El clásico que expuso la impotencia de la verdad: llega a City Bell

¿Qué pasa cuando descubrir la verdad no cambia nada? La obra maestra de Polanski llega a City Bell con un final que todavía incomoda.

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El clásico que expuso la impotencia de la verdad: llega a City Bell
El clásico que expuso la impotencia de la verdad: llega a City Bell

Este domingo, el Teatro de Cámara de City Bell proyecta “Chinatown”, la obra maestra de Roman Polanski que en 1974 redefinió el cine negro. Una película que no solo marcó un hito estético, sino que capturó la desazón de una nación entera.

Estrenada el 20 de junio de 1974, la cinta llegó en un momento crucial para Estados Unidos. Mientras California sufría su peor sequía en tres años, el país se hundía en una crisis moral: Vietnam agonizaba y el escándalo de Watergate destapaba la corrupción sistémica. Aunque la trama transcurre en 1937 y evita referencias directas, “Chinatown” se convirtió en el espejo más fiel del ánimo norteamericano de aquella época.

El origen del proyecto

La génesis de la película es tan fascinante como su trama. En 1971, Robert Evans, entonces jefe de producción de Paramount, ofreció a Robert Towne 175.000 dólares para adaptar “El gran Gatsby”. Towne, que llevaba años puliendo guiones ajenos sin reconocimiento, rechazó la oferta: no se sentía capaz de mejorar a Fitzgerald. En su lugar, pidió 25.000 dólares para escribir una historia propia.

El resultado fue un guion laberíntico que Evans calificó como “brillante e incomprensible”. El detective J.J. Gittes fue escrito pensando en Jack Nicholson, quien más tarde sumaría a Roman Polanski al proyecto. El director, que había abandonado Los Ángeles tras el asesinato de Sharon Tate, encontró en esta historia una oportunidad para canalizar su visión oscura.

La disputa por el final

Tras seis semanas de trabajo intenso, Towne y Polanski chocaron por el desenlace. Towne imaginaba a Evelyn Mulwray matando a su padre y sobreviviendo. Polanski, en cambio, impuso un final desolador: Evelyn muere de un disparo y Noah Cross, el padre que la violó y engendró a su nieta-hija, se marcha impune con la niña de la mano.

Esa elección define la esencia del neo-noir. A diferencia del policial clásico, donde el orden se restablece al identificar al culpable, aquí no hay justicia posible. Gittes investiga sin error, descubre toda la verdad, pero ese conocimiento es precisamente lo que provoca la tragedia. Es una versión moderna de Edipo: la hybris de creer que saber equivale a poder, con el incesto y el motivo del ojo como símbolos recurrentes.

Polanski disemina ese simbolismo a lo largo de la película: un anteojo roto en un estanque, una anomalía en el iris de Evelyn y el disparo final que atraviesa su ojo. La nariz vendada de Gittes es la marca física del protagonista, comparable a los pies de Edipo. El título, además, no se refiere a un barrio, sino a una experiencia: el lugar donde los policías debían actuar lo menos posible, porque nunca sabían a quién estaban ayudando.

Un año clave para el cine negro

El éxito de “Chinatown” no fue un caso aislado. En 1974 también se estrenaron “El Padrino II”, “La conversación” y “El último testigo”, todas con un denominador común: héroes que lo descubren todo pero no pueden cambiar nada. El enemigo ya no es un criminal individual, sino una estructura imposible de arrestar.

Con la caída del Código Hays, el cine pudo mostrar que el crimen no siempre paga. En “Chinatown”, el malvado se va caminando, y esa imagen sigue resonando hoy como una metáfora de la impotencia humana frente a sistemas corruptos.

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