El legado imborrable de los curas que marcaron a Salta
¿Qué hace a un cura inolvidable? En Salta, estos sacerdotes dejaron escuelas, comedores y un ejemplo que trasciende. Conocé sus historias.
Este 4 de agosto, mientras se celebra el Día del Cura Párroco, emerge un mosaico de historias de fe y entrega que transformaron comunidades enteras en Salta. Sacerdotes que no solo oficiaron misas, sino que levantaron escuelas, comedores y esperanzas. Sus obras siguen vivas en cada rincón de la provincia.
La fecha coincide con la festividad de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, un humilde sacerdote francés que dedicó su vida a escuchar confesiones y que hoy es patrono de los párrocos. Su ejemplo inspiró a muchos en esta tierra donde la religiosidad se entrelaza con la cultura y la historia.
¿Quiénes fueron estos hombres?
Desde el italiano José Roque Chielli, que llegó en 1935 y encontró su misión en el norte, hasta el estadounidense José Lally, que arribó en 1962; cada uno dejó una impronta única. Chielli impulsó el loteo de la Misión San Francisco en Pichanal y creó escuelas para comunidades originarias, mientras que Lally, conocido como “Lalich”, levantó la parroquia San José Obrero y su comedor infantil.
En el ámbito educativo, el padre Miguel Ángel Bessone marcó a generaciones en el Colegio Salesiano durante más de tres décadas, con su alegría y sus relatos de fútbol imaginarios. Mientras tanto, el padre Ernesto Martearena, nacido en Jujuy, se convirtió en un símbolo de solidaridad desde la parroquia de Fátima, alimentando a más de dos mil personas con sus ocho comedores.
¿Qué obras perduran hoy?
El padre Sigfrido Moroder, “Chifri”, es recordado por su increíble labor en la Quebrada del Toro, donde usó un parapente y luego un cuatriciclo para llegar a 25 comunidades aisladas. Su mayor legado es el colegio secundario albergue de El Alfarcito, que evitó que muchos jóvenes dejaran sus hogares para estudiar.
Monseñor Oscar Mario Moya, por su parte, combinó la teología con la gestión institucional, fundando la parroquia Santa Lucía y siendo distinguido por el Papa Juan Pablo II. Todos ellos, junto a muchos otros anónimos, demuestran que el verdadero sacerdocio trasciende los muros del templo y se arraiga en el corazón del pueblo.