El concierto que dejó sin palabras al Teatro Provincial: ¿qué pasó en Salta?
¿Qué pasó en el Teatro Provincial que nadie quiere perderse? La Orquesta Sinfónica de Salta y un director invitado deslumbraron con un programa que mezcló a Weber y Beethoven. Los detalles que no te contaron.
El pasado viernes 7 de agosto, el Teatro Provincial de Salta fue testigo de una velada que promete quedar en la memoria de los asistentes. La Orquesta Sinfónica de Salta, bajo la batuta invitada del maestro Jorge Lhez, ofreció un programa que, aunque sencillo en apariencia, escondía una profundidad que pocos esperaban. La noche combinó dos obras maestras en mi bemol mayor, unidas por una interpretación que rozó la perfección.
Un regreso esperado: Jorge Lhez al podio
Jorge Lhez, quien fuera director titular de la formación, volvió como invitado para dirigir un repertorio que desafiaba tanto a los músicos como al público. La primera pieza fue el Concierto para clarinete n.º 2 en mi bemol mayor, Op. 74, de Carl Maria von Weber, compuesto en 1811 para el legendario Heinrich Baermann. La obra, cargada de la sensibilidad operística del autor, encontró en el solista Raúl Traver a un intérprete excepcional.
Traver, clarinete asistente de solista de la orquesta, ofreció una lectura que transitó desde los registros más sombríos hasta los agudos más brillantes, sin una sola fisura. Su Romanza fue un aria sin palabras, con un fraseo digno de un cantante y unos pianissimi que sobrecogieron al público. En la Polacca final, resolvió los pasajes más arriesgados con una seguridad que jamás se sintió forzada. El maestro Lhez lo acompañó con un pulso que demostró saber dialogar con el solista, y la orquesta se adaptó, replegándose cuando debía ser confidente y avanzando cuando el discurso lo exigía.
Como propina, Traver sorprendió con una versión para clarinete solo de la “Zamba de mi esperanza”, que conectó inmediatamente con los presentes, ratificando su exquisita sensibilidad musical.
La Heroica de Beethoven: un desafío asumido
La segunda parte del concierto estuvo dedicada a la Sinfonía n.º 3 en mi bemol mayor, Op. 55 "Heroica", de Beethoven, una obra que en 1804 rompió los moldes del género. Originalmente dedicada a Napoleón, Beethoven borró la dedicatoria al enterarse de su coronación como emperador, transformando la pieza en un homenaje al heroísmo mismo: la lucha, la caída, el duelo y la superación.
Lhez no le temió a los momentos más ásperos que Beethoven imaginó a propósito. Esos instantes donde algo parece descolocarse sonaron con toda su fuerza, manteniendo un equilibrio de planos sonoros notable. La marcha fúnebre del segundo movimiento tuvo el peso justo, ni apurada ni excesivamente lenta, con una expresividad que provocó escalofríos en más de un oyente. El pasaje de los cornos en el tercer movimiento, que evoca una cacería, brilló como pide la partitura. Hacia el final, la orquesta pareció redescubrir una obra que suena desde hace más de dos siglos, como si la tocara por primera vez.
Una pregunta que queda en el aire
Al salir del teatro, quedé con una certeza y una pregunta. La certeza de que solista y director estuvieron sensacionales, cada uno en su terreno, y que la orquesta los acompañó con una entrega que honra sus 25 años de vida. La pregunta, que me planteó hace tiempo un músico de la propia orquesta, volvió a inquietarme: si en un cuarto de siglo ningún director titular logró imprimir su voz propia a la orquesta, ¿no será hora de que la orquesta misma, sostenida por batutas invitadas pero no gobernada, construya colectivamente esa voz? Lo dejo como una invitación al público salteño, que esa noche aplaudió calurosamente, a reflexionar también.