El día que Tucumán tuvo su primera capital: cómo era Ibatín puertas adentro

Hubo un tiempo en que la capital tucumana no estaba donde hoy la conocemos. Durante 120 años, la ciudad funcionó en un paraje llamado Ibatín, con calles de tierra, una empalizada y un comercio que abastecía de carretas a medio virreinato. ¿Qué pasó para que la abandonaran?

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El día que Tucumán tuvo su primera capital: cómo era Ibatín puertas adentro
El día que Tucumán tuvo su primera capital: cómo era Ibatín puertas adentro

El 31 de mayo de 1565, Diego de Villarroel tomó juramento a los primeros alcaldes y regidores de una ciudad que hoy casi nadie recuerda: San Miguel de Tucumán, fundada en el paraje de Ibatín, a orillas del río que baja de la quebrada. Allí vivió la ciudad durante 120 años, antes de mudarse a su ubicación actual. ¿Cómo era ese asentamiento?

Un nombre con origen en la tierra

Ibatín o Ebatín proviene de la voz tonocoté eatym, que según el Tonocoté de Machoni significa chacra o sementera de maíz. Para los pueblos originarios era tierra labrada; para los españoles, tierra de panllevar, próspera, una verdadera tierra de promisión.

El trazado urbano seguía el clásico damero español: un cuadrado con siete manzanas de cada lado, es decir, cuarenta y nueve manzanas con la plaza en el centro. Al principio no era más que una aldea fortificada, con unos pocos ranchos de paja rodeados por una empalizada. Las calles medían doce varas de ancho (10,40 metros) y las manzanas, ciento sesenta y seis varas de largo (143,75 metros).

Los edificios principales

Entre las construcciones se destacaban el Cabildo, que incluía una cárcel y un cuartel, la iglesia Matriz, y los templos de jesuitas, mercedarios y franciscanos. También existía la ermita de San Judas Tadeo y San Simón, destruida por la inundación de 1678; sus imágenes se conservan en la Catedral de San Miguel de Tucumán. Cada manzana se dividía en cuatro solares grandes, lo que dejaba en el centro un espacio verde formado por los fondos no edificados de las viviendas.

Una ubicación estratégica

La elección del sitio no fue casual. Respondía a la estrategia militar de Francisco de Aguirre, veterano conquistador con profundo conocimiento del terreno. Ibatín estaba en el corazón de la Gobernación del Tucumán, justo donde el camino de Lima al Río de la Plata dejaba la montaña para entrar en la llanura.

Era el mismo paraje donde antes habían estado El Barco I de Núñez del Prado y Cañete de Pérez de Zurita, aunque no necesariamente en el mismo punto exacto. Las tres ciudades se ubicaban cerca del pie de la cuesta que bajaba del valle del Tafí hacia los Valles Calchaquíes, una de las rutas posibles desde el Alto Perú.

Esa cuesta, llamada primero Quebrada del Calchaquí y después Quebrada del Portugués, baja de El Mollar hacia el sur. Fue el camino que usaron los diaguitas —y quizás los incas— para bajar de los Valles Calchaquíes a la selva en busca de carne y madera. Con el tiempo quedó abandonada, y hoy se llega a Tafí del Valle por la quebrada del río de los Sosa, mucho más al norte.

El profesor Teodoro Ricci, en Evolución de la ciudad de San Miguel de Tucumán, señala que esta ciudad fue un eslabón más de ese entramado, pero adquirió personalidad propia y un rol preponderante: fue la segunda población perdurable de la zona, después de Santiago del Estero.

Los límites naturales

La antigua ciudad limitaba al norte con el río Pueblo Viejo —también llamado de la Quebrada o del Tejar—, afluente del Balderrama. Al sur, a unos 7 kilómetros, con el Seco, afluente del Salí. Al oeste, con las primeras estribaciones del Aconquija, a poca distancia del actual caserío de Pueblo Viejo.

La fundación y los primeros años

La Gobernación de Tucumán, Juríes y Diaguitas había sido creada por real cédula de Felipe II el 29 de agosto de 1563, dependiente del virrey del Perú en gobierno y de la Audiencia de Charcas en justicia. El conde de Nieva, virrey del Perú, designó gobernador a Francisco de Aguirre. Este encomendó a Villarroel, mediante provisión del 10 de mayo de 1565, instalar un pueblo "en el campo que llama en lengua de los naturales Ibatín, ribera del río que sale de la quebrada".

El 31 de mayo de 1565, Diego de Villarroel tomó juramento como alcaldes ordinarios a Pedro de Villalba y Juan Núñez de Guevara, y como regidores a Antonio Berru, Diego de Saldaña, Bartolomé Hernández, Francisco Díaz Picón, Pedro Lorique y Diego de Vera.

Los números de la población fueron cambiando con los años. En 1607, según la relación de Alonso de Rivera, había treinta y dos vecinos españoles casados y unos mil cien indios en paz repartidos entre ellos, además de algunos mercaderes, criollos sueltos, pobres y holgazanes, y muchos mestizos de "la misma calidad". En 1618, una carta de Diego de Torres, provincial de la Compañía de Jesús, calculaba doce mil almas en la zona. Para 1671, los indios encomendados se habían reducido a dos mil. Y en 1680, el padre Altamirano estimaba en ciento cincuenta los vecinos españoles, gente tan pobre y decaída que no podía afrontar la mudanza.

Una ciudad pujante… hasta que el agua lo cambió todo

Durante 120 años, la antigua San Miguel de Tucumán fue una ciudad próspera gracias a la fertilidad de su suelo y a su ubicación sobre el camino de la Quebrada del Portugués, que unía Perú con el Río de la Plata pasando por los Valles Calchaquíes. En 1590, el padre Lizárraga decía que tenía mejores edificios que Santiago del Estero.

La vida comercial era intensa, sostenida por la producción agropecuaria y por industrias como la maderera, favorecida por los bosques de cedros y nogales. Esa madera se usaba sobre todo para construir carretas: la ciudad era la principal proveedora de ese vehículo en todo el virreinato. Los artesanos eran tan hábiles que, según era pública voz y fama, no usaban ningún elemento metálico, "ni un clavo", en su construcción.

Pero en 1678 ocurrió una inundación nunca antes vista. El agua arrasó las viviendas de la zona norte y destruyó la ermita de los santos Judas Tadeo y Simón. Al año siguiente la situación empeoró: el agua llegó a las manzanas vecinas a la plaza de armas y fue contenida por los fuertes muros de la iglesia jesuita, ubicada en diagonal con la esquina noroeste de la plaza. Igual destruyó las huertas y oficinas del convento de la Compañía.

Tras el desastre, se realizó un cabildo abierto para buscar soluciones. Surgieron dos propuestas: una, limpiar el cauce del río para evitar futuros desbordes; la otra, más radical, proponía abandonar el lugar y trasladarse a 64 kilómetros al norte, a un sitio conocido como La Toma, donde ya se había formado un asentamiento espontáneo de tratantes y mercaderes que iban al Perú por el Camino Real. Esta segunda opción obtuvo la mayoría de los votos.

Las razones para mudarse no eran solo las inundaciones. El ambiente era poco salubre, el agua de mala calidad provocaba enfermedades —era endémico el hipotiroidismo por déficit de yodo, que causaba el bocio o "coto"— y los mosquitos traían fiebres palúdicas. Todo eso marcó la decadencia de la ciudad y empujó al vecindario a gestionar el traslado, que se concretó tras un largo y discutido trámite.

Finalmente, en 1685, durante el gobierno de Fernando Mate de Luna, la ciudad fue trasladada a La Toma, su ubicación actual.

Las ruinas que aún duermen bajo tierra

Los restos de Ibatín están enterrados en las 100 hectáreas que la Intervención Federal de la Provincia expropió en 1944 para preservarlas como reliquia histórica. Esas tierras formaban parte de la estancia La Florida, propiedad del Dr. José Ignacio Aráoz.

Las primeras excavaciones se hicieron en 1965, dirigidas por el arquitecto José Moukarzel y asesoradas por el Dr. Lizondo Borda, director del Archivo Histórico Provincial. En el terreno actuó como delegada Amalia J. Gramajo de Martínez Moreno. Así salieron a la luz utensilios y cimientos de piedra de edificaciones como el Cabildo, la Iglesia Matriz, la iglesia y colegio de los jesuitas, la iglesia mercedaria y la franciscana, en las manzanas que rodeaban la antigua Plaza Mayor.

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