El cartel de dos palabras que paralizó a los turistas en la Triple Frontera
¿Qué pasa cuando alguien pone precio a lo que nadie quiere mirar? En plena Triple Frontera, un cartel de dos palabras descolocó a turistas y locales. Lo que provocó sigue sin respuesta.
En el corazón de la Triple Frontera, donde el movimiento entre Argentina, Brasil y Paraguay no se detiene, un cartel pintado a mano logró algo impensado: frenar a los transeúntes y dejarlos sin respuesta. La intervención urbana del artista Santiago Ortí puso sobre la mesa una propuesta tan simple como incómoda.
Sosteniendo una pancarta con apenas dos palabras, el performer se ubicó en distintos puntos del límite internacional. La reacción fue inmediata: la gente se acercaba desconcertada y repetía las mismas preguntas: «¿Qué compra?», «¿De quién?» y «¿A cuánto?».
Un cortocircuito en el paraíso del consumo
El paisaje de la zona, saturado de publicidad y ofertas comerciales, sufrió una especie de cortocircuito. La obra, impulsada en el marco del proyecto de arte nómade Cards Cards Cards, busca asignarle valor económico a la materia fecal, un bien orgánico que la sociedad se encarga de invisibilizar.
Al ponerle un precio a algo que todo ser humano produce y que las ciudades ocultan rápidamente a través de sus tuberías, la performance generó múltiples escenas absurdas y una evidente disonancia cognitiva en el público. El mensaje se opone radicalmente a la asignación tradicional de valores.
Ortí lleva años investigando y trabajando con este particular material. Según detalla el manifiesto del proyecto, la iniciativa «cuestiona el mito escatológico occidental, donde la progresión lineal del tiempo estructura la vida con un comienzo y un final». Al ponerle un precio a la materia fecal, se la ingresa por la fuerza al sistema económico, haciendo circular un elemento tradicionalmente marginado.
De productor a comprador
A diferencia de los antecedentes más provocadores del arte contemporáneo, la intervención cambia de raíz el rol del creador frente al consumo. Mientras que en la emblemática obra Merda d’Artista (1961) el italiano Piero Manzoni enlataba y vendía sus propias heces cotizadas al peso del oro, Ortí abandona el papel de productor de bienes para convertirse de lleno en comprador.
Sin embargo, el aspecto central de la performance radica en que la transacción no culmina en ningún objeto material definitivo. El artista opera como un adquiriente anónimo que no hace demasiadas preguntas ni intenta construir un relato heroico, moral o ecológico sobre el destino final de lo que adquiere.
La tensión sobre el «por qué» de la compra queda deliberadamente abierta, produciendo espacios de vacío que cada espectador debe rellenar con su propia imaginación. Y para todo lo demás, existe Cards Cards Cards.