Durante años el negocio familiar fue la leche. Una planta pasteurizadora en Neuquén y un sistema de pago que no cerraba los obligaron a cambiar de rumbo: hoy venden reproductores a toda la Patagonia y un toro llegó a 1.117 kilos.
En Balsa Las Perlas, sobre la margen sur del río Limay, donde la costa verde se corta contra la aridez del secano, la familia Cressatti sostiene una actividad que cambió de rumbo más de una vez. Hoy es una cabaña de reproductores Angus y Hereford con ventas en toda la Patagonia. Pero no siempre fue así.
Daniel Cressatti lleva décadas seleccionando animales con una obsesión: que rindan cuando salen del corral de exposición y vuelven al campo. "Buscamos la mejor genética, pero siempre mirando el tema de la adaptación", resume el productor a Río Negro Rural.
De los tambos a la carne
El establecimiento está en manos familiares desde 1954, cuando el abuelo de Daniel lo compró junto a su padre y su tío. En ese entonces la actividad era lechera, en una región donde los tambos pesaban mucho más que hoy.
Todo cambió con la instalación de una planta pasteurizadora en Neuquén. Los productores quedaron obligados a entregar allí la leche y dejaron de repartirla puerta a puerta, como se hacía con carros y caballos. La remuneración por grasa butirosa y las condiciones comerciales de la época hicieron inviable sostener la actividad para muchos establecimientos.
La familia Cressatti también tuvo que buscar otro camino. "De ahí se pasó a ganadería con el objetivo de producir carne", cuenta Daniel. Se abandonó el predominio del Holando Argentino y se avanzó con Hereford, que durante años fue la base del rodeo. El campo también tuvo su etapa frutícola, pero la ganadería terminó concentrando el interés de todos.
El salto a la genética
La transformación definitiva llegó a comienzos de los 2000. En 2002, con la posibilidad de incorporar embriones y las expectativas por una apertura comercial para exportar hacienda en pie a Chile, la familia decidió apostar a la producción de genética.
Trajeron asesoramiento y embriones de una cabaña bonaerense con experiencia en Angus. En 2003 nacieron los primeros animales de esta nueva etapa. El resultado fue alentador y abrió el camino a las exposiciones en distintos puntos de la Patagonia.
El toro que marcó una era
Entre los recuerdos de aquellos primeros años hay un ejemplar que se volvió referencia: un Angus negro que recorrió muestras desde Santa Cruz hasta el Valle Medio, pasando por Junín de los Andes y Esquel. Ganó desde sus primeras presentaciones y siguió sumando reconocimientos. Su última participación fue en la exposición con la que se inauguró la rural del Alto Valle.
El toro llegó a pesar 1.117 kilos. "Era algo extraordinario", recuerda Cressatti. Más allá de los premios, ese animal simbolizó la consolidación de un proyecto que había arrancado apenas unos años antes y que empezaba a hacerse conocido entre criadores y productores.
Dos razas y una misma meta
La cabaña trabaja con Angus negro, Angus colorado y Hereford. Cressatti reconoce su debilidad por la Hereford, la raza con la que empezó a producir carne: "Empecé con Hereford y amo el Hereford". Pero admite que el Angus se impuso comercialmente y que sus reproductores suelen cotizarse por encima.
Mantener ambas razas responde a una mezcla de tradición, demanda y adaptación. En los sistemas extensivos, la clave sigue siendo cómo se banca el animal la alimentación, el clima y la superficie disponible.
La cabaña vende a productores de Río Negro, Neuquén y otras provincias patagónicas. Que los clientes vuelvan a comprar es, para Cressatti, "una señal de que los animales responden a las necesidades de los establecimientos". Un reproductor puede lucirse en una muestra, pero su verdadero desempeño se ve en el campo del comprador.
Criados arriba de la barda
Una de las particularidades del sistema Cressatti es el ambiente donde se crían los animales. Las vacas de pedigree andan sueltas, con los terneros al pie durante unos seis meses, y recorren sectores de monte y suelos calcáreos.
"Las vacas nuestras se crían arriba de la barda", explica el productor. La idea es que los reproductores se desarrollen en condiciones parecidas a las que encontrarán en los campos donde van a trabajar. Alimentación y ejercicio forman parte de esa selección: en la Patagonia los animales tienen que caminar, aprovechar la vegetación disponible y moverse sobre superficies exigentes.
Después del destete se organiza el manejo de los terneros y se reservan los meses previos a las exposiciones para una preparación específica. Pero Cressatti evita llevar esa preparación al extremo. Su experiencia le enseñó que un animal demasiado acostumbrado al encierre y a la alimentación intensiva la pasa mal cuando vuelve al campo.
"Cuando se va al campo y empieza a comer zampa, coirón y pisar las piedras, no camina más", advierte. Y ahí aparece el riesgo económico: «un toro que no puede desplazarse adecuadamente, que pierde condición corporal o que no responde al sistema de alimentación del comprador puede convertirse en una inversión frustrada».
Por eso la selección genética tiene que mirar el ambiente donde se va a usar el reproductor. En la Patagonia, con amplias superficies de secano y forraje variable, la rusticidad es un atributo que vale.
Pedigree y toros de campo
Además de los reproductores de pedigree que presenta en exposiciones, la familia comercializa toros identificados como SR, animales sin registro de pedigree pero seleccionados por la propia cabaña.
No participan de las muestras, pero tienen su propio mercado entre quienes buscan un toro funcional, con antecedentes conocidos y características adecuadas para su rodeo. "Es un toro que sabemos de dónde viene, lo recomendamos, es mucho más rústico", describe Cressatti.
El conocimiento del territorio permite orientar las recomendaciones hacia productores que necesitan animales capaces de trabajar en condiciones similares a las de su lugar de origen. Ese vínculo entre selección y ambiente es, al final, la marca de la cabaña.
El presente y lo que falta
El clima también juega a favor. Después de tres o cuatro años consecutivos de sequía, las lluvias mejoraron las pasturas y devolvieron entusiasmo a los productores. "Este es un año excepcional, tenemos muy buenas pasturas y hay mucho entusiasmo en los productores", afirma Cressatti.
Sin embargo, el productor pone un freno al optimismo: los precios acompañan, pero la rentabilidad todavía no alcanza para reinvertir todo lo necesario. Convertir el alivio de este año en una recuperación sostenida sigue siendo el desafío pendiente.
En lo personal, la mayor satisfacción es otra. Daniel comparte el trabajo con sus hijos y nietos. Su hijo Humberto y su nieto Iñaki están más dedicados a la cabaña, aunque las decisiones y los distintos emprendimientos siguen teniendo participación familiar. "Estamos metidos todos", resume.
La empresa no solo conserva una actividad iniciada hace décadas: logró que el interés por los animales y la genética pasara a las nuevas generaciones.
