El drama silencioso de los chicos que no saben aburrirse: qué revelan cuatro especialistas de San Juan

¿Qué pasa cuando un niño prefiere una pantalla antes que jugar al aire libre? Expertos y una madre sanjuanina revelan las claves de un hábito que preocupa. ¿Qué señales de alerta no estamos viendo?

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El drama silencioso de los chicos que no saben aburrirse: qué revelan cuatro especialistas de San Juan
El drama silencioso de los chicos que no saben aburrirse: qué revelan cuatro especialistas de San Juan

¿Qué pasa cuando un niño prefiere una pantalla antes que jugar al aire libre? En San Juan, cuatro voces expertas analizan un fenómeno que crece y enciende alarmas: el uso de dispositivos en la infancia. La clave no está solo en las horas, sino en lo que los chicos dejan de vivir mientras miran una pantalla.

Más que tiempo: el contenido también importa

Para el pediatra Mengual, hablar únicamente de horas frente a la pantalla es quedarse corto. "Cada vez hay más estudios que demuestran que tanto la cantidad de tiempo de uso de pantallas como la calidad o el contenido tienen un gran impacto", explicó. Y puso el foco en la velocidad de los estímulos: cambios de planos constantes, sonidos, colores que se suceden rápidamente.

Ese ritmo vertiginoso, según el especialista, "va acostumbrando al cerebro a súper estímulos, a estímulos muy veloces y a ese ritmo. Entonces después a un niño jugar al aire libre le resulta extremadamente aburrido". La psicóloga Isabel Moreno Burguez coincide: "Ofrecen estímulos constantes, rápidos y llamativos: colores, sonidos, movimiento, juegos y recompensas inmediatas".

El aburrimiento, un aliado que se pierde

Moreno advierte que el aburrimiento no es el enemigo. "Es necesario y también es una oportunidad para que el niño pueda crear, imaginar, explorar y encontrar sus propios recursos para entretenerse", sostiene. Pero cuando cada momento libre se llena con una pantalla, ese espacio de exploración se reduce.

Marcela Vives, maestra de Sala de 4 años del JINZ 9, lo ve en el aula: "Los chicos en general no saben jugar". Asegura que muchos necesitan un adulto para sostener el juego y que "en general se observa más ansiedad en los niños que pasan más tiempo frente a las pantallas". También nota una necesidad de inmediatez: "Solicitan las cosas" con una rapidez que antes no era tan marcada.

El efecto desplazamiento: qué se pierde mientras se mira

Mengual explica el "efecto desplazamiento": el tiempo frente a la pantalla es tiempo que se resta a explorar, dibujar o practicar habilidades. "El tiempo que pasan en pantalla es tiempo que a la vez están perdiendo para explorar, para agarrar un lápiz, para dibujar", planteó.

El pediatra citó estudios que compararon el desempeño de niños después de mirar contenidos versus jugar y dibujar: los que jugaron obtuvieron mejores resultados en pruebas de concentración. También mencionó investigaciones que vinculan más horas de pantalla con dibujos con menos detalles y calidad.

Para Moreno, el impacto también se ve en el juego simbólico. "Podemos encontrarnos con niños a quienes les cuesta jugar solos, crear historias o sostener un juego simbólico sin necesitar un estímulo externo", explicó.

La señal de alerta: cuando apagar el celular se convierte en un problema

Moreno aclara: "No es lo mismo un chico al que le gusta mucho el celular que un chico que no puede regular su uso". La diferencia está en aceptar límites. Pero cuando hay berrinches desproporcionados, pérdida de interés por otras actividades o necesidad constante de conexión, hay que prestar atención.

Mengual sugiere observar situaciones concretas: si un niño prefiere ver dibujos antes que salir a la plaza con sus padres, o si apagar el dispositivo provoca un berrinche que arruina el día familiar. "Ahí también es otra señal", explicó.

Una familia sanjuanina: cuatro hijos, cuatro realidades

Fernanda Hidalgo, de Sarmiento, es madre de dos varones de 17 y 13 años y dos niñas de 8 y 7. Los adolescentes usan el celular para comunicarse, estudiar y jugar; las más chicas, para ver videos y series. El mayor empezó a los 3 años, supervisado; las nenas tuvieron contacto con pantallas desde los 2.

Hidalgo admite que mantener los límites es difícil: "Muchas veces sentí que se nos fue la mano con las pantallas". Y explica: "Uno se relaja un poco con los límites y después, cuando quiere volver a establecerlos, se hace más difícil porque ellos ya se acostumbraron a tener ese acceso".

En su casa, la cena es sagrada: sin pantallas, para recuperar la conversación. Usa temporizadores y horarios, pero encontró una herramienta más efectiva: "Cuando ellas están jugando, están entretenidas con otra cosa, no piden usar las pantallas". Pintar, dibujar y hacer manualidades son sus aliados.

El espejo incómodo: ¿qué ejemplo dan los adultos?

Hidalgo reconoce: "Hay que revisar los hábitos que tenemos los padres con las pantallas. En muchas ocasiones perdemos tiempo valioso por tener el celular en la mano". Moreno agrega que los niños aprenden por imitación: "Si ven que el adulto recurre permanentemente al celular, pueden incorporar ese comportamiento como algo natural y necesario".

La psicóloga pide no sentirse culpables por usar pantallas para trabajar o descansar, pero advierte: "Un celular puede entretener por un momento, pero no puede reemplazar la mirada, la escucha, el juego y la disponibilidad de un adulto".

Tres reglas para empezar

Mengual propone no "demonizar" las pantallas, pero sí establecer pautas: evitar su uso antes de los 2 años; entre 2 y 5 años, limitar a 30-60 minutos diarios con supervisión; no usar pantallas en comidas ni antes de dormir; y evitar el celular como "niñera" en restaurantes o salas de espera.

"Esas situaciones cotidianas el niño tampoco las registra y va perdiendo la noción y entonces le quitamos la posibilidad de que explore, de que hable con otras personas, de que salude al almacenero, de que mire las cosas que hay que comprar", explicó.

La pantalla no debería reemplazar la infancia

Vives también alerta sobre dificultades para distinguir lo real de lo imaginario y cambios en el lenguaje. Moreno invita a preguntarse qué lugar ocupa la pantalla en la vida del niño: ¿interfiere con el juego, los vínculos, el descanso? ¿Puede entretenerse sin ella?

Mengual deja un mensaje esperanzador: "Siempre es buen momento para pensar, analizar y reflexionar y buscar implementar cambios de mejora". Los niños tienen plasticidad cerebral, capacidad de readaptarse. El verdadero desafío no es que nunca miren una pantalla, sino que cuando se apague, todavía tengan ganas de jugar, imaginar, conversar, aburrirse, explorar y descubrir el mundo que tienen delante.

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