El día que un alemán prometió un paraíso en la selva misionera y todo salió distinto

Un colonizador prometió un paraíso en plena selva misionera. Los inmigrantes que llegaron a Puerto Viejo se encontraron con otra cosa muy distinta. Lo que pasó después cambió la historia de Misiones.

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El día que un alemán prometió un paraíso en la selva misionera y todo salió distinto
El día que un alemán prometió un paraíso en la selva misionera y todo salió distinto

La selva misionera era un mar verde sin caminos. Sin embargo, un hombre se animó a imaginar una ciudad en medio de la nada. Se llamaba Adolfo Schwelm y, según confió años después en Londres, no lo movía la fe en su propio poder sino "la belleza y soledad de la naturaleza, que parecía estar llamando por alguna clase de actividad".

Eldorado, una de las localidades más pujantes de Misiones, cumple 107 años. Su historia arranca mucho antes de la fundación, cuando estas tierras estaban habitadas por guaraníes y su nombre ya circulaba en una leyenda de conquistadores: una comarca repleta de tesoros y riquezas.

De la leyenda a la ley

En 1876, el presidente Nicolás Avellaneda promulgó la Ley de Inmigración y Colonización. Mientras tanto, Schwelm iniciaba su campaña en una Alemania de posguerra, empobrecida y en busca de paz. El 29 de septiembre de 1919 fundó oficialmente la ciudad.

El gobierno argentino garantizaba a los colonos libertad cultural y económica, además de cooperación constante. Schwelm, por su parte, armó comisiones para construir escuelas, iglesias, puentes y rutas. Para 1932, Eldorado ya tenía cerca de 7.000 habitantes de origen europeo, en su mayoría alemanes, respaldados por la Compañía de Colonización y Explotación de Bosques, del Banco Tornquist y Compañía.

La ciudad adoptó el sistema lineal o Waldhufendorf, transversal al río Paraná. Hoy la avenida San Martín es su eje urbano longitudinal.

Una promesa que chocó con la realidad

Los agentes de Schwelm recibían a los inmigrantes en Buenos Aires y les ofrecían tierras. Los trasladaban en tren a Posadas y luego en barco por el Paraná. Muchos hicieron el viaje en el mismo Cuñataí en el que Schwelm había llegado tiempo atrás. Traían herramientas, vajillas, instrumentos musicales, ropa, libros y una Biblia. La mayoría venía con familia y esperanzas.

Schwelm solía salir a recibirlos en su yate. Pero al llegar a Puerto Viejo, la desilusión golpeaba: Eldorado no era el paraíso imaginado. Solo se veían las barrancas, la radio estación, la residencia de Schwelm, la administración, un parque y, más allá, selva virgen.

Algunos se volvieron pronto. Otros, con todo su dinero invertido y una Europa en ruinas a sus espaldas, no tuvieron opción. Trabajaron con tenacidad para vencer la selva, el clima tropical y los insectos. Las familias se alojaban en el Hotel de Inmigrantes mientras los hombres iban a ver o elegir sus tierras.

Schwelm intentó agrupar a los colonos por nacionalidad, dando origen a las distintas picadas. Pero las dificultades del idioma y del entorno no impidieron que se tejieran lazos de amistad y ayuda mutua, sin distinción de origen.

El despegue

Diez años después de la fundación, la ciudad ya tenía parques, negocios prósperos, chacras ejemplares, centros de recreación, escuelas —algunas bilingües—, un pequeño hospital y clubes que reunían a gringos y criollos en fiestas y asados. El citrus, el tung y la yerba mate se convirtieron en el sustento de muchísimas familias, y Eldorado prácticamente se autoabastecía.

Para 1925 ya había puentes, caminos, una iglesia católica y otra protestante, una escuela alemana, una comisaría y los beneficios de una sociedad moderna. En la década del 60 llegó el apodo que la define: "Capital del Trabajo". Hoy es la referente más importante del Alto Paraná misionero.

(Texto editado a partir del libro "Historia de Eldorado", de Antonia Rizzo)

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