¿El ejercicio se volvió tu dueño? La delgada línea entre la disciplina y la obsesión
¿El ejercicio se convirtió en tu dueño? La obsesión por entrenar ya es un problema creciente. Te mostramos las señales de alarma y qué dicen los especialistas.
El gimnasio dejó de ser un lugar para ponerse en forma y se convirtió, para muchos, en un altar donde se sacrifica todo: tiempo, vínculos y hasta la propia salud. La obsesión por entrenar ya es una preocupación creciente entre los especialistas.
Los profesionales de la salud repiten hasta el cansancio que moverse es vida: mejora el estado físico, aleja enfermedades, combate el estrés y levanta el ánimo. Pero en la era del fitness extremo, de los cuerpos esculpidos y los desafíos virales, el ejercicio puede transformarse en una trampa silenciosa.
¿Cuándo la disciplina se transforma en compulsió?
La frontera es fina pero decisiva. Una persona disciplinada planea su día para incluir el deporte como un hábito que suma. En cambio, quien cae en una relación tóxica con el entrenamiento deja de ser dueño de sus decisiones: la actividad física pasa a mandar, condiciona sus días, altera sus lazos afectivos y hasta lo lleva a ignorar el dolor o una lesión con tal de cumplir con su rutina.
El culto al rendimiento, alimentado por las redes sociales, juega en contra. Videos de rutinas imposibles, retos de pasos diarios que parecen sacados de una maratón, cuerpos que rozan la perfección y mensajes que endiosan el sacrificio permanente instalan una idea peligrosa: descansar es de débiles. Bajo esa lógica, el famoso “no pain, no gain” se convierte en una orden, naturalizando prácticas que atentan contra la salud.
Señales de alarma: ¿cuándo preocuparse?
Aunque la adicción al ejercicio no figura aún en los manuales de diagnóstico, las investigaciones internacionales ya encienden las alarmas. Cuando entrenar deja de ser un medio para vivir mejor y se vuelve una obligación ineludible, aparecen consecuencias concretas: lesiones que se repiten, agotamiento crónico, ansiedad, culpa por no entrenar, aislamiento social y una autoestima que depende exclusivamente del rendimiento físico.
Para entender este fenómeno, EL DÍA consultó a expertos. La kinesióloga Sofía Benvenaste y el profesor de Educación Física Lucas Pisani coinciden en que el problema no es la cantidad de ejercicio, sino la pérdida de la capacidad de escuchar al propio cuerpo y adaptar la actividad a las necesidades reales de cada persona.
Un nutricionista local, que prefirió mantener su nombre en reserva por cuestiones laborales, reveló que muchos deportistas que atiende muestran una fijación extrema por contar cada caloría consumida, una señal más de que la obsesión ya se instaló en sus vidas.