El descontento crece y la oposición ve su oportunidad: ¿qué revelan las encuestas?
Las encuestas revelan un creciente descontento con el gobierno de Milei. ¿Qué espera el electorado y cómo se prepara la oposición para 2027? Los detalles que marcan el fin de una era.
El descontento social con la administración libertaria no para de crecer. Las encuestas marcan un punto de inflexión: la oposición ya tiene su momento. ¿Qué dicen los números y qué espera el electorado?
Las encuestadoras, con sus intereses y financiamientos, siguen siendo una brújula para los comunes mortales. Y lo que detectan mayoritariamente es un crecimiento del malestar hacia el gobierno. Javier Milei ya roza el tope de los ránquines de impopularidad, solo superado por Mauricio Macri. Eso explica por qué muchos dirigentes del PRO residual se reciclan en La Libertad Avanza. Hace meses que la imagen negativa del Presidente supera a la positiva, y la tendencia se acentúa.
¿Qué pasa con los que aún apoyan al oficialismo?
Entre los que mantienen su respaldo, la constante es la esperanza. Quedan restos del “hay que darle tiempo”. Psicológicamente, es difícil asumir los malos pasos. Pero el detalle es clave para las predicciones. La economía no es una ciencia exacta, pero hay relaciones de causa y efecto. Dado el dogmatismo de los hacedores de política y las enseñanzas de la historia, es previsible que la recesión interna se acentúe en los próximos meses. Eso profundizará las expectativas de reemplazo presidencial para 2027. Con la histeria de los mercados, se retroalimentarán el cambio de administración y el empeoramiento de los indicadores. Las corridas preelectorales podrían adelantarse.
Tres tercios en el electorado
Las encuestadoras detectan tres grupos de votantes más o menos repartidos. Dos núcleos duros: el oficialista, en retracción, y el kirchnerista, que muestra una leve expansión. El tercer grupo es el de quienes dicen que en 2027 no votarían ni a tirios ni a troyanos, que no se definen solo por la antinomia peronismo-antiperonismo. Nada nuevo en la historia electoral reciente. Es el tercio libre que define resultados.
La composición de este tercer grupo es heterogénea, hacia izquierda y derecha, pero con un centro predominante: un electorado más bien conservador, que no quiere cosas raras y valora la estabilidad económica. Es el consenso más extendido. El elector medio no debate si el superávit fiscal es solo ajuste del gasto, si es real o aparente. Solo sabe que 30 por ciento anual es malo, pero 200 es peor. Prefiere comprar divisas por ventanilla y no en una cueva, y le encanta que el dólar se mantenga estable. Pero empieza a descubrir que la economía avanza hacia la paz de los cementerios, que la falta de Estado puede ser más fea que las regulaciones, y que no tener trabajo y estar súper endeudado es bastante peor que la inflación.
Los bienes públicos y el imaginario social
A pesar de haber votado al topo que vino a destruir el Estado por dentro, la provisión de bienes públicos –salud, educación, infraestructura vial– sigue siendo un valor. El imaginario del país de la inmigración, con movilidad social ascendente por esfuerzo, trabajo y estudio, todavía está en pie. Por eso es tan disruptivo que los salarios no alcancen y obliguen al pluriempleo y al endeudamiento para gastos corrientes.
Cada día es más evidente que, fuera de los enclaves exportadores (menos del 20 por ciento del PIB), la mayoría de la sociedad vive peor. El cierre de empresas y la pérdida de empleos formales son una realidad instalada. Las actividades vinculadas al mercado interno –comercio, construcción, industria, turismo receptivo– están en retracción. Los análisis celebratorios sobre números falsos y estadísticas amañadas de funcionarios y economistas oficialistas empezarán a provocar enojo, si no furia.
Cuando el publicitado crecimiento del PIB no le llega a 7 de cada 10 habitantes, no hay discurso que alcance. El punto de inflexión en el clima social ya se produjo. Si el gobierno no recurre a políticas activas y de demanda, muy ajenas a su ADN, lo que viene se parecerá poco a los mejores 18 meses pronosticados por Luis Caputo, el mismo que trata de “tarados” a quienes defienden un modelo distinto. Notable cómo el carácter agresivo del discurso del Presidente derramó en sus funcionarios.
La oportunidad de la oposición
El balance preliminar es que se adelantó el momento de la oposición para ofrecer una alternativa viable a la variante libertaria del viejo neoliberalismo, que una vez más demostró que solo ofrece endeudamiento, recesión y caída de ingresos para las mayorías. Esta vez no fue distinto, pero la gran diferencia con 2018-19 es que una porción importante de la sociedad no siente que tenga un lugar automático al cual volver.
Sin embargo, no es verdad que la oposición carezca de programa. Salvo actores marginales, existe un consenso mayoritario para construir un capitalismo productivo, con desarrollo e inclusión, que defienda la soberanía nacional y las funciones esenciales del Estado, y que se integre al mundo con pragmatismo. Tampoco es verdad que la oposición sea sinónimo de caos económico. Hubo más períodos de estabilidad con el peronismo gobernante que bajo la UCR y el macrismo. La limitación del programa es que todavía no fue militado. El candidato presidencial, que aprendió de los errores, catalizará la dinámica.