El día que un gigante de más de dos metros caminaba con un hacha al hombro por Bowen
Sociedad · Mendoza

El día que un gigante de más de dos metros caminaba con un hacha al hombro por Bowen

En Bowen todavía lo recuerdan: un hombre de más de dos metros que caminaba con un hacha al hombro y se ganó el cariño de todo un pueblo. Su historia, rescatada del olvido, revela el gesto que lo convirtió en leyenda.

En General Alvear, el recuerdo de Juan Bautista Ávila, más conocido como Federico, sigue vivo entre los vecinos de Bowen. Un hombre que superaba los dos metros de estatura y que, detrás de su apariencia imponente, escondía un corazón enorme que lo convirtió en leyenda.

La historia de este personaje singular fue reconstruida por la página de Facebook Crónicas Departamentales, que rescató anécdotas y relatos de quienes lo conocieron en el distrito sureño.

Un nombre que nació en el aserradero

Federico vio la luz el 19 de abril de 1932. Sus padres lo bautizaron Juan Bautista, pero el destino le tenía preparado otro nombre. Mientras trabajaba en un aserradero, compartió jornadas con un peón llamado Federico, que lo trataba como un hermano y comenzó a llamarlo así. El apodo se le pegó para siempre.

Su contextura extraordinaria se debía a la acromegalia, un trastorno hormonal que provoca el crecimiento excesivo de algunas partes del cuerpo. Esa condición lo hizo inconfundible en las calles del pueblo.

Una infancia marcada por la pérdida

Cuando tenía apenas 12 años, su madre falleció de forma repentina. Juan Firmapaz, conocido como "Tongola", lo recibió en su casa y le dio un techo. Desde entonces, Federico se las ingenió para ganarse la vida: acompañó a don Nicolás Martínez en sus camiones, trabajó en el aserradero, realizó tareas rurales y descargó vagones del ferrocarril. Su fuerza física le permitía con las labores más pesadas, pero quienes lo recuerdan destacan sobre todo sus ganas de trabajar.

El afecto de un pueblo

La comunidad fue fundamental en su día a día. Gabriel Simón, el recordado "señor de las medias", lo ayudaba a administrar sus ahorros y le enseñaba a organizar sus ingresos. El zapatero Fouad Salman, el "Turco", se encargaba de conseguirle calzado especial, que debía mandarse a hacer en la ciudad de Mendoza por el tamaño de sus pies.

Su presencia era imposible de ignorar. Durante las siestas, los padres lo usaban como amenaza cariñosa para que los chicos volvieran a casa: "¡Ahí viene Federico!", les decían cuando lo veían aparecer. Él solía andar con un hacha al hombro después de sus tareas como leñador, vestido con bombachas de gaucho gastadas que le quedaban cortas, y con unos zapatos enormes que el desgaste convertía en chancletas improvisadas.

Pero detrás de ese aspecto intimidante había un hombre amable. Los chicos pronto perdían el miedo y se le acercaban para compartir un rato. Algunos hasta le ofrecían comida, y Federico respondía con una sonrisa. Disfrutaba de las comidas abundantes y, cada tanto, de una copa de vino de la zona.

El adiós y su legado

Federico murió el 2 de noviembre de 1970, a los 38 años. Las condiciones de salubridad en las que vivía no eran las adecuadas para su estado de salud, y una pulmonía doble terminó con su vida. Sus restos descansan en el cementerio de Bowen, donde todavía aparecen flores sobre su tumba, una señal del cariño que perdura.

Su nombre trascendió las anécdotas: hoy identifica a la Asociación Federico, una institución de Bowen que trabaja en la educación y contención de personas con discapacidad. A más de cinco décadas de su muerte, su figura sigue siendo parte de la identidad del distrito. Un gigante que dejó de ser recordado solo por su altura para convertirse en símbolo de bondad y afecto comunitario.

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