El barrio que escondía una mansión misteriosa y noches de boliches inolvidables: ¿qué secretos guarda su historia?

Desde noches de boliche que unían a toda la ciudad hasta una mansión con un pasado enigmático que nadie quiere contar. ¿Qué más se esconde detrás de la transformación que está viviendo este barrio histórico?

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El barrio que escondía una mansión misteriosa y noches de boliches inolvidables: ¿qué secretos guarda su historia?

Un viaje íntimo a los orígenes de un barrio emblemático revela cómo sus noches de boliche, clubes y casonas marcaron a generaciones enteras, mientras hoy enfrenta una transformación que pone en riesgo su patrimonio. La profesora Florencia Schpeir reconstruyó la memoria del lugar en una charla con el programa “Domingo para armar”, desentrañando desde sus lazos con el Ferrocarril Central Argentino hasta los misterios de una mansión enigmática.

Con una identidad marcada desde sus orígenes ligados al Ferrocarril Central Argentino, Fisherton se consolidó como uno de los barrios más característicos del noroeste rosarino. Sus calles combinan jardines frondosos, veredas tranquilas y casas de estilo inglés que le dan una identidad muy distintiva.

Si bien hoy en día la zona está enfrentando cambios, calles como Morrison, Boulevard Argentino y Brassey aún conservan esa impronta original que remite a sus primeros años.

¿Por qué el resto de la ciudad va a Fisherton?

Alimentada por sus propios recuerdos y el eco nostálgico de los oyentes, la conversación entre la profesora y el periodista Fabio Rodríguez se transformó en un viaje íntimo hacia los orígenes y tradiciones del barrio. Fabio propuso un interrogante que dio inicio a la charla: “¿Por qué el resto de la ciudad va a Fisherton?”.

Para el juez y autor del libro “Pequeños Elementos”, Gerardo Fabián Muñoz, llegar al barrio implicaba subirse a la línea B o al 202 por calle Santa Fe para encontrarse con una “micro región”. También surgieron otras reminiscencias, como los clásicos picnics en el Prado del Centro Asturiano o el deporte como gran puerta de entrada.

Para muchos, el hockey o el básquet fueron la excusa para conocer ese lado de la ciudad. Clubes como el CAF, con esa cancha de ladrillo, bien de club de pueblo, forman parte de esa memoria.

Las míticas noches en Ponciano

Florencia Schpeir remarcó que el atractivo del barrio mutó según la época. Mientras hoy se lo busca por sus paseos comerciales y su gastronomía, para las generaciones anteriores el imán era la noche. “Antes la gente del centro iba a Fisherton por los boliches, sobre todo si tenía alguna participación en alguno de los clubes”, señaló la profesora.

Durante la entrevista, revivieron los nombres de salones de baile que marcaron una época: Damasco, Sayonara y, por supuesto, el “boliche estrella”: Ponciano. En sus investigaciones, Florencia descubrió que muchas personas relataban haberse conocido con gente de otros barrios en estas representativas pistas.

La nostalgia de estas noches quedó plasmada en el mensaje de Jorge, un oyente que rememoró aquellos regresos de madrugada: “Ponciano, viernes, sábados y domingos, siempre presente. Cuantas noches tenía que volver caminando con amigos, hasta barrio Echesortu, el colectivo 56 nunca llegaba”.

La vida en la calle y los orígenes del loteo

Cuando Fisherton apenas comenzaba a tomar forma, un aviso de remate comenzó a delinear su destino. La firma Guerrico y Williams ofrecía la venta de 64 manzanas divididas en lotes. Así, entre promesas de progreso, quintas y chalets, comenzaba a tomar forma uno de los barrios más emblemáticos de la ciudad.

La historia del loteo inicial sobre zonas de quinta dejó un espíritu de vida al aire libre que definió la esencia de sus vecinos. “Nosotros teníamos 10 grados menos de temperatura, la calle era nuestro territorio”, recordó Florencia. “El hijo del albañil se juntaba con el hijo del empresario sin ningún problema, no había más rico o más pobre. Estábamos todos en la calle y en la calle éramos todos iguales”, destacó.

Durante las primeras décadas del siglo XX, el barrio creció y sumó instituciones que fortalecieron su vida comunitaria. Se construyeron clubes, iglesias y escuelas que consolidaron su perfil residencial. Entre quienes se criaron en el barrio, persiste un fuerte sentido de pertenencia que hace que, incluso hoy, mantengan sus vínculos de la infancia, como los amigos de la Escuela Integral o del Club Atlético Fisherton.

“Cada vez que regreso al barrio, me reúno con los chicos del CAF. Cierro los ojos y respiro aire puro”, aportó Ana, una oyente del programa. Otro lugar emblemático que permanece en la memoria colectiva fue el Cine Fisherton. “Cuando cerró, a toda mi generación se le piantó un lagrimón”, confesó Schpeir, recordando que las rutinas juveniles dependían del clima: “Si había sol, el destino era la pileta; pero si hacía frío o estaba nublado, la cita obligada era el cine”.

Misterios, casonas y la transformación actual

Durante el recorrido histórico que trazó Florencia, también destapó los secretos que se esconden detrás de una casona que se mantuvo en el ostracismo: la mansión Parr. Antigua residencia de David Parr, un veterano de guerra inglés que vivió recluido padeciendo las secuelas del conflicto hasta su muerte. “Me llama la atención que los mismos británicos, cuando les hacíamos preguntas, daban vueltas para no hablar sobre esta mítica historia”, sostuvo Florencia.

Por otro lado, el patrimonio histórico se enfrenta al avance inmobiliario. La casona que albergó a los primeros obreros del ferrocarril y constituye el primer registro constructivo del lugar, hoy se encuentra ocupada por un condominio y rodeada de palas excavadoras.

Este contraste es el reflejo de la profunda transición morfológica que atraviesa Fisherton. Las tradicionales casonas con grandes terrenos están cediendo paso a subdivisiones y condominios con amenities, lo que desdibuja los límites de un barrio que, según el “habitante natural”, históricamente se extendió desde calle Wilde hasta Rodó.

La respuesta reside en el magnetismo de sus casas señoriales, su arquitectura y ese verde que invita a perderse en un paseo de domingo

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