El día que Egipto creyó que era un desfile y terminó con un presidente muerto a balazos
¿Qué llevó a cinco hombres armados a saltar de un camión en pleno desfile y disparar contra el presidente egipcio? La respuesta que dieron los propios asesinos y el dato que nadie vio venir.
El 6 de octubre de 1981, Anwar el-Sadat, uno de los líderes más custodiados del mundo, cayó bajo una lluvia de balas en pleno desfile militar en El Cairo. Sus asesinos confesaron por qué lo hicieron.
Ocho guardaespaldas personales y cuatro anillos de seguridad rodeaban el palco principal. El presidente egipcio Anwar el-Sadat sabía que tenía enemigos poderosos: sus decisiones de los últimos años habían enfurecido a los extremistas musulmanes. Pero aquel 6 de octubre de 1981, hace 45 años, parecía un día de tregua. Se conmemoraba el octavo aniversario de la Guerra de Yom Kipur con un gran desfile militar en El Cairo.
Tropas marchando, carros de combate, tanques, camiones y unidades especiales desfilaban frente al palco presidencial. Allí estaban sentados el propio Sadat, el vicepresidente Hosni Mubarak, ministros, legisladores, líderes religiosos, embajadores extranjeros y algunos militares norteamericanos. Más de 100.000 egipcios observaban como espectadores.
Unos paracaidistas se lanzaron desde el aire y cayeron con precisión en la marca asignada. La multitud los ovacionó. Caminaron hacia el palco, se pararon frente al presidente y lo saludaron con respeto.
La señal en el cielo
De pronto, una flota de aviones Mirage 5 atravesó el cielo. Todos levantaron la cabeza para verlos pasar, para apreciar esa danza aérea. Fue la señal esperada, la distracción que necesitaban los atacantes. Cuando público y autoridades volvieron a mirar el terreno, vieron que de un camión militar que pasaba justo frente al palco saltaban cinco hombres.
El presidente egipcio se puso de pie, convencido de que se trataba de otra coreografía en su honor, una muestra de respeto. Cuando se aprestaba a hacer el saludo marcial, se escuchó una detonación. Uno de los hombres lanzó una granada hacia el palco. Después vinieron otros dos lanzamientos, pero las granadas no explotaron. No importó: una tormenta de balas. Vaciaron los cargadores de sus AK-47. El objetivo principal era Anwar el-Sadat, que recibió múltiples impactos.
También fueron alcanzadas decenas de personas que estaban junto a él. Los disparos se dirigían hacia todos lados para disuadir o impedir una posible respuesta. En el palco había centenares de personas tiradas en el suelo. Algunos habían caído por los proyectiles; otros se habían echado cuerpo a tierra intentando salvar su vida. Sangre, gritos, corridas. Las balas no se detenían. Ahora también disparaban otros soldados que habían quedado en el camión.
El líder del ataque, el primero que saltó del camión y el que inició el fuego contra el presidente, eufórico y con la voz deformada por el odio, gritaba: “¡Maté al faraón!”.
El contraataque que llegó tarde
Parecía increíble, pero no había respuesta al ataque pese a estar rodeados de gran parte del ejército egipcio y de su arsenal. El factor sorpresa. Un minuto después comenzó el contraataque. Una figura espectral con uniforme militar y varias condecoraciones colgando de la solapa, totalmente ensangrentado, se puso de pie y comenzó a dar órdenes a las tropas oficiales para que respondieran: era el ministro de Defensa, alcanzado por uno de los proyectiles. Uno de los atacantes murió y los otros cuatro fueron heridos y detenidos.
Ya era tarde. El traje de Anwar el-Sadat se había teñido de rojo. En andas, lo sacaron acostado y agonizante del palco y lo subieron a un auto que, custodiado por varios vehículos por delante y por detrás, salió raudo hacia el hospital más cercano. La caravana atravesó frenética la capital con la ilusión de salvar la vida del presidente. Una docena de médicos lo recibió en el quirófano, pero había poco que hacer. Las balas habían hecho su trabajo. Dos horas después se declaró la muerte del presidente egipcio.
Hubo diez muertos en el palco. Un obispo copto, jefes del ejército, el embajador cubano en El Cairo, algún ministro, militares extranjeros. Y más de treinta heridos, entre ellos Hosni Mubarak, el vicepresidente. Eso agregaba una nueva incertidumbre: si no sobrevivía, ¿quién sucedería a Sadat? Interinamente, para evitar la sensación de debilidad y acefalía, asumió Sufi Abu Taleb, uno de los líderes del nuevo parlamento, que ocupó la presidencia provisoria durante ocho días.
En las tribunas, el pánico provocó corridas y avalanchas. Decenas de espectadores murieron aplastados y otros fueron atropellados por carros de combate que trataban de llegar al lugar de los ataques. El desconcierto, el dolor y el pánico se instalaron en El Cairo durante un buen tiempo.
El silencio que lo confirmó todo
La noticia de la muerte de Sadat corrió rápido por el mundo. Las principales agencias de noticias la difundieron a las tres horas del ataque. En Egipto la confirmación tardó bastante más. Hasta que los canales de televisión y las radios suspendieron las noticias sobre los hechos y comenzaron a pasar recitados de versículos del Corán de manera continua. En ese momento los egipcios comprendieron lo que había sucedido.
No hubo que investigar demasiado sobre los autores. La mayoría de los habitantes egipcios y buena parte de los analistas internacionales supieron de inmediato que se trataba de un atentado de la Yihad Islámica de Egipto. En otras ciudades del país hubo levantamientos militares que fueron sofocados con esfuerzo por las fuerzas oficialistas.
El jefe de la operación fue Khalid al-Islambuli, un oficial del ejército egipcio que encontró en el desfile el momento ideal para llevar a cabo su viejo plan de liquidar al presidente. Lo increíble es que la unidad que comandaba no era parte de la nómina original de la celebración: otra brigada se vio imposibilitada de participar y fueron llamados él y sus hombres para ocupar ese lugar.
El que fue señalado como ideólogo del magnicidio fue Abdessalam Farrag, apresado a las pocas horas. Una serie de arrestos en todo el país sembró el terror. El herido Hosni Mubarak reemplazó en el poder a Sadat; ocho días después pasó del hospital al palacio presidencial. Gobernó con mano firme, descabezó a todos los opositores y se convirtió en un dictador que recién cayó con los alzamientos de la Primavera Egipcia en 2011.
Por qué lo mataron
Los asesinos declararon que habían matado al presidente debido a los Acuerdos de Camp David de 1977, que bajo la tutela de Jimmy Carter habían firmado Sadat y el presidente israelí Beguin para resolver acuerdos limítrofes, finalizar la guerra y negociar la paz. Los extremistas egipcios lo vieron como una traición, como una enorme humillación nacional. Sadat y Beguin, a raíz de ese acuerdo, ganaron el Premio Nobel de la Paz en 1978.
El primer paso público fue una visita de Sadat a Israel. Era la primera vez que un mandatario del mundo árabe visitaba Israel, con el agravante de que formalmente las dos naciones todavía se encontraban en guerra. Luego llegó Camp David. Otros jerarcas árabes criticaron a Sadat; la Liga Árabe, que tenía sede en El Cairo, decidió mudarse y expulsar a Egipto. El libio Gadafi se convirtió en líder de la región.
En esos años, Egipto se alineó con Estados Unidos y repudió a los soviéticos. Se alineó con claridad en uno de los bandos de la Guerra Fría.
Sucesor de un hombre fuerte como Nasser, en el plano interno Sadat democratizó el país. Estableció un sistema legislativo bicameral y creó diversos institutos democráticos usuales en los países europeos, pero poco frecuentes en esas tierras. Lo hizo luego de convencer a su población y de ganar un plebiscito con más del 94% de los votos y un altísimo porcentaje de participación.
Pero los pocos que se oponían comenzaron a conspirar contra él y contra la modernización del país. Hubo varios intentos de golpe de Estado. El gobierno egipcio ordenó detenciones masivas y casi todo el arco opositor fue encarcelado luego de que se estableciera el estado de excepción en el país, una especie de estado de sitio muy riguroso que hizo retroceder las libertades civiles y políticas con la excusa del estado de conmoción interior.
El atentado sorprendió, también, por este motivo. Creían que los principales focos de insurrección y de oposición habían sido controlados con estos miles de arrestos. Pero dentro del ejército egipcio crecía el malestar entre un grupo de fundamentalistas que esperaban su momento para actuar.
También creían que el cerco de seguridad que había crecido alrededor de Sadat para protegerlo era invulnerable. Nadie imaginó que cinco hombres armados quedarían parados frente a él a decenas de metros de distancia sin ninguna oposición.
Condenas y ejecuciones
23 militares y civiles apuntados como cómplices o partícipes necesarios de la conspiración fueron condenados a largas penas de prisión; la gran mayoría recibió cadena perpetua y la accesoria de trabajos forzados.
Seis meses y un día después de la muerte de Anwar el-Sadat fueron ejecutados cinco hombres luego de ser sometidos a una corte marcial pública. Los cuatro atacantes directos sobrevivientes y Abdessalam Farrag como autor intelectual. Los tres civiles fueron ahorcados. Khalid al-Islambuli, por ser teniente, y un coronel fueron sometidos a un pelotón de fusilamiento. Como eran militares, fueron ejecutados por sus compañeros de armas.
El magnicidio parece un hábito familiar en la familia Islambuli. En 1995, su hermano menor atacó al entonces presidente egipcio, Hosni Mubarak. Junto a un grupo comando, emboscaron el auto y dispararon contra él. El vehículo blindado resistió y Mubarak volvió a salir vivo de un intento de asesinato por parte de la familia Islambuli.
Pocos meses después del asesinato de Anwar el-Sadat, Irán rebautizó una de las calles principales de Teherán con el nombre de Khalid al-Islambuli. Durante los años siguientes, muchos grupos extremistas islámicos a lo largo de Medio Oriente fueron bautizados con el nombre del exmilitar egipcio que atacó a Sadat.
Los terroristas islámicos consideran como un mártir a Khalid al-Islambuli.
El intento de Sadat de pacificar Medio Oriente sucumbió con aquel ataque al palco presidencial que hoy cumple 45 años.