El día que Martina despertó con otro cuerpo: la tucumana que se animó a contar todo
¿Qué se siente despertar con otro cuerpo? Martina Bellucci, de Tafí Viejo, revela los detalles más íntimos de su reasignación de sexo: la operación, las dilataciones y el placer que encontró después.
Martina Bellucci, una joven de Tafí Viejo, Tucumán, decidió contar sin filtros cómo fue su proceso de reasignación de sexo. Desde los detalles más íntimos del quirófano hasta las secuelas que nadie menciona, su testimonio rompe mitos y revela una realidad que pocas personas trans se animan a compartir con tanta honestidad.
Una cirugía de siete horas que empieza con un ayuno riguroso
El día previo a la operación, Martina no podía comer nada después de las seis de la tarde. Los laxantes y las idas constantes al baño eran parte del protocolo para dejar el colon vacío. "Transparente, literal", describe ella, porque cualquier contaminación en esa zona sería un riesgo grave.
La intervención, que duró entre siete y ocho horas, comenzó con la anestesia general. Al despertar, Martina estaba en la cama con las piernas abiertas, sin sentir dolor gracias a la morfina. Pero lo que encontró dentro de su cuerpo la sorprendió: un preservativo relleno de algodón con forma fálica, colocado para mantener abierta la nueva cavidad mientras sanaba.
"Tener eso adentro todo el tiempo te da ganas de ir al baño, porque está haciendo presión en los intestinos", explicó a Infobae. Esa presión constante fue una de las sensaciones más incómodas de los cinco días que pasó internada, sin poder incorporarse y con una sonda urinaria. La tercera noche fue la peor, confesó.
El alta llegó recién cuando pudo orinar por sus propios medios, confirmando que la uretra reubicada funcionaba. "El postoperatorio es feo, no es lindo. Es una cirugía mayor", admitió, citando incluso las palabras de su propio cirujano.
Reconstrucción, no amputación: el mito que hay que derribar
Uno de los mayores malentendidos sobre esta cirugía es que se trata de una amputación. Martina lo desmiente con claridad: "La gente piensa que es como que te cortan y ya está. Yo me quedé con lo que tenía".
La vaginoplastia utiliza el tejido existente para construir la nueva anatomía. Los testículos se retiran porque no tienen función, pero el resto se redistribuye: "Con los mismos tejidos hacen la vagina. Lo demás se usa para hacer los labios mayores, menores, el clítoris, la uretra", detalló.
El clítoris se forma a partir del glande del pene, conservando la sensibilidad. "El clítoris de la mujer es como un micropene", explicó, y aclaró que la uretra también se reposiciona para integrar la función urinaria.
Sin embargo, la cirugía no está exenta de riesgos. El cirujano le advirtió sobre la necrosis, la muerte del tejido trasplantado, una complicación que puede afectar al clítoris. Por eso, Martina insiste en que "el urólogo sabe todo lo que es el aparato reproductor. No pueden ir a hacerse esta cirugía con un médico que hace cirugía plástica".
Dilataciones de por vida: la rutina que nadie cuenta
Cuando Martina volvió a casa, comenzó "lo peor" del proceso: las dilataciones. Para evitar que la cavidad vaginal se cierre, debía introducir dilatadores de acrílico de distintos tamaños, cuatro veces al día durante los primeros seis o siete meses.
"Tenés que introducirlo, hacer presión hacia el final. Después tenés que hacer unos movimientos tipo aguja del reloj", describió, gesticulando con las manos. Al principio, un gel con lidocaína aliviaba las molestias, pero la sensación no era placentera: "Es un coso frío, de acrílico, sin forma, blanco. No se disfruta".
La dilatación es de por vida, aunque la frecuencia disminuye. A partir del tercer o cuarto mes, las relaciones sexuales ayudan a mantener la cavidad, y Martina hoy solo necesita una dilatación cada dos semanas.
La primera vez que se vio al espejo, la imagen no fue lo que esperaba. "Cuando el cirujano me la mostró por primera vez, lo miré y me dijo: 'Tranquila, esto no va a quedar así'. Eran como dos patys pegados, una cosa fea", recordó. Pero con el tiempo, "semana a semana se iba viendo más linda". Hoy, asegura, "disfruto mucho de mi cuerpo. De todo lo que me hice, es la mejor".
Sexo después de la operación: nervios, confianza y placer
Los médicos habilitan las relaciones sexuales a partir del tercer o cuarto mes, pero Martina esperó seis. "La primera vez no fue muy linda. Estaba nerviosa. Era una sensación nueva", admitió. Sin embargo, con el tiempo y la confianza, todo cambió: "Hoy en día tengo relaciones y las disfruto al cien por cien, porque ya estoy canchera. Como que ya la dominás".
La ausencia de testículos tiene consecuencias orgánicas. El cuerpo deja de producir testosterona, lo que puede llevar a la descalcificación ósea, similar a la menopausia. "Imaginate que un cuerpo que está acostumbrado a generar testosterona biológicamente es como que lo puede golpear un poquitito más", explicó. La solución es el monitoreo periódico, "como cualquier persona debería hacer".
De Tafí Viejo a Buenos Aires: una historia de identidad y superación
Martina nació en Tafí Viejo, una ciudad de unos 70.000 habitantes, donde creció con su madre, dos hermanas y un hermano mayor. Su padre falleció cuando ella tenía 12 años. Desde pequeña, su identidad femenina estuvo presente: "Ponerme ropa de mis hermanas o simular que tenía pelo largo con trapos en la cabeza".
En la adolescencia, ocultó su identidad "más que nada para que los demás no preguntaran". A los 18, comenzó el tratamiento hormonal en Tucumán. Su madre, que al principio no estaba de acuerdo, terminó comprándole las hormonas. El punto de inflexión fue una noche en que le negaron la entrada a un boliche por vestirse de mujer.
Su familia reaccionó de diversas maneras. Su hermano mayor fue uno de los primeros en apoyarla: "Hay que apoyarla, es nuestra familia". Su tía paterna, en cambio, le dijo: "Te acepto como sos, pero no me pidas plata para cirugías". Su sobrino Liam, de solo unos años, lo entendió con una simpleza asombrosa: "Ah, bueno, porque es una chica ahora".
A los 21, Martina se mudó a Buenos Aires después de conocer por Instagram a un hombre de 42 años. Él le pagó el pasaje, sabía todo sobre su identidad y la acompañó en cada cirugía. Se casaron y estuvieron juntos seis años, pero se separaron después de la operación de reasignación. Hoy son amigos.
La decisión de operarse: información, dinero y trabajo sexual
Martina siempre supo que quería operarse. Pero reconoce que muchas mujeres trans no lo hacen por tres razones: la falta de información real, los recursos económicos (su operación costó USD 20.000) y el mercado del trabajo sexual. "Si te lanzás a la prostitución como mujer trans con pene, vas a facturar con eso. Si te operás, capaz que no trabajás igual", explicó.
La reasignación de sexo fue la última de una serie de cirugías. Antes se hizo implantes mamarios, glúteos, rinoplastia y feminización facial, que incluyó frente, mentón, mandíbula y órbitas oculares. "Te abren de oreja a oreja, te bajan todo y te liman los huesos", describió. El resultado incluye tornillos en la frente y la mandíbula.
También se hizo un lifting de labios y está considerando un relleno labial "algo sutil".
Trabajo, OnlyFans y la tentación del trabajo sexual
Hoy, Martina trabaja en una oficina en Buenos Aires, pero sueña con tener su propia marca de ropa. Hace tres meses abrió una cuenta de OnlyFans, aunque reconoce que no le dedica el tiempo necesario. La tentación del trabajo sexual como escort sigue presente: "Esa tentación siempre estuvo. Ofrecen mucha plata", confesó. Sin embargo, hasta ahora eligió otro camino.
Sobre sus amigas escorts, dijo: "Me dicen que no pueden tener relaciones con hombres sin que haya dinero de por medio". Pero ella cree que puede separar el trabajo de lo personal.
Mirando hacia atrás, Martina recuerda la foto de antes de operarse: "No me sentía cómoda con ese cuerpo". La cirugía cerró esa brecha entre su cuerpo y su identidad, aunque no sin dolor ni sacrificio. Pero ahora, asegura, "no hay nada más hermoso que ser lo que uno quiere ser, siente ser y no caretearla".