El disparo que paralizó a EE.UU.: la obsesión secreta detrás del atentado a Reagan
¿Qué llevó a un joven de familia acomodada a disparar contra el presidente más poderoso del mundo? La verdad detrás del atentado a Reagan es más extraña que cualquier ficción y su legado aún resuena en las leyes y las vidas que destrozó.
Un día de marzo de 1981, seis detonaciones en apenas dos segundos cambiaron la historia de Estados Unidos. El presidente Ronald Reagan fue herido de gravedad, pero la confesión del atacante revelaría un móvil tan inesperado como perturbador, que involucraría a una joven estrella de Hollywood y reescribiría las leyes de un país.
Eran las 14:30 del 30 de marzo. Afuera del Hotel Hilton en Washington, Ronald Reagan, con apenas dos meses en el cargo, salía sonriente entre una nube de agentes del Servicio Secreto, policías y funcionarios. De la multitud emergió John Hinckley Jr., de 26 años, quien descargó seis tiros de su revólver .22 en cuestión de segundos.
La primera bala impactó en la cabeza de James Brady, secretario de Prensa de la Casa Blanca. La segunda hirió al oficial de policía Thomas Delanhanty. Un tercer proyectil alcanzó al agente Timothy McCarthy, quien, siguiendo el protocolo, se había interpuesto entre el tirador y el presidente. Mientras, su compañero James Parr empujó a Reagan dentro del vehículo blindado.
¿Qué pasó dentro del auto presidencial?
Reagan cayó de cabeza en el asiento trasero. “¿Qué mierda pasó?”, preguntó, creyendo que Parr le había roto una costilla. Al intentar respirar, un hilo de sangre brotó de su boca. El agente Parr gritó entonces al chofer la orden que cambiaría el destino del mandatario: “¡Al hospital! ¡Urgente!”.
En el Hospital Universitario de Washington, los médicos descubrieron la verdadera gravedad. Una bala había entrado por su axila izquierda y se alojaba a un centímetro de su corazón, perforando el pulmón. Fue sometido a una cirugía de emergencia mientras, en una sala contigua, un hombre con un maletín esposado a su muñeca custodiaba los códigos nucleares que debían acompañar al presidente en todo momento.
La confesión que dejó helados a los agentes
Mientras Reagan luchaba por su vida, John Hinckley Jr. era interrogado. Hijo de un acaudalado ejecutivo petrolero que había contribuido a la campaña del vicepresidente George Bush, su actitud era serena. En el patrullero incluso preguntó a los policías si esa noche se suspendería la entrega de los Oscar.
Sin embargo, su declaración pronto aclaró cualquier duda sobre una conspiración política. “Lo hice para llamar la atención de Jodie Foster”, confesó. Luego, en un silencio cargado, añadió: “¿Ustedes creen que ya se habrá enterado?”.
La evidencia en su habitación de hotel confirmó su obsesión. Los investigadores hallaron una carta escrita horas antes del atentado: “Al sacrificar mi libertad y posiblemente mi vida, espero que cambie tu opinión sobre mí. Jodie, te pido que mires dentro de tu corazón…”. Había también borradores, la dirección de Foster en la Universidad de Yale y fotos recortadas de revistas.
La vida de Jodie Foster se convierte en una pesadilla
Foster, de 18 años, se había retirado temporalmente de Hollywood para estudiar literatura en Yale, buscando anonimato. Había rechazado los avances de Hinckley, quien se inscribió en un curso solo para estar cerca de ella y le escribía cartas como una que decía: “Un día vos y yo ocuparemos la Casa Blanca”.
Tras el atentado, su intento de vida normal se derrumbó. Custodiada por el FBI, decidió continuar con el estreno de una obra de teatro universitaria tres días después. Las entradas se agotaron, pero durante las funciones escuchó clicks de cámaras y recibió amenazas anónimas: “Al final de la función, Jodie Foster estará muerta”.
Un hombre fue detenido luego en una terminal de micros, con armas y la intención de matar al presidente o al vicepresidente. Confesó que su objetivo original era Foster, pero que al verla en el teatro pensó: “Era demasiado hermosa para dispararle”. Era el mismo individuo que la había observado fijamente desde la platea.
Un juicio que cambió la ley y un largo encierro
La investigación reveló que Hinckley había seguido antes al presidente Jimmy Carter con la intención de matarlo, y que había sido arrestado seis meses antes por portar tres armas en un aeropuerto, aunque fue liberado.
En el resonante juicio, Hinckley fue declarado inocente por no estar en sus cabales, un fallo que provocó indignación pública y llevó a una reforma legal histórica. A partir de entonces, se podía declarar culpable a una persona aunque fuera enviada a una institución psiquiátrica y no a prisión.
John Hinckley Jr. pasó 46 años, 2 meses y 15 días internado. Tras su liberación en 2016, anunció shows musicales que debieron suspenderse por las amenazas y el rechazo público. Ronald Reagan se recuperó y completó dos mandatos. Los agentes que se interpusieron a las balas fueron condecorados como héroes nacionales.
James Brady, el secretario de prensa, quedó cuadripléjico y murió décadas después a causa de sus heridas. Jodie Foster retomó su carrera, ganó dos Oscar, pero nunca más volvió a subir a un escenario teatral, marcada para siempre por los eventos de 1981.