El homenaje a 'Pichín' Centanaro: la pelota que cambió una vida a los diez años

¿Qué tenía en el patio la maestra de un chico de diez años que terminó siendo goleador nueve temporadas? La respuesta está en la charla que antecede al homenaje del 13 de noviembre.

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El homenaje a 'Pichín' Centanaro: la pelota que cambió una vida a los diez años
El homenaje a 'Pichín' Centanaro: la pelota que cambió una vida a los diez años

El próximo 13 de noviembre, el grupo “Somos Deporte” le rendirá tributo a César “Pichín” Centanaro, una de las glorias del básquet chaqueño. La cita será en el Círculo de Periodistas Deportivos del Chaco, en Italia 1186, desde las 11 de la mañana, y la comunidad deportiva está invitada.

El reconocimiento inaugura una serie que la agrupación, nacida de la amistad entre viejos deportistas, pretende dedicar a las figuras que hicieron historia en el deporte provincial. Centanaro, que a sus 79 años sigue practicando “cultura física”, es el primero de la lista.

La antesala del homenaje fue una extensa entrevista que el periodista Luis Darío Molodezky le hizo para Radio UTN. De esa charla, reproducida por el medio, sale buena parte de lo que se verá el 13 de noviembre.

La madre, el punto de partida

“Antes que cualquier logro deportivo, está lo que uno recibe en la casa. Mi vieja fue determinante”, arranca Centanaro. Y aclara algo que le importa: las notas que se escribieron sobre su carrera, como la de Manolo Bordón, no fueron solo por afecto. “Manolo escribía fantástico, era muy amigo mío, pero lo que hizo fue reconocer méritos”.

Bordón, fanático de Villa San Martín, lo cargaba cada vez que se cruzaban: “Pichín, otra vez te tengo que sufrir”. La respuesta era siempre la misma: “¿Sufrir? ¡Si ustedes ganaron nueve campeonatos seguidos!”. Del otro lado, cuenta, apenas pudieron festejar uno o dos títulos, aunque él fue goleador del torneo durante nueve años.

De la esgrima a la pelota naranja

Muchos no lo saben, pero antes del básquet hubo esgrima. A los diez años practicaba en el Círculo de Armas General San Martín, cerca de Villa. Después llegó la secundaria, con examen de ingreso y la necesidad de una maestra particular.

Su madre se enteró de que a una cuadra de casa, en Pueyrredón y Santa Fe, vivía Nelly Lischuk. Fue hasta ahí, llegó temprano, y ‘Pitín’ Lischuk, de su misma edad, lo invitó al patio: “Mi hermana está durmiendo, vení. Tengo una pelota de básquet”. Centanaro lo recuerda como el momento bisagra. “Agarré la pelota… y me enamoré. Nunca más me despegué del básquet”.

El partido que lo marcó para siempre

El primer encuentro que vio fue Hindú contra Villa, en cancha de Hindú. De un lado Mito Outeriño, los Lischuk, Coco Rocha; del otro Carlucho, Penny, Doso y Greco. “Yo era un pibe, me volví loco. Había tanta gente que me perdí. Me querían encontrar y yo estaba metido entre la multitud, fascinado”.

De juvenil a primera casi sin escalones: a los quince o dieciséis ya jugaba en el equipo mayor. No era sencillo entrar a un plantel que venía de ser campeón argentino. “¿Cómo sacás a un Filipponi o a un Outeriño? Lo único que podía hacer era jugar, entrenar y esperar la oportunidad”. Su debut fue contra 12 de Octubre. Venía del atletismo, era rapidísimo, y encajaba perfecto en el contragolpe de Hindú: rebote y salida.

La caradura del goleador

“Yo era caradura”, confiesa. Un día se plantó frente a ‘Kilo’ Delovo: “¿Usted cree que yo no puedo jugar en primera? ¿Que Mito Uterino es mejor que yo?”. La respuesta fue una carcajada y una condición: “Cuando seas campeón argentino como él, recién hablamos”.

El partido que siempre vuelve es el Hindú–Villa en el que anotó 42 puntos, sin triple, contra Pótolo Sánchez, que hizo cuarenta. “De todos lados. Hubo un tiro mío de mitad de cancha, en jump shot, y Carlucho se agarró la cabeza”.

Los grandes nombres del básquet

Sobre los mejores bases, recuerda que le preguntó a Cabrera, el “Mago”, quien enumeró varios nombres pero aclaró que ninguno fue como él, porque jugaba de base y de pívot. “Un jugador extraordinario… y muy seguro de sí mismo. Pero era de esos tipos que te hacían mejor”.

También admira al básquet de Bahía Blanca, nueve veces campeón argentino, un equipo que incluso le ganó a Yugoslavia.

La radio, la otra pasión

De chico seguía los torneos por radio. Recuerda una final del Chaco bajo una lluvia torrencial, con la transmisión cortándose y él con el aparato pegado al oído. “El básquet me marcó en todos los aspectos de mi vida. Lo primero que me dio fue disciplina y constancia”.

Mil tiros por día

La precisión no era magia. “Ochocientos, mil tiros por día”. Un mormón que pasó por su casa le recomendó atletismo y pesas, algo que en esa época nadie hacía. Entrenaba en cualquier aro, apagaba las luces del club y tiraba a oscuras, cerraba los ojos para buscar la mecánica del lanzamiento, se miraba en un espejo. “Era autodidacta”.

Sobre el egoísmo del goleador, no duda: “El goleador tiene que ser egoísta. No lo digo yo, lo dicen todos los grandes jugadores”. Casi siempre lo marcaron hombre a hombre, pocas veces en zona, y tenía que resolver el uno contra uno sí o sí.

¿Se nace o se hace? “Se nace… y después se trabaja. Podés tener talento, pero sin disciplina, constancia y entrenamiento no llegás”. Medía menos que muchos rivales —menciona a ‘Fininto’ Gherman, de más de dos metros diez— y compensaba con preparación.

Rival y amigo

Su mejor amigo fue Pótolo Sánchez, rival tremendo. Jugaban en clubes distintos y después salían a caminar juntos. Él entrenaba en Villa y Pótolo en Hindú, y los criticaban por esa relación. “Pero el deporte también es eso: respeto”.

Decían que estaba quince años adelantado por hacer pesas, y algunos después se arrepintieron de no haber entrenado así. En toda su carrera se lesionó solo tres veces.

Sobre el básquet actual, opina que cada época tiene lo suyo. Cree que podría haber jugado, aunque la altura hoy pesa más. “Pero el uno contra uno y el lanzamiento siguen valiendo. Lo importante es asumir el rol que te toca”.

De las generaciones, sostiene que son camadas. “La Generación Dorada fue algo excepcional. Va a costar repetirla. El básquet argentino tiene talento, pero históricamente le faltan ‘lungos’. En Chaco, más todavía”.

El legado

“Si algo me dejó el básquet fue una forma de vivir: levantarse cada día, agradecer y seguir trabajando. Mi camino fue ese. Disciplina, constancia y pasión”.

Detrás del carácter competitivo, Centanaro se define como tímido. No habla de récords como trofeos, sino como estaciones de un viaje que empezó el día en que un chico le alcanzó una pelota en un patio de barrio. Y nunca más la soltó.

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