El día que un juez prohibió a Scorsese en Argentina y la Iglesia celebró en silencio

La Iglesia decía que daba libertad de conciencia a sus fieles. Horas después, un juez prohibía la película de Scorsese en Argentina. Lo que nadie vio venir fue lo que pasó después.

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El día que un juez prohibió a Scorsese en Argentina y la Iglesia celebró en silencio
El día que un juez prohibió a Scorsese en Argentina y la Iglesia celebró en silencio

La historia oficial dice que La Última Tentación de Cristo nunca llegó a las salas argentinas por una decisión judicial. Pero detrás del expediente hay una trama más incómoda: presiones eclesiásticas, un arzobispo que actuó en las sombras y una censura que la democracia no pudo desterrar.

Septiembre de 1996. El juez federal Edmundo Carbone, a cargo del Juzgado Civil y Comercial N°1, firmó una medida que dejó mudo al cable: el canal Space no podía emitir la película de Martin Scorsese, estrenada en Estados Unidos en 1988. La denuncia la habían presentado tres jóvenes estudiantes católicos. El juez resolvió a toda velocidad y sostuvo que "la exhibición podía dar lugar a la profanación de la fe católica".

Lo que no se supo entonces —y que el tiempo terminó develando— es que Antonio Quarracino, por entonces arzobispo de Buenos Aires, había presionado para que el film no se pasara. La Iglesia, horas antes, había declarado oficialmente que daba libertad de conciencia a sus fieles. La contradicción no pasó desapercibida.

Una censura en plena democracia

Con la democracia recuperada desde 1983, muchos creían que la censura era un fantasma del pasado. La prohibición de La Última Tentación demostró lo contrario. Constitucionalistas de todo el arco se pronunciaron contra el fallo: hablaron de censura previa, de prejuzgamiento y de que el juez había resuelto sin siquiera conocer el contenido de la película. Compararon la medida con impedir que un diario saliera a la calle.

Al día siguiente, el caso copó las tapas de todos los diarios y fue tema central de los noticieros. El rechazo fue masivo. Pero poco importó: la película, una vez más, no pudo verse en Argentina.

El mundo entero ardía por Scorsese

El revuelo no fue solo local. El 21 de octubre de 1988, un cine parisino voló por los aires: once heridos, algunos de gravedad. Semanas antes, 10.000 personas se habían manifestado frente a los estudios Universal. La organización conservadora Tradición, Familia y Propiedad publicó una solicitada a página entera en el New York Times pidiendo un boicot.

En Estados Unidos, la película se proyectó en muy pocas salas y en cada función había manifestantes con carteles que insultaban y escupían a quienes entraban. En Uruguay, un cine que se animó a pasarla fue atacado con bombas de alquitrán que arruinaron su fachada. El film fue prohibido en Argentina, Israel, México, Turquía y Chile, entre otros países.

El regalo que lo cambió todo

La historia había empezado mucho antes. A principios de los setenta, durante el rodaje de Boxcar Bertha, Barbara Hershey le regaló a Scorsese la novela de Niko Kazantzakis. El libro lo impactó de inmediato: la colisión entre el alma y el cuerpo, la tentación, la culpa católica y un Jesús profundamente humano, torturado por el miedo y la lujuria. Scorsese supo que haría esa película.

No le importó que Kazantzakis, autor también de Zorba, el Griego, hubiera sido excomulgado por la Iglesia Ortodoxa Griega tras publicar su obra sobre Jesús. "En mi barrio, en Little Italy, cuando éramos chicos nuestros padres solo nos dejaban ir solos a dos lugares: a la Iglesia y al cine", recordó el director. "Ahí los jóvenes solo querían ser dos cosas cuando fueran grandes: gángsters o curas".

El guion quedó en manos de Paul Schrader. En 1983, después de El Rey de la Comedia, todo parecía listo: gran presupuesto, locaciones en Israel y Marruecos y Paramount como estudio. Pero grupos conservadores inundaron de cartas al estudio y a Gulf & Western. Los productores se bajaron uno a uno. Scorsese reescribió el guion y recortó el presupuesto a la mitad. Le volvieron a decir que no.

Descubrió que el presidente de la cadena de cines más importante de la Costa Este había asegurado que nunca pasaría la película en sus salas, y que tampoco la emitirían en sus canales de cable. Cuando Scorsese logró reunirse con él, se enteró de que el hombre jamás había leído el guion. Tampoco sus colaboradores. Pero todos estaban convencidos de que era blasfema.

Millones por el negativo

El pastor evangelista Bill Bright ofreció a Universal varios millones de dólares por el negativo. Su plan era destruirlo. Algún directivo del estudio se lamentó después de no haber aceptado: se habrían ahorrado problemas y ganado algo de dinero.

Entre los detractores más duros estuvo Franco Zeffirelli, director de Jesús de Nazareth: "Quisiera ver quemada la película de Scorsese. Y, quizás, a él también", declaró.

Para el papel de Jesús se barajaron nombres como Eric Roberts, Christopher Walken y Aidan Quinn. Finalmente fue Willem Dafoe, que venía de brillar en Pelotón. Judas fue Harvey Keitel y Barbara Hershey se quedó con María Magdalena casi quince años después de haber dado el empujón inicial. Sting rechazó ser Poncio Pilato por la gira de Amnesty y Scorsese recurrió a David Bowie. Peter Gabriel se encargó de la banda sonora.

La escena más controversial era un sueño: Jesús teniendo sexo —bastante casto— con María Magdalena. Nada de eso importó. La película fue un fracaso económico. Scorsese debió moverse con guardaespaldas durante años y tanto él como Dafoe perdieron trabajos. La crítica, en cambio, la trató bien y sus colegas lo nominaron al Oscar como mejor director.

Años después, Scorsese reflexionó: "Consideré que se trataba, en cierto modo, de una señal religiosa, que Dios había dicho que yo no estaba preparado para hacer la película y necesitaba sufrir más humillaciones. Es cierto, estoy convencido de ello".

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