El barrio de San Juan donde nadie tenía llaves: la postal que resiste hace 80 años

Los vecinos del barrio Del Bono todavía reclaman que se replanten los plátanos que la ampliación de una avenida se llevó, y que nadie repuso. Lo que dicen los que crecieron entre esas ligustrinas.

· 14 min de lectura
El barrio de San Juan donde nadie tenía llaves: la postal que resiste hace 80 años
El barrio de San Juan donde nadie tenía llaves: la postal que resiste hace 80 años

Las ligustrinas separan casas y jardines, los plátanos se animan a sobrevivir décadas y el verde se mezcla entre una propiedad y otra. Esa es la primera imagen que aparece al caminar por el barrio Del Bono, en Capital. Pero detrás de esa postal hay una historia de familias, artistas y profesionales que alguna vez vivieron con las puertas abiertas, en una época en la que la calle era una prolongación de la casa.

Tiempo de San Juan recorrió sus calles y conversó con tres personas que conocen esa historia de cerca: Lucas Carrieri, hijo de los artistas José Carrieri y Leonor Cecilia Rigau de Carrieri; Ana Lía Quevedo, que pasó ahí su niñez y juventud; y Carlos Gómez Centurión, arquitecto y artista plástico que, aunque creció en el centro, frecuentó el lugar desde chico y después se instaló en una de sus viviendas.

De los viñedos a una zona residencial integrada a la ciudad

Cuando empezó a tomar forma, Del Bono estaba lejos de lo que hoy se considera el centro urbano. Alrededor había terrenos con viñedos, calles de tierra y sectores sin construir. El avance de San Juan terminó por integrar ese rincón residencial a una ciudad que creció a su alrededor, con comercios, servicios y nuevas construcciones.

El origen del barrio se vincula con Bartolomé Del Bono, que impulsó un loteo residencial a fines de la década del 30. La propuesta contemplaba terrenos amplios y una organización urbanística que priorizaba los espacios verdes, las casas retiradas de la vereda y los cercos vivos como separación entre propiedades. La iniciativa se llamó Villa Nueva Palermo y, con los años, la denominación barrio Del Bono se impuso entre los sanjuaninos.

Hay coincidencia en que el perímetro abarca la avenida Ignacio de la Roza (ex Cereseto) al Sur, la calle Del Bono al Este y Juana Manso al Norte. Las opiniones, en cambio, difieren sobre el límite occidental: algunos sostienen que llega hasta Hermógenes Ruiz y otros, hasta Ángel Rojas.

La reconstrucción posterior al terremoto de 1944 fue clave para la consolidación del barrio. Según los recuerdos de los vecinos consultados, las familias adquirieron terrenos y construyeron sus casas, en muchos casos con créditos del Banco Hipotecario. Así empezó a poblarse un sector que todavía tenía características suburbanas.

Gómez Centurión recuerda que en su infancia buena parte de las calles eran de tierra y los espacios libres funcionaban como lugares de encuentro. Frente a la casa de sus familiares había parrales y en un baldío los chicos jugaban a la pelota.

“Yo me he criado en la casa de mis primos. He venido de muy chico, desde niño”, contó. También recordó que ahí aprendió a andar en bicicleta y a patinar, en un entorno de tránsito escaso donde los chicos ocupaban la calle con naturalidad.

En aquel entonces el barrio mantenía una relación estrecha con el paisaje rural que lo rodeaba. Gómez Centurión recordó los cañaverales, el agua de riego y los terrenos vacíos mientras empezaban a levantarse nuevas viviendas. Lo que hoy es una zona plenamente urbana ofrecía, en esos años, una tranquilidad difícil de encontrar en el mismo sector de la ciudad.

Apellidos ilustres, cultura y una vida compartida

Del Bono quedó asociado a familias tradicionales de San Juan, muchas vinculadas con profesiones universitarias, la arquitectura, la ingeniería, la abogacía y la cultura. Sus antiguos habitantes, sin embargo, rechazan que eso deba leerse como ostentación o como una comunidad cerrada.

Entre las familias que dejaron huella aparecen los Carrieri, Quevedo Mendoza, Guerrero, Silva, Yanzón, Dubos, Ruffa, Echegaray, Federico, Gattoni, Hoffmann, Caussi, Donper, Passerón y Ugarte, apellidos que forman parte de los recuerdos de quienes crecieron en esas calles. Algunas también quedaron ligadas a la cultura sanjuanina y a comercios tradicionales.

“Era un barrio familiar de gente que tenía interés por la cultura, por las profesiones, por lo vinculado a la universidad, sobre todo”, explicó Lucas Carrieri. Según recordó, en las casas vivían familias numerosas y el vínculo entre vecinos era parte de la vida cotidiana.

Quevedo conserva una imagen parecida. Las viviendas no eran espacios aislados: por ellas circulaban chicos, amigos y familiares sin demasiadas formalidades. Las visitas podían aparecer a la hora del té y las madres recibían a los hijos de los vecinos como si fueran propios.

La solidaridad se expresaba en situaciones concretas. El padre de Quevedo, escribano que sabía aplicar inyecciones, acudía a las casas cuando algún chico necesitaba esa atención. También recordó que ayudaba a una vecina que había quedado a cargo de sus cuatro hijas y no sabía manejar: todas las mañanas iba a sacar el auto de la vivienda para facilitarle la salida.

Esos gestos formaban parte de una dinámica en la que el problema de una familia podía convertirse en una preocupación compartida. Para los entrevistados, la hermandad entre vecinos no era una expresión simbólica sino una manera de vivir.

“Era un barrio abierto, de casas abiertas. Nadie tenía llaves en las casas”, recordó Quevedo, que todavía mantiene contacto con personas de aquella etapa aunque buena parte de las familias originales se haya mudado o vendido sus propiedades.

La vida social también se trasladaba a la calle. Los varones se reunían a jugar a la pelota, las chicas andaban en bicicleta y los grupos se encontraban en las veredas durante las tardes. Los carnavales y las celebraciones comunitarias eran otras oportunidades para compartir. Quevedo recordó además las fogatas que se organizaban cada 24 de junio en un terreno baldío para celebrar el día de San Juan Bautista.

A esas escenas se sumaban las reuniones en las casas con pileta. Las familias Ugarte y Ruffa, según Quevedo, recibían a chicos de distintas generaciones que aprendían a nadar en sus piscinas. Las propiedades, con jardines y espacios amplios, funcionaban como lugares de encuentro para una comunidad que excedía los límites de cada vivienda.

Artistas y referentes de la cultura sanjuanina

La historia del barrio también se cruza con nombres relevantes en distintos ámbitos de San Juan. Entre sus habitantes y las familias vinculadas a la zona hubo artistas, profesionales y personas que dejaron su marca en la vida cultural de la provincia.

Uno de ellos fue José Carrieri, artista plástico y autor del conocido Monumento al Deporte sanjuanino, que llegó desde Mendoza en la década del 50 y se instaló en el barrio con su familia. Su hijo Lucas conserva la relación con esa casa y con un entorno que, según explicó, tenía características urbanísticas poco habituales para la época.

Gómez Centurión recordó a Carlos Ugarte, a quien describió como una persona importante para San Juan y un hombre de gran cultura. También evocó la casa de Carlos Godoy, donde vio por primera vez una obra de Picasso, y la colección de trenes eléctricos que había en la vivienda de una familia vecina. Recuerdos de un ambiente donde el interés por el arte y la cultura formaba parte de las conversaciones y de la vida doméstica.

Las casas tenían rasgos particulares: en general amplias, con jardines delanteros y techos a dos aguas; algunas de dos plantas, aunque predominaban las de planta baja. Los terrenos permitían conservar árboles y vegetación, mientras que las ligustrinas delimitaban los espacios sin cortar del todo la continuidad visual entre propiedades.

Para Carrieri, esa combinación entre arquitectura y naturaleza fue determinante para la identidad del barrio. “Lo que tiene de paquete este barrio, y lo han sentido ustedes apenas han entrado, es el verde”, sostuvo.

El vecino cuestionó así la idea de que su atractivo se explique solo por el valor de las propiedades o por el poder adquisitivo de quienes viven allí. A su entender, la característica distintiva es el resultado de décadas de cuidado de árboles, jardines y espacios abiertos.

Ligustrinas, plátanos y el valor del verde

Si hay un elemento que se repite en los testimonios es la importancia de la vegetación. Los árboles, los cercos vivos y los jardines no eran simples complementos: formaban parte de una concepción del barrio que buscaba integrar las casas con el paisaje.

Quevedo recordó que no había medianeras como las que se ven hoy en muchas propiedades. Las ligustrinas y las enredaderas separaban los terrenos y contribuían a mantener una imagen continua de verde. Los vecinos cuidaban los árboles y aprovechaban el agua de riego que circulaba por la zona.

Gómez Centurión coincidió en que la conservación de esa vegetación era una característica compartida. La colocación de paredes de ladrillo en los frentes no era bien vista por muchos habitantes, que preferían mantener los cercos verdes y la relación visual entre las viviendas.

Los plátanos son otro símbolo del barrio. Su altura y presencia forman parte de una postal reconocible, aunque la ampliación de una avenida implicó la pérdida de ejemplares que habían acompañado durante décadas a los vecinos. Gómez Centurión recordó con indignación la tala de árboles de la antigua calle Cereseto, hoy Ignacio de la Roza, y consideró que la reposición de esa arboleda debería formar parte de una política de conservación.

“Creo que tendría que ser una acción del Gobierno que se replanten los plátanos en todo lugar para que siga manteniendo su identidad”, planteó.

Carrieri también relató que, ante la extracción de árboles por la ampliación de una avenida, decidió plantar ejemplares dentro de su propiedad. La posibilidad estaba vinculada a una característica del diseño original: el retiro entre la vereda y la vivienda, que dejaba un espacio verde disponible en el frente de las casas.

Para él, esa vegetación es un valor que va más allá de lo estético. “El verde es el lujo más grande para un sanjuanino”, afirmó. En su mirada, el barrio demuestra cómo una planificación que prioriza los árboles puede transformar un espacio residencial en un pulmón urbano.

Las transformaciones y la pérdida de una parte de la vida barrial

El paso del tiempo modificó tanto la fisonomía del barrio como los vínculos entre sus habitantes. Las familias que habían vivido allí durante décadas empezaron a cambiar de domicilio y muchas casas pasaron a manos de nuevos propietarios. Algunas fueron remodeladas, otras se transformaron y otras dejaron de conservar los rasgos originales.

Quevedo situó parte de esos cambios en el momento en que los hijos de las familias tradicionales empezaron a formar sus propios hogares y a mudarse. Con el fallecimiento de los padres, muchas personas optaron por vender las viviendas, que a menudo resultaban demasiado grandes para quienes quedaban viviendo solos.

La entrevistada atravesó esa experiencia con su propia familia. Después de que sus padres dejaron la casa, la propiedad fue vendida y pasó a tener otros habitantes. Volver a pasar por el lugar le produjo una sensación de pérdida, aunque reconoció que se trata de una transformación propia del paso de las generaciones.

“Una vez que vendimos la casa, que ya no estaban mis padres y vivía otra gente, pasar y sentir así como un dolorcito de pérdida”, recordó.

Carrieri, que pasó varios años en Europa, observó otro cambio: el debilitamiento de la relación entre vecinos. Según contó, cuando regresó encontró que algunas familias ya no se conocían entre sí y que había disminuido el sentimiento colectivo que había caracterizado al barrio durante su infancia.

El vecino ubicó parte de esa transformación entre 1985 y el año 2000, período en el que varias propiedades cambiaron de manos. A su entender, la ubicación del barrio, cada vez más integrada a la ciudad y cerca de centros comerciales y servicios, también contribuyó a modificar su composición.

Quevedo advirtió que, al volver, encuentra muchas casas cerradas y frentes que ya no permiten ver el interior de los jardines. Aunque reconoce que las nuevas familias tienen derecho a modificar sus propiedades, siente que ese cambio alteró una de las imágenes más características del lugar.

Gómez Centurión, en cambio, consideró que la comunidad conserva parte de su identidad. Aunque admite que los vínculos cotidianos son diferentes, entiende que muchos de quienes se mudan al barrio terminan incorporando esa tradición de cuidado y pertenencia.

“La vida actual te hace que no conozcas tanto a los vecinos”, reflexionó. Sin embargo, destacó que siguen existiendo grupos dispuestos a involucrarse cuando consideran que el entorno está en riesgo.

La defensa de la identidad y el desafío de conservar el barrio

Las transformaciones urbanas también generaron preocupación entre quienes buscan preservar las características originales de Del Bono. La ampliación de calles, la posibilidad de construir edificios y la modificación de espacios verdes abrieron discusiones sobre los límites del desarrollo y la necesidad de conservar una identidad urbana particular.

Carrieri relató que intervino cuando advirtió que una obra vial podía afectar el jardín delantero de su vivienda. Explicó que pidió conocer el trazado previsto y planteó alternativas para evitar que la ampliación avanzara sobre el espacio verde. También se opuso a un proyecto edilicio cercano que, según su evaluación, podía afectar la privacidad de los jardines y alterar el entorno residencial.

Su preocupación no se limitaba a una propiedad individual. El objetivo, explicó, era promover el reconocimiento del barrio como un conjunto urbano con características que merecían ser preservadas. En ese contexto mencionó una actividad realizada en la Casa Carrieri bajo el nombre de 'Museo por una noche', que buscó poner en valor la urbanización y generar conciencia sobre su importancia.

Gómez Centurión también recordó movimientos de vecinos que se organizaron ante propuestas de construir edificios en altura en sectores donde existen disposiciones que limitan ese tipo de desarrollos. Para el arquitecto, esas iniciativas demuestran que todavía existe una preocupación colectiva por el futuro del barrio.

La defensa del verde, en ese sentido, se relaciona con algo más que la conservación de árboles o jardines. También implica sostener una manera de entender el espacio público y la convivencia entre vecinos. Caminar por las veredas, apreciar las casas y reconocer la continuidad de los jardines es parte del valor que los entrevistados destacan.

Carrieri cuestionó además la proliferación de muros altos y alambrados de seguridad. Considera que las ligustrinas tupidas pueden cumplir una función de resguardo sin convertir las viviendas en espacios completamente aislados. Para él, el barrio pierde parte de su esencia cuando las barreras físicas reemplazan los cercos vivos y dificultan el contacto visual con la calle.

La idea de conservar una urbanización abierta aparece así como uno de los puntos en común entre los testimonios. No se trata de impedir que las casas se modernicen, sino de evitar que las transformaciones borren aquello que hizo particular al barrio desde sus orígenes.

Una identidad que permanece entre los recuerdos y el presente

Aunque las casas hayan cambiado de dueños, algunas familias se hayan marchado y las relaciones cotidianas ya no sean las mismas, Del Bono mantiene una identidad reconocible para quienes lo conocieron en sus primeras décadas y para quienes lo eligieron después como lugar de residencia.

En los recuerdos de Quevedo, esa identidad está asociada a la niñez y la adolescencia, a los juegos en la calle, las visitas sin aviso y la solidaridad entre familias. Para Gómez Centurión, se relaciona con la cultura, la vegetación y el sentido de pertenencia que todavía impulsa a algunos vecinos a defender el entorno. Carrieri, por su parte, encuentra en los árboles y en la planificación original el principal motivo por el que el barrio sigue siendo un espacio singular dentro de San Juan.

Los tres coinciden en que el lugar no puede explicarse únicamente por el valor de sus propiedades ni por la imagen de exclusividad que muchas veces se le atribuye. Su historia también está hecha de vínculos, de familias que compartieron generaciones y de una concepción del barrio en la que el jardín de una casa parecía prolongarse en el de la siguiente.

Al intentar resumir lo que significa ese rincón de Capital, Quevedo eligió dos palabras que remiten directamente a su experiencia: “Mi niñez y adolescencia”. Gómez Centurión lo definió desde otro lugar, pero con una idea cercana: “Es mi lugar de pertenencia”.

Carrieri, en tanto, lo describió como una isla verde que supo reunir familias y profesionales en un entorno sin ostentación. Una imagen que, pese a las transformaciones, todavía puede reconocerse al recorrer sus calles y detenerse frente a las ligustrinas, los jardines y los plátanos que resisten el paso del tiempo.

Más para leer

Cuando el agresor es el padre: quién investiga y quién protege a un chico en San Juan
Sociedad
San Juan: 12 horas de teléfono, $600.000 y un convenio que no llega
Sociedad
El trámite que los abogados sanjuaninos venían pidiendo ya tiene fecha de estreno
Sociedad
San Juan amaneció con siete premios: además del pozo de $1.418 millones, otros seis apostadores festejan
Sociedad
La noche en que San Juan corona sus mejores vinos: el dato que nadie esperaba en la 38ª edición
Sociedad
El mapa del SMN que ilusiona a San Juan: qué pasará con el agua esta primavera
Sociedad