El día que un cometa lo cambió todo: la historia del kitesurf en Mendoza

Lo que empezó como una rareza de unos pocos mendocinos hoy tiene escuelas, instructores y cientos de practicantes. Dos referentes cuentan cómo se aprende y quiénes pueden animarse: hay un dato que muchos no esperan.

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El día que un cometa lo cambió todo: la historia del kitesurf en Mendoza
El día que un cometa lo cambió todo: la historia del kitesurf en Mendoza

El kitesurf pasó de ser una rareza que apenas reunía a un puñado de mendocinos a convertirse en una actividad con escuelas, instructores y cientos de practicantes. Leo Verdini y Victoria Izquierdo, dos de los referentes locales, contaron en Mendoza Deportiva cómo llegaron a un deporte que combina agua, viento y aventura.

Hace no muchos años, los kitesurfistas mendocinos se contaban con los dedos de una mano. Hoy, los cometas que se elevan sobre el Dique Potrerillos y otros puntos de la provincia son parte de un paisaje que ya no sorprende. La actividad creció, sumó escuelas y formó una comunidad que no para de expandirse.

Leo Verdini y Victoria Izquierdo fueron entrevistados en Mendoza Deportiva, el programa de Multiplataforma 617 que conduce Daniel Yúdica. Ambos relataron sus inicios y explicaron cómo se aprende una disciplina que exige equilibrio, lectura del viento y una buena dosis de audacia.

De “bichos raros” a comunidad

Verdini practica kitesurf desde hace unos 15 años. Su primer contacto fue en 2007, durante unas vacaciones en Pinamar. Ya tenía experiencia en deportes acuáticos: wakeboard en El Carrizal, una década compitiendo en jet ski a nivel nacional y también es instructor de snowboard. Pero ver a alguien entrar y salir de la rompiente con una tabla y un cometa elevado a varios metros lo terminó de convencer.

“Agua, viento, tabla, eso es para mí”, recordó que pensó en ese momento.

Recién en 2010 empezó a aprender, de la mano de Oski Nievas, uno de los primeros instructores de la actividad en Mendoza. Parte de su formación la hizo en la provincia y otra en Cuesta del Viento, San Juan.

Cuando Verdini evoca aquellos años, la diferencia con el presente es abismal. “Éramos unos bichos raros”, resumió entre risas. En ese entonces, apenas cinco u ocho personas practicaban kitesurf en Mendoza. Lo que antes llamaba la atención como una práctica excéntrica hoy tiene instructores, escuelas y una comunidad en crecimiento.

Del automovilismo al agua

La historia de Victoria Izquierdo es distinta, aunque comparte un punto con la de Verdini: la búsqueda de una actividad que combinara movimiento y contacto con el entorno. Ella venía de las carreras de autos y no tenía un vínculo fuerte con los deportes acuáticos. Fue durante una estadía en Brasil cuando empezó a buscar una disciplina que uniera agua y viento. El kitesurf apareció entre las opciones y se quedó con ella.

Su primer curso lo hizo en Potrerillos junto a una compañera, otra vez con Oski Nievas como instructor. Desde entonces, el deporte se volvió un camino sin retorno y, con el tiempo, también una profesión. Izquierdo decidió ser instructora porque encontró en la enseñanza una forma diferente de vivir la actividad. La describe como una práctica que conecta con el viento, con el agua y con uno mismo, y eso es lo que busca transmitir a quienes se acercan a aprender.

¿Quiénes pueden practicarlo?

Durante la entrevista surgió una pregunta habitual: ¿hace falta una gran preparación física? La respuesta de Izquierdo fue amplia. Se puede empezar desde los 8 años, y ha tenido alumnos adolescentes y adultos de 65. La edad no es una barrera, y tampoco lo es no tener antecedentes en deportes acuáticos. La propia Izquierdo llegó desde el automovilismo.

Verdini agregó un dato que puede sorprender: incluso alguien que no sabe nadar puede iniciarse, aunque el proceso lleve más tiempo. Los instructores utilizan chalecos de flotación y otros elementos de seguridad, sobre todo en las primeras etapas.

El primer paso puede ser en tierra

Aprender kitesurf no significa lanzarse al agua de inmediato. Verdini explicó que se puede comenzar en tierra con un trainer, un cometa más pequeño que permite familiarizarse con el equipo y, sobre todo, aprender a interpretar el viento. Su propio hijo, Bastiano, ya tiene contacto con esta modalidad desde muy chico. La idea es entender la fuerza del viento y el control del cometa antes de pasar al agua. Para quienes ven el deporte desde afuera y lo asocian solo con saltos y velocidad, esa etapa inicial revela que detrás de cada maniobra hay un aprendizaje técnico.

También sobre la nieve

El kitesurf no está limitado al agua. En Mendoza también se practica snowkite, una variante que traslada el mismo principio a la nieve. Verdini destacó el sector de Real del Pehuenche, en Malargüe, como uno de los lugares ideales. Allí se puede usar una tabla de snowboard y un cometa para desplazarse, aunque también es posible utilizar esquíes. Semanas antes de la entrevista se había realizado en Las Loicas el Snowkite Fest, un encuentro nacional de esta disciplina. La combinación permite que Mendoza tenga una particularidad: los conocimientos sobre el viento se trasladan del agua a la nieve.

Qué se necesita para arrancar

El equipamiento puede parecer complejo para un principiante. Verdini detalló que incluye botitas y traje de neoprene, un arnés de cintura conectado al cometa, chaleco de impacto o flotación y, para los alumnos, casco y anteojos. El elemento central es el cometa, que funciona como medio de propulsión y navegación. El deportista lo controla mediante una barra conectada por cuatro líneas. Verdini la comparó con un manubrio, porque permite dirigir y controlar la fuerza del viento. La tabla completa el sistema y convierte al practicante en una pequeña embarcación impulsada por la naturaleza.

Detrás de la imagen colorida de los cometas que se ven desde la ruta hacia Potrerillos hay una disciplina que requiere aprendizaje, técnica, conocimiento del viento y elementos de seguridad. El kitesurf mendocino, que alguna vez reunió apenas a un puñado de pioneros, hoy tiene instructores, escuelas y nuevos alumnos. Las historias de Verdini y de Izquierdo muestran dos caminos distintos hacia una misma actividad que encontró en Mendoza un escenario natural para seguir creciendo.

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