aviación: en marzo de 2026, el Gobierno provincial firmó un convenio para que el Aeroclub de Mendoza traslade sus operaciones y su escuela de vuelo a la pista de la Base Cóndor, luego de dejar su predio en La Puntilla.

Del otro lado de esa historia, el barrio siguió creciendo con nuevas construcciones y espacios comunitarios como el CEDRyS N.º 4, que se incorporaron a la vida diaria de los vecinos.

Asaltos, patios y una infancia compartida

Para Nancy, el Aeroparque no se explica solo por sus casas, sus servicios o su historia aeronáutica. También está hecho de cumpleaños, tardes de juego y familias que se acompañaban en las tareas de todos los días.

Como buena parte de su familia paterna vivía cerca, su infancia transcurrió entre primos, tíos y vecinos. Mientras los adultos trabajaban, ella cuidaba a los chicos y los ayudaba con los deberes. Una dinámica que se repetía en otras casas, donde los más grandes colaboraban con el cuidado de los más chicos.

Las reuniones eran otro pilar de la vida comunitaria. Los cumpleaños juveniles se festejaban con los llamados asaltos: fiestas en las que cada invitado llevaba algo para compartir, desde una gaseosa hasta comida. La celebración se hacía en la casa del agasajado y podía durar toda la noche. A veces, los familiares que pasaban a saludar terminaban sumándose al baile.

"Se hacían unas fiestas muy lindas", recuerda Nancy.

La Cooperativa Cruz del Sur también aportaba su salón grande como espacio de encuentro, donde se organizaban bailes y reuniones. La vida social no dependía de grandes instalaciones: alcanzaba con un patio, algo para compartir y las ganas de reunirse.

Una identidad que se construyó con los años

Cuando Nancy llegó, los barrios vecinos también eran jóvenes. El Infanta, el San Martín y el Sanidad integraban un sector donde el límite entre la Ciudad y Las Heras empezaba a consolidarse al pie de los cerros.

Con la vida compartida, las fiestas, la llegada de las escuelas, las mejoras en el transporte y la extensión de los servicios, el Aeroparque fue ganando autonomía e identidad propia. Las casas se ampliaron al ritmo del crecimiento de las familias y las calles de tierra dejaron paso al asfalto.

Nancy hace tiempo que no vive allí, pero sigue mirando esa etapa con nostalgia. Ella y su esposo, que se conocieron en uno de esos asaltos, conservan el recuerdo de una época marcada por la cercanía entre las personas, más allá de las dificultades materiales.

En su memoria, el Aeroparque de los años 70 no es solo el barrio que nació sobre un basural. Es, sobre todo, el lugar donde las familias encontraron su espacio y aprendieron a construir comunidad. Un barrio que empezó con bloques de cemento, horas de trabajo y una cooperativa, y que terminó de levantarse con algo menos visible pero igual de importante: la solidaridad de quienes compartieron sus primeros años.

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