El jerarca nazi que burló a la horca con una cápsula escondida en una lapicera

Una joven alemana, una lapicera que iba y venía desde la celda y una píldora que el guardia creyó que era un remedio. Así habría llegado el cianuro que le permitió a Göring burlar la horca.

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El jerarca nazi que burló a la horca con una cápsula escondida en una lapicera
El jerarca nazi que burló a la horca con una cápsula escondida en una lapicera

Hermann Göring, el hombre que llegó a ser el segundo de Adolf Hitler, tenía fecha de ejecución. En la noche del 15 de octubre de 1946, horas antes de ser ahorcado, se tragó una cápsula de cianuro y se suicidó. Durante décadas nadie pudo explicar cómo había llegado el veneno hasta una celda vigilada de manera hermética. La respuesta apareció recién en 2005, cuando un exsoldado estadounidense confesó haber sido el mensajero, aunque aseguró que no sabía lo que llevaba.

El juicio que conmovió al mundo

En noviembre de 1945, la ciudad alemana de Núremberg fue el escenario del proceso judicial contra 24 jerarcas del régimen nazi por los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial. Las potencias aliadas, vencedoras de la contienda, condujeron el juicio que expuso ante el planeta la maquinaria de exterminio montada para acabar con los judíos en Alemania y en los territorios ocupados.

Entre todos los acusados, Göring era el de mayor jerarquía. Había sido vicecanciller de Hitler —aunque hacia el final de la guerra el Führer lo consideró un traidor y ordenó degradarlo—, fundador de la temible Gestapo y comandante en jefe de la Luftwaffe, la Fuerza Aérea alemana. Detrás de su figura de hombre elegante, amante del lujo y las artes, se escondía uno de los arquitectos de la aberrante “Solución Final”.

El 1 de octubre de 1946, el Tribunal Internacional de Núremberg dio a conocer las condenas. Göring fue declarado culpable de cuatro cargos: conspiración, crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Entre estos últimos se contaban el saqueo de bienes, las torturas, los asesinatos y la esclavitud de civiles. La sentencia: morir en la horca.

Sus abogados intentaron revertir el fallo. Apelaron al alto mando aliado de Berlín, al presidente estadounidense Harry Truman y hasta al Vaticano, pero la condena quedó firme. Göring incluso pidió que lo fusilaran como a un combatiente, pero el tribunal rechazó ese último pedido. La ejecución se fijó para el 16 de octubre de 1946.

“Este hombre está muerto”

Desde su celda en la prisión de Núremberg, el condenado escuchaba cómo los obreros construían el cadalso en el gimnasio del penal. El 7 de octubre recibió la visita de su esposa. Después de ese encuentro, le dijo al médico alemán que atendía a los detenidos, Ludwig Pflucker: “Ahora pueden matarme cuando quieran. Me alegro de haber disfrutado de este momento”.

Pero el jerarca nazi no pensaba darles a sus enemigos la satisfacción de verlo colgado. A las 22:45 del 15 de octubre de 1946, el guardia de la custodia nocturna advirtió a través de la reja que el prisionero, tendido boca arriba y con los ojos abiertos, temblaba. El temblor fue en aumento.

Los guardias entraron a la celda junto a un pastor protestante y al médico Pflucker. Encontraron a Göring sudoroso, pálido y con serias dificultades para respirar. Minutos después, el doctor le tomó los signos vitales y sentenció: “Este hombre está muerto”.

Al revisar el cadáver aparecieron en su boca los restos de una cápsula de cianuro. Ahí comenzaron las preguntas que se extenderían por décadas: ¿cómo había llegado ese veneno hasta un hombre vigilado de manera permanente? En aquel momento se especuló con que el propio condenado la había ocultado en alguna cavidad de su cuerpo —ombligo, boca o recto—. Aunque la versión resultaba poco probable, porque los presos eran revisados y cacheados de manera constante por los médicos, quedó instalada como la oficial.

El exsoldado que rompió el silencio

El caso se convirtió en uno de los grandes enigmas que dejó la Segunda Guerra Mundial. Parecía destinado a quedar sin respuesta hasta que, en 2005, apareció Herbert Lee Stivers, un obrero siderúrgico estadounidense de unos 80 años que había sido soldado en Alemania durante el juicio de Núremberg.

Stivers tenía 19 años cuando integraba el 26° regimiento de la 1ª división de Infantería del ejército de los Estados Unidos, el cuerpo destinado a tareas de vigilancia en Núremberg. Como guardia de la prisión, le tocó estar cerca de la celda del exjefe de la Luftwaffe, a quien definió como “un tipo agradable” con el que solía hablar “de deportes y de aviación”.

El exsoldado contó su historia al periódico Los Ángeles Times en febrero de 2005. Dijo que su trabajo como vigilante le resultaba aburrido, pero que en sus horas libres salía a divertirse con sus compañeros por los bares de la ciudad. En una de esas salidas conoció a una joven alemana morocha y atractiva que se presentó como Mona. Para impresionarla, le contó que estaba a cargo de la custodia de los nazis de Núremberg.

Mona le preguntó si podía ver a los prisioneros y él respondió que sí. Ella no le creyó, pero el soldado le mostró un autógrafo que le había firmado uno de los detenidos, Baldur von Schirach. La percepción de la joven cambió. Entonces Stivers fue por más: “Al día siguiente estuve vigilando a Göring, le pedí un autógrafo y se lo di a ella”, recordó.

La lapicera con el veneno

La relación con Mona continuó. De a poco, ella empezó a entregarle mensajes de sus amigos para Göring escondidos dentro de una lapicera. Después le dijo que el exjerarca nazi estaba muy enfermo y que necesitaban hacerle llegar una píldora con un medicamento, también oculta en el interior de un bolígrafo.

“Me dijo que era una medicina y que si a Göring le iba bien con ella y le hacía sentirse mejor le mandarían más”, relató Stivers, que le hizo llegar el bolígrafo con la sustancia al prisionero. Cuando pocos días después Göring apareció muerto en su celda, el soldado ató cabos: el medicamento era cianuro.

El nazi, además, se había dado el gusto de regodearse por su final. En una carta alardeó de haber sido dueño de su propio destino, pero aseguró que tenía el cianuro en su poder desde el comienzo del juicio. Era una verdad a medias: los guardias habían encontrado una cápsula escondida en el forro de una maleta suya, pero estaba fuera de su alcance, en un depósito seguro del penal.

“No parecía que pensara en suicidarse”

Stivers decidió hablar casi 60 años después del suceso, perseguido por el remordimiento. Su propia hija, Linda, lo convenció de que revelara la historia: “Lo tenés que contar antes de irte”, le dijo.

“Nunca volví a ver a Mona”, confesó el exsoldado en su declaración a Los Ángeles Times, y agregó una reflexión: “Supongo que me utilizó”.

Aunque su relato indica que el suicidio de Göring ocurrió gracias a su colaboración, Stivers intentó justificarse: “Nunca pensé en un suicidio cuando se lo llevé. Nunca parecía enfadado. No parecía que pensara en suicidarse. Nunca le habría entregado conscientemente algo si hubiera sabido que le serviría para evitar la horca”.

Pese a que está comprobado que Stivers estuvo entre los guardiacárceles de Göring y los demás enjuiciados nazis, no todos creen en su relato. “Su historia es lo suficientemente loca para ser cierta. Pero no hay modo de saberla”, opinó en su momento Aaron Breitbart, del Centro Simon Wiesenthal de Los Ángeles.

En términos legales, es difícil determinar qué delito militar habría cometido el soldado, pero de todos modos ya prescribió. Stivers falleció el 31 de mayo de 2018, a los 91 años, con el alivio de no haberse llevado su verdad a la tumba.

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