El barrio donde los Bolsonaro hacen asado y que puede definir el balotaje
Río de Janeiro parecía un bastión asegurado para el bolsonarismo, pero el avance evangélico y el peso de las milicias reconfiguraron el mapa. El domingo, ese territorio clave podría inclinar un balotaje voto a voto.
En Barra da Tijuca, un enclave de clase alta de Río de Janeiro, los vecinos recuerdan al expresidente Jair Bolsonaro como uno más: el que llegaba para Año Nuevo, prendía la parrilla y compartía con amigos. Ese vínculo cotidiano es una de las claves del arraigo del bolsonarismo en un estado que, con el 8% del electorado nacional, aparece como la llave para definir el próximo domingo quién gobernará Brasil.
“El señor vivía acá sí, fue de los primeros en tener una casa en el barrio. Después ya cuando fue presidente venía para año nuevo y hacía un asado, se juntaba con amigos. Todo el mundo lo conoce, este es un barrio muy bolsonarista”, contó a LA NACION Celia, residente del complejo Viviendas da Barra, en Barra de Tijuca.
La mujer se refería a Jair Bolsonaro, el expresidente condenado por intento de golpe de Estado, cuyo hijo mayor y candidato del Partido Liberal (PL), Flavio Bolsonaro, se medirá el domingo frente al actual mandatario y postulante del Partido de los Trabajadores (PT), Luiz Inacio Lula da Silva, en un balotaje que las encuestas muestran muy ajustado.
Parada junto a su perro frente al complejo de viviendas donde la familia aún mantiene un condominio, Celia es una muestra de cómo el estado de Río de Janeiro se convirtió en el principal bastión de lo que hoy se conoce como bolsonarismo.
Los números lo respaldan: en el balotaje de 2018, cuando ganó la presidencia, Jair Bolsonaro sacó en Río una diferencia de alrededor de 36 puntos porcentuales sobre el candidato de Lula. Y el 4 de octubre, en la primera vuelta de estos comicios, Flavio se despegó del actual presidente por casi 13% de los votos en el estado carioca.
Con los candidatos prácticamente empatados a nivel nacional (la última encuesta de Quaest publicada el miércoles otorga 45% a Flavio y 44% a Lula), Río podría ser el fiel de la balanza.
Un cóctel que favorece a la derecha
“Río de Janeiro tiene diversas características que hacen que los votantes sean receptivos a la plataforma de Bolsonaro. Es el estado con la mayor proporción de evangélicos. Tiene un grave problema de seguridad pública y de crimen organizado, además de una impresionante lista de dirigentes políticos corruptos. Es un escenario que hace que muchos habitantes de Río sean propensos a elegir candidatos conservadores, pero que se presentan como críticos de la élite tradicional”, explicó a LA NACION Mauricio Santoro, politólogo y profesor de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ).
Sobre esas particularidades, el clan Bolsonaro fue tejiendo durante años un bastión político: un vínculo fuerte con los electores a través de sus bancas en el Congreso y una extensa red de contactos que abarca desde políticos locales hasta policías, militares y otras fuerzas del Estado.
Jair Bolsonaro inició ese camino haciendo de Río su base de operaciones durante décadas como diputado federal hasta llegar a la presidencia. Después se sumó Flavio, que cumplió cuatro mandatos consecutivos como diputado estadual antes de desembarcar en el Senado.
Barra da Tijuca, en particular, se convirtió en el centro neurálgico del bolsonarismo carioca. La zona apodada la “Miami brasileña” –por sus edificios residenciales y barrios privados junto al mar– muestra una concentración de simpatizantes de derecha superior al promedio del país.
En las dos zonas electorales en que se divide el área, la 9ª y la 119ª, Flavio se impuso con el 57,51% y el 52,31% de los votos respectivamente en la primera vuelta, cifras similares a las que había obtenido Jair en 2022, cuando rozó el 50%.
“Acá en Barra todos quieren a los Bolsonaro. Ya incluso antes del gobierno del padre, cuando era diputado, él era muy popular en el barrio. Acá los queremos porque son como nosotros, son gente honesta, de familia”, dijo a LA NACION Douglas, de unos 50 años, durante una pausa en su entrenamiento por la costanera de la Avenida Lúcio Costa.
El peso de las milicias y los evangélicos
El bolsonarismo de Río no se limita a las clases altas: también echó raíces entre las clases medias urbanas y en zonas populares o favelas, muchas veces a través del evangelismo y de discursos centrados en la seguridad, los valores tradicionales y el rechazo a la izquierda.
Para entender el fenómeno hay que distinguir entre el estado y la ciudad de Río y, dentro de la urbe, entre áreas como la Zona Oeste y la Baixada Fluminense –de las más pobres– y la Zona Sur, acomodada y famosa por Ipanema y Copacabana. El bolsonarismo se manifiesta con más claridad a nivel estatal, menos polarizado que la ciudad, donde la Zona Sur progresista contrasta con el terreno fértil de la Zona Oeste y la Baixada, marcadas por la pobreza y la presencia de grupos criminales y de las “milicias”, grupos paramilitares integrados en su mayoría por expolicías.
Según Santoro, tanto los carteles del narcotráfico como las milicias tienen fuerte influencia política y se disputan el control de la ciudad, tanto por el voto como por los enfrentamientos armados. Las milicias, en particular, tocan de cerca a la familia Bolsonaro.
“Debido a los estrechos vínculos entre las milicias y las fuerzas policiales, también existen conexiones con políticos de derecha vinculados a las fuerzas de seguridad. La familia Bolsonaro, por ejemplo, tiene una larga trayectoria en la defensa de policías acusados de violaciones de los derechos humanos, muchos de los cuales también mantienen vínculos con las milicias”, señaló el especialista.
Las milicias son organizaciones criminales de carácter paramilitar formadas principalmente por agentes y exagentes de las fuerzas de seguridad –policías militares, bomberos y guardias penitenciarios– que se apoderan de barrios periféricos y favelas con el argumento de proteger a sus habitantes del narcotráfico. Sus antecedentes se remontan a la década de 1970, durante la dictadura militar, cuando policías fuera de servicio integraban escuadrones de la muerte; pero su forma actual se consolidó a fines de los 90 y principios de este siglo.
Una vez que controlan un territorio, imponen un sistema de extorsión a residentes y comerciantes, a quienes exigen pagos periódicos bajo la supuesta garantía de seguridad. Su poder va más allá del crimen organizado: se extiende al control de servicios esenciales y de actividades económicas, lo que les permite construir estructuras de dominio social y económico y sustituir, en algunas zonas, la presencia del Estado.
Según los datos más recientes, publicados en diciembre de 2025 con información de 2024 en el Mapa Histórico dos Grupos Armados –elaborado por el Grupo de Estudos dos Novos Ilegalismos de la Universidad Federal Fluminense (GENI/UFF) y el Instituto Fogo Cruzado–, las milicias conservaban la mayor extensión territorial entre los grupos armados de Río: controlaban o influían sobre el 49,4% del área alcanzada por estas organizaciones. En total, unos cuatro millones de habitantes de Río –el 34,9% de la población– vivían bajo control o influencia de organizaciones armadas.
Actualmente, según Santoro, las milicias controlan las zonas más pobres, como la Zona Oeste y la Baixada, mientras que los carteles tienen mayor presencia en áreas de clase media de la Zona Sur y parte de la Zona Norte.
Los vínculos de la familia Bolsonaro con las milicias quedaron bajo escrutinio por distintas investigaciones judiciales, entre ellas la que involucró a Flavio Bolsonaro por un presunto esquema de desvío de parte de los salarios de sus asesores cuando era diputado estatal. Uno de los señalados como beneficiario fue el expolicía militar Adriano Magalhães da Nóbrega, conocido como el capitán Nóbrega, acusado de liderar la “Oficina del Crimen”, un grupo de exterminio sospechoso de estar detrás del asesinato de la concejala Marielle Franco, ocurrido en marzo de 2018. Otro nombre vinculado a esa organización fue el del mayor de la Policía Militar Ronald Paulo Alves Pereira, también investigado por su presunta participación.
Durante su paso por la Asamblea Legislativa de Río, Flavio condecoró varias veces a ambos policías. Nóbrega recibió en 2005 la medalla Tiradentes, la máxima distinción de la Legislatura estadual, además de otras dos menciones por sus servicios en la fuerza, mientras que Pereira fue homenajeado con una mención honorífica cuando ya era investigado por su presunta participación en una masacre de cinco jóvenes ocurrida en 2003.
En esos mismos barrios donde se expandieron las milicias y los grupos criminales, y en un contexto de crisis que acompañó la redemocratización de Brasil en los años 80, “los evangélicos crecieron en las periferias de las grandes ciudades, donde construyeron importantes redes políticas, empresariales y mediáticas”, explicó Santoro.
Hoy ese grupo es uno de los actores decisivos de la política brasileña. Según el último censo, publicado en 2025, pasaron de representar el 21,6% de la población en 2010 al 26,9% en 2022, unos 47,4 millones de personas, en un país donde el catolicismo cayó a su menor nivel histórico. El fenómeno es especialmente visible en Río de Janeiro, cuna de la Iglesia Universal del Reino de Dios y uno de los estados con menor proporción de católicos, apenas el 38,9%.
“Aunque Brasil sigue siendo un país mayoritariamente católico, hoy los evangélicos representan alrededor del 30% de la población. Bolsonaro no existiría políticamente sin ese apoyo”, afirmó el experto.
A tres días del balotaje, la última encuesta de Quaest publicada el miércoles muestra que el hijo mayor de los Bolsonaro reúne el 58% de las intenciones de voto entre los evangélicos, casi el doble que Lula, que llega al 30%.