El jamón que un matrimonio de Los Hornos guarda en un cajón de madera: la historia que casi nadie conoce

En un cajón de madera y con sal gruesa, un matrimonio de Los Hornos hizo su primer jamón. No es para vender: es para compartir. Pero detrás de esa foto hay una historia que a Gastón le quiebra la voz.

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El jamón que un matrimonio de Los Hornos guarda en un cajón de madera: la historia que casi nadie conoce
El jamón que un matrimonio de Los Hornos guarda en un cajón de madera: la historia que casi nadie conoce

En el paraje Los Hornos, en pleno Valle del Covunco, Gastón y Gladys acaban de hacer su primer jamón de cerdo después de una vida entera de criar animales. No es para vender: es para compartir con los hijos, con los nietos, con quien golpee la puerta.

La escena es de otro tiempo. Un cajón de madera gastado, sal gruesa, paciencia y manos curtidas. Ahí dentro descansan las dos patas que en unos meses serán jamón curado. Nada de apuro, nada de industria.

Gastón sostiene la pieza con orgullo. Gladys, con su jarrito enlozado, controla la sal. Es un ritual que se repite cada otoño-invierno, después de la carneada.

"Hoy estoy haciendo un jamón", contó Gastón como quien anuncia un logro. Y lo es: es la primera vez. "Siempre los comemos nomás, el asado, los lechones no los dejamos crecer más de catorce, quince kilos. Y ya se los llevan mis hijos. Este es el primer barraco grande que hago para jamón", explicó.

Su deseo es simple: aprender bien para tener algo para el invierno, para el mate, para el desayuno. Para que cada hijo que venga se lleve un pedazo.

Del Alto Valle a una chacra en Los Hornos

Héctor Gastón Quezada tiene 65 años y nació en Villa Regina, Río Negro. La chacra la tiene desde hace veintiséis o veintisiete años, pero vive en forma permanente desde hace siete. Antes trabajó siete años en el frigorífico de La Fruta de Moño Azul, hasta que los riñones le dijeron basta. Después fue albañil, plomero y electricista. También juntó fierros e hizo changas.

"No tengo problema para laburar", dijo. Aclaró que viene de zona de chacra, del Valle, pero que nunca había trabajado la tierra: "Estoy aprendiendo ahora recién".

Empezaron con frutillas, después con cerezas. Hoy la chacra es una granjita integral: chanchos, patos, pavos, gallinas, vacas y chivas lecheras. "No es para vender. Es para compartir con mis hijos. Estamos solos y por ahí se pone difícil el presupuesto para vacunar y eso. El deseo es tener para compartir", admitió.

Llegó a Mariano Moreno por una empresa de construcción, para hacer las 26 viviendas que están frente a la iglesia católica. Le gustó el pueblo y le dijo a Gladys: nos quedamos. "De acá no nos vamos, acá vamos a dejar los huesos", vaticinó.

Gladys, el corazón de la chacra

Si Gastón es la fuerza, Gladys Zalazar es el corazón. Nació en Zapala, tiene 69 años y trabaja desde los 11. A los 16 la llevaron al Valle a trabajar en la fruta y ahí lo conoció a Gastón, en Villa Regina.

Tuvo siete hijos, once nietos y cinco bisnietos. Hizo cursos del INTA de huerta y cocina, y sigue estudiando. "Me gusta ser responsable, me enseñaron la responsabilidad", indicó.

"Para mí la tierra es algo hermoso. Es un sentimiento que lo vivo día a día. Cuando veo que nace una plantita, nace un animalito, es algo hermoso", testimonió.

Tiene su invernadero y sus aves. Siempre se las rebusca: "Siempre tengo algo para vender, huevos, alguna cosita. Siempre un pesito me la rebusco". Le duele que, habiendo condiciones, falte ganas en otros. "Las condiciones están dadas, solo hay que ponerse a trabajar. Nosotros ya estamos en edad para descansar, mi deseo es que alguno de mis hijos tome entusiasmo. Hay dos que les gusta", expresó.

Cuando habla del jamón, se le iluminan los ojos: "Esto fue algo nuevo para mí, si bien siempre criamos chanchitos nunca habíamos pensado en hacer estas cosas. Ya quiero comer, me imagino que es rico".

La salud no ha sido benévola con ella en los últimos años. Sufrió un pico de presión y un ACV que le dejaron secuelas físicas visibles, dificultades en el habla y en la audición. Sin embargo, sigue sosteniendo el vínculo con su familia y con quienes la visitan.

Veintiséis años de pastoreo y una pérdida que marcó

Gastón fue pastor de la Iglesia Pentecostal durante 26 años. Dejó el cargo por la salud de su esposa y para darle lugar a la nueva generación. "Uno cumple una etapa y debe darle la oportunidad a otro", explicó. Sigue ligado como colaborador.

Pero el golpe más duro fue la pérdida de su hija Natalia. "Desde los 18 años empezó a hacer diálisis. Tenía 29 años, le hicieron un trasplante, aguantó ocho años con el trasplante y luego le agarró una enfermedad, perdió el riñón nuevamente y volvió a diálisis. Ya no resistía los catéteres. El último fue en el estómago, aguantó 48 horas y le tomó el cuerpo completo", relató con dolor.

La noche anterior hablaron. "Papá, ya no aguanto más las inyecciones, no aguanto más", le dijo ella. Un hombre de fe que se preguntó por qué Dios permite esas cosas. "No es fácil", confesó. "Muchas personas que han perdido hijos me han dicho eso, empieza a flaquear la fe".

El valor del acompañamiento

El técnico agrónomo Ariel Bezoky, del Ministerio de Producción de la provincia y vecino de Los Hornos, conoce de cerca esta realidad. "Lo que me llama la atención de la vecina Gladys es que le gusta, le apasiona mucho el tema de tener animales y los cuida con mucho cariño. Tiene unas fallas técnicas en nutrición porque a veces tiene más animales de lo que puede comprar de forraje, pero lo vamos acomodando", explicó.

Para Bezoky, Gladys encontró en la chacra su cable a tierra. "Ella le dedica mucho amor y me parece que es su cable a tierra. Si no estuviera ahí tal vez estaría peor", aventuró.

De Gastón dice que "le pone ganas y es una persona muy agradecida. Los dos son muy agradecidos. Son personas apasionadas por lo que hacen, por la vida en el campo".

El Valle del Covunco, donde se asienta Los Hornos, es un valle bajo riego extenso, con tierras propicias y un microclima especial para la fruticultura y la producción diversificada. Un territorio con potencial que, como dice Bezoky, solo necesita acompañamiento y que se valore a quienes, como Gastón y Gladys, resisten y producen.

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