El fenómeno del 'trabajador basura': empleos que ya no alcanzan ni para sobrevivir

Tener empleo registrado ya no alcanza para vivir. ¿Qué es el 'trabajador basura' y por qué los informes más duros del oficialismo y la oposición coinciden en que la precarización es récord?

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El fenómeno del 'trabajador basura': empleos que ya no alcanzan ni para sobrevivir
El fenómeno del 'trabajador basura': empleos que ya no alcanzan ni para sobrevivir

Conseguir un empleo registrado ya no es sinónimo de estabilidad. En la era de Javier Milei, la precarización alcanzó niveles récord: salarios que no cubren la canasta básica, informalidad creciente y un mercado laboral que descarta trabajadores como si fueran desechables. Cuatro informes de distinto signo ideológico coinciden en el diagnóstico: el trabajo formal se degrada a velocidad alarmante.

El término "trabajador basura" describe a quien es contratado por un costo bajo y despedido sin miramientos cuando deja de convenir. Detrás de esta realidad hay un programa económico que combina destrucción de puestos, caída del salario real y una informalidad que no da tregua. El Banco Provincia (Bapro), el IERAL de la Fundación Mediterránea, el Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP) y el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) publicaron informes que, desde ópticas enfrentadas, retratan el mismo fenómeno.

13 meses de caída sin freno

Los datos del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) de mayo de 2026 marcan una tendencia de trece meses consecutivos de retroceso. En ese mes se perdieron 6.971 puestos registrados, y contra noviembre de 2023 la caída acumulada alcanza los 337.365 asalariados formales. El sector privado completó un año de pérdidas ininterrumpidas, con la industria (-4,5% interanual) y el comercio (-3,1%) como principales víctimas.

Desde noviembre de 2023, solo Neuquén y Río Negro generaron empleo neto, mientras siete provincias superan el 10% de retroceso. El salario real medido por el SIPA está 2% por debajo del nivel de noviembre de 2023, y la Encuesta de Indicadores Laborales de junio volvió a dar negativa, sin señales de piso.

El informe de CEPA, basado en datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, agrega un dato escalofriante: entre noviembre de 2023 y mayo de 2026 desaparecieron 30.633 empleadores (33,5 por día) y se destruyeron 411.613 puestos registrados en unidades productivas (450 por día). Si se suma el empleo en casas particulares (30.133 puestos perdidos), el total de empleo privado registrado cayó en 441.746 personas, 484 por jornada.

La construcción lidera las pérdidas con una caída relativa del 16,8%, seguida por la industria manufacturera y el transporte. Pero el dato más revelador surge al cruzar el tamaño de las empresas: el 99,78% de las firmas que cerraron tenían hasta 500 trabajadores, mientras que apenas el 0,22% eran grandes compañías. Sin embargo, esas grandes empresas explican el 61% de los puestos destruidos y, pese a los recortes, siguen concentrando cerca de la mitad de los 9,4 millones de trabajadores registrados en unidades productivas. Las pymes desaparecen, pero un núcleo reducido de grandes firmas retiene cada vez más empleo.

Un espejo que distorsiona

El informe N°944 de la Semana Económica del Bapro pone estos números en perspectiva histórica. Entre noviembre de 2023 y abril de 2026 se destruyeron más de 235.000 empleos asalariados privados registrados, una caída del 3,7% que supera a la crisis de 2018-2019 (2,7%). Pero la comparación lineal puede engañar: mientras el Estimador Mensual de Actividad Económica cayó 4,5% entre 2018 y 2019, en el ciclo actual creció 7%. La destrucción de empleo formal se acelera incluso en plena expansión económica.

El Bapro también siguió la trayectoria individual de los trabajadores con microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares. El hallazgo es contundente: la probabilidad de que un asalariado privado registrado conserve esa condición durante un año es la más baja de la década, 76 sobre 100, frente a 80 en 2024-2025 y 79 en 2018-2019. De quienes abandonan el empleo registrado, más del 60% sigue en el mercado laboral, pero casi todos en peores condiciones, como no registrados o cuentapropistas. Entre 2024 y 2026, la participación del asalariado registrado privado cayó de 32,4% a 30,5% del total de ocupados. Entrar y salir del sistema en condiciones cada vez peores es la marca del trabajador basura.

El país partido al medio

Desde la vereda opuesta, el IERAL de la Fundación Mediterránea describe una escena similar. En el informe "Mercado laboral 2026: algunos juegan lesionados y otros ni siquiera entran a la cancha", de Laura Caullo y Guadalupe Galíndez, se afirma que la macroeconomía "comenzó a ordenarse" mientras el mercado laboral "sigue jugando otro partido".

"La recuperación todavía no llega al empleo", sostiene la organización, y explica por qué la pretendida mejora macro no derrama sobre el trabajo: energía, minería, agroindustria y algunos segmentos exportadores muestran mejores perspectivas, pero representan apenas el 3% del empleo total y el 7% del privado registrado. El salario real privado formal, tras recuperar parte de la caída del 14% de 2024, volvió a terreno negativo en 2026 (-2,3%), y el público sufrió una pérdida acumulada del 23% real entre marzo de 2023 y marzo de 2026.

Los informes del IERAL también revelan un mosaico provincial: Neuquén encabeza la densidad de empleo privado formal con 219 asalariados registrados cada mil habitantes, traccionado por la energía, mientras Formosa apenas alcanza 37, con una estructura más dependiente del empleo público. En la presión laboral, Córdoba y el interior bonaerense combinan alta participación con muchos trabajadores en busca de mejores ingresos, mientras CABA y Santa Fe tienen menor desempleo relativo. En Río Negro y Chubut, la presión es menor porque buena parte de la población está fuera del mercado laboral, no por una situación más saludable.

Trabajadores en la mesa de saldos

El IPyPP, coordinado por Claudio Lozano, revisó los microdatos de la EPH del primer trimestre de 2026 y concluyó que el 7,8% de desocupación que difunde el INDEC resulta insuficiente para describir la fragilidad laboral. La subutilización de la fuerza de trabajo (desempleo más subempleo) alcanza al 19% de la Población Económicamente Activa (PEA), y la presión efectiva llega al 23,7%, casi idéntica al 23,6% calculado por el IERAL con otra metodología.

El dato más elocuente: tres de cada diez desocupados llevan más de un año buscando empleo sin conseguirlo. La brecha de género agrava el cuadro: la tasa de empleo femenina (39,1%) queda 11,7 puntos por debajo de la masculina, y la subutilización alcanza al 21,5% de las mujeres contra el 16,9% de los varones. Entre los jóvenes de 18 a 24 años, la desocupación trepa al 19,5%.

El IPyPP también desagrega la informalidad: entre los cuentapropistas (una cuarta parte de los ocupados), el 65% trabaja en negro. Entre los asalariados (71,8% de los ocupados), la informalidad llega al 37,9% y trepa al 64% entre los jóvenes. Por sector, alcanza el 50,5% en el ámbito privado contra el 10,7% en el público. Los ingresos confirman la degradación: el promedio mensual del primer trimestre rondó los $1.076.056, pero los cuentapropistas percibieron $524.000 (51% menos) y los asalariados informales $700.000 (35% menos). Frente a ingresos insuficientes, el pluriempleo se consolidó: el 10,4% de los ocupados tiene dos o más trabajos. Es el retrato del trabajador formal pobre: cumple horario, tiene recibo de sueldo y aun así necesita un segundo ingreso para sostener su hogar.

El trabajador basura

Cuatro informes con propósitos, métodos y posiciones ideológicas distintas describen el mismo objeto: un mercado laboral que se degrada más rápido que en las peores crisis de Argentina, incluso en un ciclo de crecimiento del producto, y que castiga con más fuerza a mujeres, jóvenes y a quienes ya perdieron un empleo registrado. La reforma laboral y las modificaciones de la Ley Bases, presentadas como incentivo a la contratación registrada, no modificaron la dinámica: las empresas siguen cerrando y los puestos, destruyéndose.

Buena parte de la suba de la desocupación quedó contenida porque miles de personas, ante la caída del ingreso principal del hogar, aceptaron changas o trabajos informales que en otro contexto hubieran rechazado. Es el llamado efecto "trabajador adicional". Mientras tanto, un núcleo cada vez más chico de grandes empresas concentra una porción creciente del empleo que sobrevive en condiciones de precariedad. El trabajo retrocede hacia formas cada vez más baratas y descartables, mientras el poder económico se concentra y disfruta de una economía primarizada a la que le sobran millones de habitantes con habilidades laborales innecesarias para el país que consolida la gestión Milei.

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