El día en que Salta abrió sus puertas a todos los que quisieran habitarla
Todos la imaginaban criolla y andina, pero Salta también fue levantada por manos llegadas del otro lado del océano. Lo que esconden sus edificios, sus calles y sus apellidos.
Este 4 de septiembre, mientras la Argentina conmemora el Día del Inmigrante, Salta se detiene a repasar una historia que pocas veces se cuenta con todas sus letras: la de una provincia que, pese a su fuerte raíz criolla y andina, también fue moldeada por manos llegadas de muy lejos. Detrás de cada apellido extranjero hay un viaje, una valija y una decisión que cambió el rumbo de una ciudad entera.
Un decreto que abrió fronteras
Todo empezó mucho antes de que los barcos atracaran en Buenos Aires. Un día como hoy, pero de 1812, el Primer Triunvirato firmó un decreto que prometía “protección inmediata a los individuos de todas las naciones y a sus familias que deseen fijar su domicilio en el territorio”. Aquella frase, casi olvidada, fue la llave que abrió las puertas del país. La Constitución de 1853, en su preámbulo, insistió con la idea: “todos los habitantes del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.
El llamado no cayó en el vacío. A fines del siglo XIX, Salta empezó a recibir a españoles, italianos, franceses, árabes, sirios y libaneses que desembarcaban en el puerto de Buenos Aires y después se lanzaban a un viaje interminable hacia el norte, buscando tierra para crecer.
Los números que cambiaron una ciudad
Las cifras de 1889 cuentan una parte de la historia: la provincia tenía unos 142.000 habitantes, de los cuales 2.835 eran europeos recién llegados. Puede parecer poco comparado con otras regiones, pero su impacto fue enorme. Esos inmigrantes trajeron mano de obra, oficios nuevos, técnicas de comercio y una forma distinta de mirar la vida urbana.
La arquitectura salteña, sobre todo entre 1880 y 1930, quedó marcada por la influencia italiana. Edificios, iglesias y casas adoptaron estilos que le cambiaron la cara a una ciudad que hasta entonces era puro sello colonial. La iglesia San Francisco, La Viña, La Merced y otros rincones históricos conservan la huella de aquellos arquitectos y constructores europeos que decidieron quedarse.
Investigadoras como Fulvia Gabriela Lisi y Alicia Tissera de Molina documentaron ese legado en trabajos como “Itinerarios de la memoria: la permanencia de los italianos en Salta”, presentado en el Primer Congreso Internacional “La cultura de la cultura en el Mercosur”. También hay registros en publicaciones como el Portal de Salta y Edi Salta.
La bicicleta que llegó de Italia y el primer colectivo
La inmigración no solo se nota en los edificios. También se metió en las calles y en las costumbres. Cuentan los historiadores que Antonio Ravizza, un italiano, trajo la primera bicicleta a Salta en 1891. El invento causó sensación y, con los años, impulsó el surgimiento de los primeros espacios dedicados al ciclismo.
Otra historia curiosa es la de Fermín Delclaux, un francés que, junto al argentino Ramón Barbarán, logró en 1910 que llegara a la ciudad el primer colectivo de pasajeros. Un hito que hoy parece lejano, pero que en su momento fue una revolución.
Los árabes, sirios y libaneses también dejaron su marca. Arribaron entre fines del siglo XIX y principios del XX, muchos empezaron como vendedores ambulantes y con el tiempo montaron comercios en distintos puntos de la provincia.
Historias de sacrificio que siguen vivas
Detrás de cada apellido extranjero hay una historia de sacrificio. Hombres y mujeres que llegaron con poco más que una valija, huyendo de crisis económicas, guerras o falta de oportunidades. Enfrentaron viajes agotadores, trabajos duros e incluso episodios de discriminación, pero lograron echar raíces y sumar sus tradiciones a una sociedad que recién empezaba a formarse.
Esa herencia se respira en las recetas familiares que pasan de generación en generación, en los edificios que forman parte del paisaje, en los apellidos que hoy suenan tan salteños como cualquier otro y en costumbres que ya no se distinguen de las locales.
Las olas migratorias nunca se detuvieron
Hoy, Salta no es la misma de 1889. En la ciudad conviven más de 42 comunidades extranjeras, y el flujo no se cortó: al aporte histórico de los bolivianos se sumaron argelinos, uruguayos, venezolanos, colombianos, ecuatorianos, japoneses, chinos y franceses, entre otros.
Las corrientes migratorias cambiaron de forma, pero siguen construyendo la sociedad argentina del siglo XXI. En un mundo donde los discursos de odio parecen ganar terreno, recordar el Día del Inmigrante es defender lo que somos: una mezcla viva de pueblos y costumbres. Una celebración que reafirma la idea de que nadie sobra, de que todos tenemos un lugar en esta tierra que, como dice la Constitución, está abierta a quienes quieran habitarla.