El barrio de Maipú donde las casas esconden un pasado italiano
Sociedad · Mendoza

El barrio de Maipú donde las casas esconden un pasado italiano

En el norte de Maipú hay un barrio donde las casas chorizo todavía guardan galerías, patios profundos y el aroma del tuco de los domingos. La historia del constructor italiano que le dio su nombre y el legado que perdura.

En el norte de Maipú, un barrio de calles tranquilas conserva la huella de los inmigrantes italianos que llegaron a Mendoza a principios del siglo XX. Se trata del Barrio Ciancio, fundado sobre terrenos que pertenecieron a un constructor italiano y donde aún se pueden ver casas chorizo con galerías y patios profundos.

La imagen se repite cada domingo en muchas de sus casas: una mesa larga, una familia numerosa, el aroma del tuco que llega desde la cocina y una galería que conecta las habitaciones con el patio. Esa escena, que podría ser de cualquier familia de raíces italianas, ayuda a imaginar cómo vivían los primeros pobladores del barrio Ciancio, en Maipú, Mendoza.

Ubicado al norte del centro de Maipú, en el límite con el distrito de General Gutiérrez, el barrio comenzó a formarse a principios de la década de 1950. Según registros y testimonios de antiguos vecinos, las primeras familias se instalaron en 1952. Hoy cuenta con alrededor de 500 hogares y más de 2.500 habitantes, muchos de ellos descendientes de aquellos inmigrantes que llegaron cuando la zona todavía estaba rodeada de viñedos y olivares.

El nombre que homenajea a un constructor italiano

Los terrenos donde se levantaron las primeras viviendas pertenecieron a Ricardo Ciancio, un constructor italiano que llegó a Mendoza a comienzos del siglo XX y dejó su marca en distintas obras de la provincia. Según reconstruye la historiadora de la Universidad Nacional de Cuyo Cecilia Marigliano en su libro Nuestros abuelos italianos, Ciancio nació en 1877 en Castel San Giorgio, provincia de Salerno, Italia. De niño se instaló en Mendoza junto a su padre, Doménico, y sus hermanos.

Casado con Giuseppina Frígoli, tuvo ocho hijos y desarrolló una extensa trayectoria como constructor. Entre sus trabajos se destacan los chalets de Giol y Gargantini, en Maipú; la antigua Penitenciaría Provincial, sobre calle Boulogne Sur Mer; el edificio de la Municipalidad de Maipú y la sede del club Gimnasia y Esgrima, entre otras obras. Con el tiempo también se dedicó al cultivo de la vid y adquirió varias propiedades. En una de esas tierras comenzó a gestarse el barrio que hoy lleva su apellido, como homenaje a este inmigrante que falleció en 1929.

Casas chorizo: la herencia arquitectónica

Una de las características que distinguen al barrio Ciancio es la presencia de antiguas casas chorizo, un tipo de construcción muy extendido en Argentina entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, especialmente en zonas donde se asentaron familias inmigrantes. La arquitectura italianizante se reconoce en viviendas de una sola planta, con habitaciones dispuestas una detrás de otra y conectadas por una galería lateral. Esa distribución daba lugar a casas largas y angostas, con ambientes que se comunicaban entre sí y un patio que aportaba luz y ventilación.

En el caso del barrio Ciancio, la forma en que se dividieron los terrenos favoreció la aparición de estas construcciones. Cuando se loteó la zona, las parcelas se entregaron con pocos metros de frente y una importante extensión hacia el interior de la manzana. Esa particularidad permitió levantar viviendas con varios ambientes en profundidad, jardines y amplios espacios abiertos hacia el fondo.

Muchas de las casas originales tenían un pequeño jardín delantero. Con el paso de los años, varios de esos espacios se transformaron en salones o se incorporaron a las viviendas para ganar metros cubiertos. Las galerías, que inicialmente eran abiertas y funcionaban como espacios de circulación y encuentro, también fueron cerrándose. En la gran mayoría de los casos se convirtieron en largos salones que permitieron albergar a familias numerosas, una necesidad habitual en aquellos hogares donde convivían padres, hijos y otros integrantes de la familia.

Hacia el fondo, en cambio, los terrenos largos ofrecían lugar para grandes jardines y patios verdes. En tiempos en que Maipú tenía una población mucho menor y el entorno conservaba características rurales, algunas familias incluso tenían gallineros en esos espacios.

La mayoría de las viviendas fueron modificadas con el correr de las décadas, aunque todavía pueden reconocerse algunos rasgos de aquella arquitectura. La extensión de los terrenos también permitió que, con el crecimiento de las familias, se construyeran nuevas casas o departamentos en la parte posterior de las propiedades. Así, en una misma parcela comenzaron a convivir distintas generaciones.

Un barrio de familias trabajadoras

La historia del Ciancio también está ligada al desarrollo productivo de Maipú. Durante buena parte de su crecimiento, las bodegas Giol y Furlotti, además de la aceitera Cuyo Oil, fueron algunas de las principales fuentes de trabajo para sus habitantes. En aquellos años, el movimiento de trabajadores marcaba el ritmo de la zona. Los vecinos recuerdan los grupos de obreros que regresaban a sus casas en bicicleta después de la jornada laboral. Las sirenas de los establecimientos, que anunciaban los horarios de entrada y salida, también formaban parte del paisaje cotidiano.

Todavía hoy hay familias en las que permanecen los recuerdos de aquellos años y viviendas en las que residen descendientes de antiguos empleados de la bodega Giol.

El entorno también conserva algunas señales de ese pasado. Aunque el barrio está bien conectado con el resto de Maipú y con el Gran Mendoza, todavía se encuentra rodeado por algunos baldíos de terrenos que antiguamente fueron viñedos y olivares. Su ubicación, delimitada por las calles Padre Vázquez, Patricias Argentinas, diagonal Falucho y Juan B. Justo, permite una conexión directa con distintos puntos del departamento. Padre Vázquez, especialmente, es una de las principales vías de circulación de colectivos hacia el centro mendocino, con salida a la Estación Gutiérrez.

La escuela, la plaza y los recuerdos de Chelita

En materia educativa, el barrio también tuvo (y tiene) su propia escuela. El establecimiento Juan Cornelio Moyano funcionó durante un tiempo en la esquina de Ozamis y Falucho, frente a la histórica heladería Chelita, de la familia Bonasorte. Posteriormente, esa sede fue abandonada y la bodega Giol construyó el edificio que actualmente ocupa la escuela, en Juan B. Martínez y M. T. de San Martín.

La educación también quedó reflejada en los nombres de sus espacios públicos. Una de sus calles recuerda a Genara Centeno de Jofré, profesora de la escuela Justo José de Urquiza, cuya trayectoria fue reconocida con una placa colocada en 1958, en la intersección de Padre Vázquez y Falucho. A su vez, la plaza del barrio lleva el nombre de Educadores Mendocinos. Recientemente, ese espacio verde fue reparado por el municipio y se restituyó la denominación que había elegido la propia comunidad tiempo atrás. La plaza es uno de los puntos de encuentro de los vecinos y también es utilizada por la Unión Vecinal para realizar actos y distintas actividades.

Los vecinos recuerdan aún la pequeña moto de color celeste con un carrito lleno de helados en la que Pedrito, uno de los miembros de la familia Bonasorte, recorría el barrio ofreciendo los tradicionales sabores de la heladería Chelita.

Tres generaciones y una historia que continúa

Desde su fundación hasta la actualidad, el barrio Ciancio atravesó transformaciones que acompañaron el crecimiento de Maipú. Las antiguas viviendas se ampliaron, los patios se redujeron en algunos casos y los terrenos que alguna vez tuvieron jardines, gallineros y espacios verdes comenzaron a recibir nuevas construcciones. Las calles se asfaltaron, algunos comercios cerraron y otros llegaron.

Sin embargo, buena parte de su identidad permanece ligada a las familias que lo habitan. Ya son varias las generaciones que crecieron en sus calles y, a diferencia de lo que ocurre en otros barrios, muchos jóvenes eligieron quedarse cerca de sus padres y abuelos.

Las casas chorizo, con sus galerías y patios profundos, son parte de esa memoria. Algunas conservan buena parte de su estructura original —incluso aún hay algunas de adobe—; otras cambiaron por completo su aspecto. Pero detrás de esas fachadas todavía se puede reconstruir una forma de vivir en la que las familias numerosas, los almuerzos compartidos y los encuentros en el patio ocupaban un lugar central.

En ese rincón de Maipú, la huella de los inmigrantes italianos no quedó solamente en los apellidos o en las construcciones. También permanece en una manera de habitar las casas, de compartir los espacios y de mantener los vínculos familiares. Algunas cosas cambiaron, pero aún hay una historia que todavía tiene aroma a tuco, que comenzó hace más de siete décadas y que se cuenta, generación tras generación, alrededor de una mesa larga compartida por las familias maipucinas.

Siguiente nota Sociedad · Mendoza

Recorrió Europa cuatro años para cumplir la promesa que le hizo a su abuelo hincha del Tomba

Seguí leyendo

Elegí tu provincia

Para ver tu edición local