El Pasaje San Martín cumple 100 años y hay un detalle de su historia que pocos conocen: el apodo que le pusieron a su creador por animarse a construir en altura. Lo que guarda adentro el edificio que cambió el centro mendocino.
Hay un rincón del centro mendocino donde el tiempo parece detenerse. El Pasaje San Martín, esa mole de vitrales, galerías y ascensores de otra época, está a punto de soplar las velitas por primera vez en un siglo. El miércoles 11 de noviembre cumple 100 años desde que abrió sus puertas, allá por 1926, cuando Alejandro Orfila gobernaba la provincia.
Para dimensionar lo que significó levantar semejante estructura hay que retroceder a una ciudad muy distinta. La avenida San Martín ya era el eje comercial por excelencia, pero Sarmiento todavía era una calle con autos: faltaban más de seis décadas para que se volviera peatonal, algo que recién pasó en 1989. El Parque General San Martín tenía apenas 30 años desde su inauguración en 1896, y el paisaje urbano se inclinaba hacia las construcciones bajas.
El fantasma del terremoto de 1861 seguía pesando sobre cualquier proyecto ambicioso. En ese clima, apostar por un edificio de varios pisos en hormigón armado sonaba casi a temeridad. Pero hubo un hombre dispuesto a ir contra la corriente: Miguel Escorihuela Gascón.
El español que se animó a mirar hacia arriba
Nacido en Tronchón, Aragón, en 1861 —el mismo año de la refundación de la ciudad que después sería su casa—, este empresario vitivinícola llegó a la Argentina antes de cumplir los 20. Pasó primero por Buenos Aires y en 1882 se instaló en Mendoza, donde arrancó en una casa de comercio hasta hacerse su propio lugar.
En 1884 fue parte de la fundación de la bodega Escorihuela, en tierras de San Vicente, hoy Godoy Cruz. Con el tiempo diversificó inversiones y se lanzó a un proyecto que cambiaría la arquitectura local para siempre.
Un incendio que abrió el camino
La historia del Pasaje tiene un detonante inesperado. El 18 de octubre de 1924, pasadas las 22, un fuego de grandes proporciones destruyó dos casas de comercio sobre avenida San Martín, frente al entonces Jockey Club. Las llamas nacieron en la librería y taller de impresiones de Viuda de Jaime Mas y Cía.
Los materiales del local alimentaron el incendio y los recursos para combatirlo no dieron abasto: los bomberos llegaron cuando buena parte ya estaba perdida. También se sumaron dos tanques regadores municipales. El fuego se extendió a un negocio de accesorios para autos —donde se destruyeron dos vehículos— y a una sastrería lindante. Hubo que desalojar viviendas de la manzana por miedo a que el fuego siguiera avanzando. Las pérdidas en la librería y en el comercio de repuestos fueron totales.
Los terrenos eran de Escorihuela Gascón, que en lugar de lamentarse compró lotes vecinos y encaró allí una construcción sin precedentes en Mendoza.
4.560 metros cuadrados y una idea europea
El predio abarcó 4.560 metros cuadrados, con frentes sobre las actuales avenidas San Martín y Sarmiento y la calle 9 de Julio. El plan original preveía además un acceso por Espejo, pero el dueño de esos terrenos, Angelino Arenas, se negó a venderlos.
La obra quedó en manos de la constructora F.H. Schmidt-John Becker y Cía., con el ingeniero Edmundo G. Romero en la dirección técnica. La intención de Escorihuela era traer a la ciudad el modelo de galerías comerciales cubiertas con grandes estructuras acristaladas que ya existía en Europa, con referencias como la Burlington Arcade de Londres y la Galería Vittorio Emanuele II de Milán. Buenos Aires ya tenía ejemplos parecidos, como el Pasaje Güemes y las Galerías Pacífico.
En Mendoza, en cambio, la propuesta generaba desconfianza. Según contó Elsa Rodríguez, directora de Patrimonio de la Ciudad de Mendoza, "a Escorihuela llegaron a apodarlo 'El Loco' por insistir con su proyecto".
La inversión fue de 2.500.000 pesos moneda nacional. La estructura de hormigón armado sumó grandes columnas reforzadas con hierro y materiales novedosos para la época, con especial atención a la resistencia sísmica, la luz natural y la ventilación.
El resultado: cuatro plantas y una torre de siete pisos coronada por una cúpula en mansarda. La planta baja se destinó a comercios y los niveles superiores a oficinas y viviendas. En total, el Pasaje llegó a tener 49 locales comerciales, 51 oficinas y 50 departamentos. Muchos de ellos siguen habitados, y allí funcionan estudios jurídicos y empresas que eligieron ese punto neurálgico de la ciudad.
La prueba de fuego que llegó desde la tierra
La desconfianza no se disipó con la inauguración. Para conseguir inquilinos, durante los primeros meses se ofrecían tres meses de alquiler gratis. La gente seguía dudando de que fuera seguro "vivir a semejante altura".
El 14 de abril de 1927, un sismo fuerte sacudió la provincia. El edificio aguantó sin daños estructurales de peso. Los registros de la época hablaron de algunos deterioros en los revoques, atribuidos a que los materiales todavía no se habían solidificado del todo. Esa experiencia terminó de convencer a buena parte de la población y abrió el camino para la construcción en altura en Mendoza.
Durante casi tres décadas mantuvo su predominio sobre el resto de las edificaciones. Recién en 1954 lo superó el edificio Gómez, en la esquina de enfrente, con diez plantas y una torre de 34 metros.
Vitrales, ascensores y reglas de otra época
Uno de los grandes atractivos está sobre las cabezas de quienes recorren las galerías. Los vitrales de estilo Art Nouveau, con motivos florales y colores que transforman la luz natural, son parte de su identidad. La cúpula central y los siete lucernarios reúnen unos 300 metros cuadrados de vitrales. Se cree que se hicieron en un taller europeo, aunque no hay certeza porque no llevan firma.
Fueron restaurados en 2001 y vueltos a intervenir en 2026, como parte de los trabajos para llegar al centenario con el edificio renovado.
Otro tesoro son los ascensores: el Pasaje conserva tres equipos originales de la marca OTIS, con motores y cajas originales, cabinas de hierro y madera de roble, espejos, detalles de bronce y las clásicas puertas tijera.
Sobre algunas puertas todavía se leen carteles de 1926 que prohibían su uso a "niños solos, como así a las personas de servicio y mandaderos ajenos a la casa". Los ascensores estaban reservados para los propietarios de los departamentos y sus familias. Para los estudiantes de la época, según relatos que pasaron de generación en generación, una gran aventura era subir hasta el cuarto piso y mirar la avenida San Martín desde allí. Algunos soñaban con llegar a la torre del octavo nivel, pero una puerta se lo impedía: ese sector era de quienes vivían allí.
Lo que guarda bajo tierra
El edificio también tiene historias subterráneas. En los subsuelos funcionaron distintos emprendimientos comerciales y hasta un boliche. Debajo del local donde hoy está el Café del Pasaje hay un subsuelo de unos 500 metros cuadrados, con columnas y una antigua escalera de acceso. Allí funcionó un salón bailable con dos nombres: primero Dimensión 17 y después Quijotes.
Antes del café actual, ese local albergó al bazar El Rápido, luego a Al Café (inaugurado en 1969), la confitería Barroco (desde 1971), el café Bahía (cerrado en 1987) y posteriormente Class.
Otra particularidad de las galerías fue la aparición de pequeños comercios en los pasillos centrales. Al principio esos espacios estaban libres, pero hacia 1954 el congelamiento de los alquileres golpeó los ingresos de la familia propietaria y la viuda de Escorihuela mandó construir allí pequeños locales para alquilar. En los años 60 se vendieron a particulares y cada uno pasó a tener su dueño.
Famosos, política y un palco en la puerta
En sus cien años, el Pasaje no fue solo un espacio comercial y residencial. Por sus oficinas y departamentos pasaron artistas, políticos, escritores y personalidades. Entre quienes recorrieron sus galerías aparecen Tita Merello, Mirtha Legrand, Orson Welles y Mario Cantinflas. También vivieron o trabajaron allí artistas mendocinos como Sergio Sergi, Hernán Abal, Marcelo Santángelo y Filomena Moyano.
Sus pasillos fueron escenario indirecto de momentos clave de la historia provincial: el edificio fue testigo del Mendozazo y, durante la última dictadura militar, las galerías llegaron a cerrarse para impedir el paso de manifestaciones estudiantiles y de trabajadores.
También tiene un vínculo especial con la Fiesta Nacional de la Vendimia. El palco oficial se instala frente a su ingreso por avenida San Martín, por lo que las autoridades e invitados suelen entrar por calle 9 de Julio y cruzar el edificio antes de llegar al palco.
Hay una anécdota que muestra hasta qué punto la Mendoza de entonces cuidaba su identidad urbana. Escorihuela y los responsables técnicos pidieron retirar los árboles frente al edificio para despejar las fachadas. El Ministerio de Industrias y Obras Públicas lo rechazó: consideró que el arbolado era una de las características que distinguían la belleza de la capital. La respuesta oficial fue contundente, ya que aceptar el pedido podía sentar precedente para que otros edificios reclamaran lo mismo. Un siglo después, esos árboles, los vitrales, las galerías y los ascensores forman parte de la misma postal.
El Pasaje San Martín fue declarado edificio de Interés Arquitectónico y Artístico de la Ciudad de Mendoza en 1996 y Patrimonio Cultural de la Provincia en 1997. En 2001, al cumplir 75 años, se restauraron sus vitrales y se reforzó la estructura con columnas de hormigón armado instaladas hasta diez metros de profundidad.
Ahora, con el miércoles 11 de noviembre en el calendario, la construcción de Escorihuela Gascón alcanza su primer siglo. Y mientras la ciudad sigue creciendo a su alrededor, el Pasaje conservará algo de aquella Mendoza que se animó a desafiar sus miedos y a mirar hacia arriba cuando casi todo lo demás seguía a baja altura.