El campo que no se rinde: los productores que reinventan la tierra en Cipolletti
En Cipolletti, productores de larga tradición están dando vuelta la página: almendras, uva de mesa y tecnología de punta para no depender del vaivén de siempre. Lo que están logrando en el Alto Valle sorprende.
La fruticultura del Alto Valle de Río Negro vive una transformación profunda. En Cipolletti, productores de larga tradición están combinando experiencia, audacia y tecnología para abrir mercados y agregar valor a la producción primaria. La historia regional se reescribe con apellidos que no se quedaron en las fórmulas del pasado.
Un caso emblemático es el de la familia Olano, con más de un siglo en la actividad. En 2015, Eduardo Olano impulsó una reconversión audaz al apostar por las almendras. Junto a Helena Pinós, y tras inspirarse en su luna de miel, fundaron Canelo. Hoy, en un antiguo galpón de tractores convertido en planta, elaboran más de 20 productos derivados de este fruto seco, rompen la estacionalidad del consumo e incorporan energía solar e inteligencia artificial.
En el mismo camino de persistencia se encuentran Eduardo Artero, de 74 años, y su hijo Sebastián. Representan a la cuarta y quinta generación de una dinastía que trabaja la tierra en Cuatro Esquinas desde 1926. Eduardo regresó a vivir a la chacra, maneja 50 hectáreas de peras y manzanas y se sube al tractor cada día, enfocado en la excelencia del eslabón primario.
Esa fruta encuentra su complemento en referentes locales como Tres Ases. Con seis décadas de trayectoria, la empresa inauguró un Centro de Climatización Inteligente en Cipolletti. Mediante tecnología nacional y túneles presurizados, optimizan la maduración de alimentos y, gracias a una alianza con Tropical Argentina, sumaron bananas a su oferta, consolidando a la ciudad como un polo logístico clave para la Patagonia.
A esta red de innovación se suma el ingeniero agrónomo Gustavo Liss, quien desde 1995 transformó una chacra vacía en un oasis de uva de mesa. Liss integró de forma unipersonal toda la cadena: produce, acondiciona y distribuye, demostrando que la tecnología de precisión es el futuro de la región.
De la chacra tradicional a la góndola: la familia que apostó por las almendras
La familia Olano lleva más de un siglo vinculada a la producción frutícola en Cipolletti. Cuando Eduardo Olano regresó al Alto Valle, en 2006, decidió impulsar un cambio en las chacras familiares: primero reemplazó parte de las peras y manzanas por frutas de carozo y luego avanzó con un cultivo que por entonces tenía poca presencia en la región: las almendras. La reconversión comenzó en 2015 y se realizó de manera gradual en cinco chacras que, en conjunto, alcanzan unas 120 hectáreas.
La primera cosecha de almendras llegó en 2018 y planteó un desafío inesperado: qué hacer con la producción. La respuesta surgió durante la luna de miel de Eduardo y Helena Pinós, cuando probaron en Chile unas almendras saborizadas que no habían visto en Argentina. De regreso en Cipolletti comenzaron a experimentar en la cocina de su casa hasta desarrollar sus propias almendras ahumadas. El proyecto creció y en 2019 transformaron un antiguo galpón de tractores en una planta de elaboración; tres años después incorporaron una planta de pelado.
Así nació Canelo, un proyecto que convirtió la producción primaria en una cadena de mayor valor agregado. Actualmente elaboran más de 20 productos a partir de las almendras, desde variedades dulces y saladas hasta harinas, pastas untables y productos cosméticos derivados de su aceite. La comercialización alcanza distintos puntos del país y permitió romper la tradicional estacionalidad del consumo de frutos secos. La empresa también incorporó energía solar, reutiliza las cáscaras de almendra y recibe visitas educativas en sus chacras, mientras proyecta nuevas inversiones para mecanizar la cosecha, incorporar inteligencia artificial en la selección y sumar nuevos cultivos.
Los manzanos históricos que todavía producen en una chacra familiar
Hace un siglo, la familia Artero comenzó a trabajar la tierra en Cuatro Esquinas, en Cipolletti. La chacra fue desmontada y sistematizada en 1926 y, un año después, la familia se instaló allí para producir. Eduardo Artero, de 74 años, representa hoy a la cuarta generación de una historia familiar ligada a la fruticultura, mientras su hijo Sebastián encarna la quinta. En las 20 hectáreas de aquella chacra histórica todavía sobreviven manzanos de entre 70 y 80 años que continúan produciendo.
La vida de Eduardo transcurrió entre los montes frutales. Comenzó a trabajar en la chacra siendo adolescente y, después de las divisiones familiares, se hizo cargo del establecimiento. Con el tiempo amplió la superficie productiva y hoy, entre tierras propias y alquiladas, maneja unas 50 hectáreas en las que produce principalmente manzanas y, en menor medida, peras. Conviven allí plantaciones tradicionales con nuevas variedades y sistemas de conducción, en una búsqueda permanente por mejorar los rindes y sostener la actividad.
Eduardo eligió construir su trayectoria concentrado en el primer eslabón de la cadena: producir fruta y entregar la cosecha a Tres Ases. La reinversión, el control de costos y el cuidado del manejo productivo fueron claves para sostener ese camino. A los 74 años todavía recorre los montes y se sube al tractor todos los días, mientras trabaja junto a Sebastián para darle continuidad a la explotación. Hace cinco años incluso dejó su casa en el centro de Cipolletti para volver a vivir en la chacra, cerrando un círculo que une un siglo de historia familiar con el presente productivo de la ciudad.
Tecnología en el Alto Valle: el salto inteligente de Tres Ases en la conservación frutícola
Con más de seis décadas de trayectoria en la fruticultura del Alto Valle, Tres Ases tiene en Cipolletti su principal centro de operaciones. La empresa, que nació vinculada a la producción y comercialización de peras y manzanas, volvió a apostar por la innovación con la inauguración de un Centro de Climatización Inteligente de Frutas. La nueva infraestructura permite controlar las condiciones de maduración y conservación para que distintos productos lleguen al mercado en el momento adecuado.
El centro cuenta con nueve túneles presurizados, con capacidad para 20 pallets cada uno, y utiliza sensores y tecnología desarrollada en Argentina para monitorear la evolución de la fruta. Temperatura, humedad, ventilación y concentración de etileno son reguladas durante el proceso, que puede extenderse entre 48 y 72 horas. La tecnología permite trabajar con frutas climatéricas y obtener lotes homogéneos, reducir pérdidas y mejorar la logística, con la posibilidad de adaptar los protocolos a bananas, paltas, peras y mangos.
La inversión también acompañó una ampliación de la propuesta comercial de Tres Ases: la empresa incorporó la banana a su cartera mediante una alianza con Tropical Argentina. Las frutas, provenientes de Ecuador y Bolivia, ahora pueden completar su proceso de climatización en Cipolletti, más cerca de los mercados de consumo de la Patagonia. La iniciativa combina infraestructura, conocimiento y logística regional y abre además la posibilidad de prestar el servicio a supermercados, mayoristas y otros operadores, consolidando a la ciudad como un punto estratégico para el acondicionamiento y distribución de alimentos.
Uva de mesa: el ingeniero que apostó por un cultivo alternativo
Gustavo Liss llegó a Río Negro desde Buenos Aires en 1986, como ingeniero agrónomo, y durante años trabajó como asesor técnico de productores frutícolas. Pero siempre tuvo el objetivo de producir por cuenta propia. En 1995 vendió una casa que tenía en Cipolletti y con ese dinero compró una chacra de cuatro hectáreas que estaba completamente sin desarrollar. Allí comenzó a construir, desde cero, el proyecto productivo que mantiene hasta hoy.
En una región identificada principalmente con las peras y las manzanas, Liss eligió una alternativa poco habitual: la uva de mesa. La superficie disponible lo llevó a buscar un cultivo intensivo que permitiera alcanzar una escala económica con pocas hectáreas. Desde entonces trabaja con variedades destinadas al consumo en fresco y desarrolló un sistema que integra prácticamente toda la cadena: produce, cosecha, embala, acondiciona, conserva, comercializa y distribuye su propia fruta. Actualmente tiene 3,5 hectáreas en producción y genera unos 25.000 kilos embalados por hectárea.
El resultado se apoya en más de tres décadas de incorporación y ajuste de tecnología. El riego por goteo está presente desde 1995 y se complementa con fertirriego, aspersión para defensa contra heladas y cobertura total con malla, que además de proteger los frutos modificó el microclima del cultivo. Su producción se concentra principalmente en la Patagonia y también tuvo experiencias de venta en Buenos Aires y de exportación. Para Liss, la uva de mesa encontró en el Alto Valle condiciones adecuadas y todavía tiene margen para crecer, especialmente mediante sistemas de mayor escala que combinen mercado interno y exportación.