El día que la Selección volvió a teñir de azul las calles de Paraná
22 mil personas en la Plaza 1° de Mayo, banderas, birra y un gol que unió dos épocas. Paraná se rindió a los pies de la Selección en un Mundial que no fue final, pero debió serlo. ¿Te lo vas a perder?
La rutina se pintó de celeste y blanco, y Paraná vibró al ritmo del Mundial. La plaza se llenó de gente, la camiseta fue bandera y el fútbol volvió a ser ese ritual que une generaciones. No era la final, pero debió serlo.
Julio de 2026, invierno en el hemisferio sur. Lionel Messi, con 39 años, le tiró un derechazo a Lautaro Martínez para que este, de cabeza, dejara afuera a Inglaterra en las semifinales del Mundial. Un eco del 86, cuando Diego Maradona hizo lo mismo en el Estadio Azteca. Dos historias que se fundieron en un solo grito: “Quiero robarle un gol al ladrón, como el Diego y el Narigón”.
Paraná vivió el éxtasis. Se estima que 22 mil personas se congregaron en la Plaza 1° de Mayo para seguir el partido. La ciudad cobró vida con ritmo de hinchada, con banderas que flameaban y cachetes pintados de celeste y blanco. La pantalla gigante fue el púlpito, la birra el agua bendita, y las barritas de colores el incienso de esta religión pagana.
Una peregrinación cada cuatro años
El fútbol no es una religión, pero la Selección es una estampita a la que se le reza. Como a la Difunta Correa o al Gauchito Gil, los hinchas hicieron promesas y cumplieron cábalas. Hubo misas a la siesta y a la noche, y el corazón buscó su lugar a través de 19 goles y varias remontadas.
El camino hasta las semifinales fue una odisea: Argelia, Austria, Jordania, Cabo Verde, Suiza, Egipto e Inglaterra. Cada partido fue una celebración que fue creciendo hasta el desahogo del triunfo ante los ingleses. La final estuvo cerca, muy cerca.
Messi, ese pibe de 39 con el 10 en la espalda, iluminó un país entero. ¿A qué altar pagano hay que ir a agradecer? Merece la canonización.