Un sainete, un dramaturgo uruguayo y una fecha que quedó grabada a fuego: así nació el Día del Canillita, que este sábado deja los kioscos sin diarios.
Este sábado los kioscos amanecieron sin ejemplares. Como cada 7 de noviembre, la Argentina conmemora el Día del Canillita, una fecha que desde 2010 figura como día no laborable y que suspende la distribución de diarios en todo el país.
La tradición, sin embargo, es bastante anterior a esa norma: hace años que este medio adhiere a la pausa y no sale a la calle ese día.
¿Por qué se recuerda un 7 de noviembre?
La efeméride nació en 1947, hace 79 años, para homenajear a un dramaturgo uruguayo: Florencio Sánchez. Él fue quien bautizó a los vendedores de periódicos con el término que todavía hoy los identifica, a través de un sainete que tenía como protagonista a un chico que voceaba diarios por la calle.
La primera vez que en el país se escuchó a un canillita pregonar fue el 1 de enero de 1898. “Compre La República”, “La República, a medio peso”, gritaban, con el asombro de los transeúntes que no estaban acostumbrados a ese formato de venta.
Quién era Florencio Sánchez, el hombre detrás de la fecha
Nació el 17 de enero de 1875 en Montevideo y, apenas cumplida la mayoría de edad, debió exiliarse primero en Brasil y después en la Argentina. El motivo: su participación en un intento fallido de derrocar al presidente colorado Juan Idiarte Borda.
Ya como refugiado político en Rosario, se empleó como secretario de redacción del diario La República. Lo despidieron por respaldar una huelga de gráficos. Lejos de quedarse de brazos cruzados, consiguió trabajo en Época, el diario de la competencia, y armó su venganza: publicó un sainete llamado “Gente honesta” en el que retrató sin filtro a su antiguo patrón, que terminó convertido en el hazmerreír de la ciudad.
El 2 de octubre de 1902 estrenó en Rosario “Canillitas” y poco después, en la Capital Federal, “M’ hijo el Dotor”. Ambos fueron éxitos rotundos.
El viaje final y la fecha que quedó en el calendario
Enfermo de tuberculosis, el 25 de septiembre de 1909 partió hacia Europa con una idea fija: conocer el Viejo Mundo antes de morir. “Quiero llenarme las retinas con el esplendor de las grandes capitales”, repetía. Llegó a verlas, pero el invierno del norte le jugó en contra y aceleró el desenlace.
Mientras viajaba en tren de Roma a París, tuvo que bajar de urgencia en Milán. Lo atendieron en el hospital Fate Bene Fratelli, donde murió el 7 de noviembre de 1910. Esa fecha, la de su muerte, es la que se eligió para recordar a los canillitas, los mismos que él inmortalizó con su sainete homónimo.