El drama silencioso de los adolescentes que ya no saben proyectar su futuro
Los adolescentes enfrentan la paradoja de decidir su futuro en un contexto de máxima incertidumbre, donde proyectar se vuelve una estrategia defensiva. Un análisis del psicólogo Jorge Prado sobre las condiciones actuales.
La adolescencia actual enfrenta una paradoja: se les exige tomar decisiones cruciales en un contexto de máxima incertidumbre. Proyectar requiere tiempo, lazo y estabilidad simbólica, condiciones que la época deteriora progresivamente.
Históricamente, la adolescencia fue un tiempo de ensayo. Equivocarse no era una catástrofe, sino parte del proceso. Hoy, ese tiempo se comprimió hasta casi desaparecer. Se exige decidir rápido en un mundo que no garantiza nada. El futuro aparece más como amenaza que como promesa.
Elegir sin red
Elegir siempre implicó incertidumbre. No hay elección sin pérdida ni renuncia. Sin embargo, la cultura contemporánea transformó esa incertidumbre en algo intolerable. Todo debe calcularse, anticiparse, asegurarse.
El resultado es brutal: se les pide a los adolescentes que tomen decisiones cruciales —qué estudiar, quiénes ser— en un contexto sin condiciones mínimas de previsibilidad. La precarización laboral, la fragilidad de los lazos sociales y la inestabilidad económica son el escenario mismo. La elección deja de ser una apuesta deseante para convertirse en estrategia defensiva: no se trata de querer algo, sino de no caer.
Consumo, luego existo
En este presente sin espesor, el consumo se vuelve forma de existencia. Ya no se trata de tener, sino de ser visto. El sujeto se autoexplota, debe rendir y producirse constantemente. Las redes sociales son la escena privilegiada: allí se consumen vidas enteras. El cuerpo, la experiencia, el logro, el fracaso: todo se exhibe.
Pero hay un giro inquietante: el sujeto se convierte en mercancía. Se produce a sí mismo como objeto consumible, optimiza su imagen, mide su valor en reconocimiento. El cuerpo ya no es solo soporte biológico: es superficie de rendimiento, exigida, evaluada, comparada.
Lo que no encuentra inscripción en el lazo retorna como implosión. Un cuerpo que actúa, que se expone, que se vuelve caja de resonancia de un malestar que no logra decirse. El otro deja de ser semejante para volverse competencia, enemigo, obstáculo. El lazo social se erosiona: no hay un “nosotros”, sino fragmentación.
Proyectar con otros o no proyectar
Insistir en que los adolescentes “deben elegir mejor” es injusto. Desplaza la responsabilidad al individuo y borra las condiciones que hacen posible un proyecto. Elegir no es un acto solitario. Proyectar depende de otros: pares, adultos, instituciones donde la palabra circule y la incertidumbre pueda alojarse.
Recuperar lo público es un gesto político. Cuando existen dispositivos que articulan salud, educación, justicia y comunidad, el acompañamiento se vuelve condición concreta. Un ejemplo: en un dispositivo territorial del conurbano bonaerense, un equipo interdisciplinario recibió a una adolescente de 16 años, derivada por la escuela pública. Pasaba encerrada, alternando redes sociales con episodios de autolesión. No llegó por una “vocación perdida”, sino por un malestar difuso.
No hubo respuesta rápida ni indicación sobre qué hacer con su vida. Hubo tiempo, escucha, presencia. Talleres grupales, articulación con la escuela, acompañamiento familiar. Meses después, no apareció una certeza absoluta, pero sí algo distinto: volvió a la escuela, retomó vínculos, empezó a imaginar posibilidades. Dejó de estar sola frente a la exigencia de encontrar un camino.
Pensar la adolescencia desde esta perspectiva implica cambiar la pregunta. Dejar de interrogar qué les falta para ser lo que deberían ser, y preguntarnos en qué condiciones pueden devenir, desplegarse, construir algo propio. Si la época empuja a cerrar rápidamente quién se es, el gesto más político es sostener que la adolescencia no es una respuesta, sino una pregunta en proceso. Y que, sin otros, esa pregunta se vuelve imposible de sostener.
(*) Prof. Lic. Jorge Prado (M.N. 55.582). Psicólogo. Especialista en clínica con niños y adolescentes. Perito en niñeces, adolescencias y familias. Docente de Salud Pública y Salud Mental II en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Integrante del Equipo Técnico de Dispositivo Escolar en territorio.


