El cocinero que desafía al frío en Avenida Perón: su secreto para vender 30 docenas de tortas fritas
¿Qué hace especial a este vendedor callejero de Santa Rosa? Su historia de esfuerzo, sus números sorprendentes y el detalle que lo volvió parte del paisaje.
Mario Nazareno Vargas (45) convirtió un puesto callejero en un símbolo de dignidad en Santa Rosa. Su fórmula: sonrisa, delantal impecable y una receta que conquista hasta en los días de lluvia.
En plena Avenida Perón, a metros de Cayupán, este cordobés encontró su lugar en el mundo. Llegó persiguiendo a sus hijos, pero se quedó con un negocio propio que lo tiene de pie desde las 4:30 de la mañana.
¿Quién es el hombre de las tortas fritas gigantes?
Nacido en Córdoba, Mario probó suerte en Santa Fe antes de aterrizar en La Pampa. "Allí apenas te ven con una mesita vendiendo algo te levantan todo", recuerda sobre su paso por su provincia natal.
El verdadero motor fue el amor paternal: siguió a Nicolás, Nazarena y Johana hasta Santa Rosa, donde vivían con su madre. Hoy, su puesto es mucho más que un comercio: es su trinchera diaria de trabajo honesto.
El detalle que enamora a los vecinos
Con gorro y delantal de cocina, Mario no pasa desapercibido. "Creo que la gente valora que uno lo atienda bien vestido… y además me gusta y no cuesta nada", confiesa. Ese cuidado estético, sumado a la calidad casera, le valió una clientela fiel.
Las cifras lo respaldan: vende un promedio de 20 docenas diarias entre tortas fritas, rosquitas y sándwiches de miga. En días lluviosos, la demanda se dispara: "Con una de mis hijas llegamos a vender 30 docenas", cuenta con orgullo.
La rutina del emprendedor
Su jornada arranca antes del amanecer, entre las 4:30 y las 5 de la mañana, cuando se pone a amasar en su cocina. A las 7 ya está apostado en la avenida, donde trabaja sin pausa hasta que cae el sol.
A veces lo acompaña alguno de sus hijos; otras, se las arregla solo, yendo y viniendo desde su casa cercana. La confianza con el barrio es total: "A nadie se le ocurre tocar nada aunque deje la mercadería y mis cosas un segundo", asegura.
Mario ve en este oficio una salida noble en tiempos difíciles. "Se trabaja mucho", reconoce, pero la recompensa va más allá de lo económico: "La gente pasa, se detiene, me conocen y les gusta lo que hago".
Los domingos son sagrados para los amantes del mate, y él lo sabe bien. "La gente tiene esas ganas irresistibles de matear con tortas fritas", dice sonriente, mientras el aroma a masa frita se mezcla con el aire pampeano.