El maestro murió en la ruta, pero sus alumnos se encargaron de que no se vaya del todo

¿Qué encontraron sus exalumnos en las 29 páginas que escribieron para despedirlo? El homenaje al maestro que murió en la ruta guarda un detalle que nadie esperaba.

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El maestro murió en la ruta, pero sus alumnos se encargaron de que no se vaya del todo
El maestro murió en la ruta, pero sus alumnos se encargaron de que no se vaya del todo

La Escuela N° 447 Coronel Lorenzo Lugones de Barrial Alto, en el departamento San Martín, está de luto desde el 10 de agosto. Ese día, el docente Domingo Federico Bravo murió en un siniestro vial sobre la Ruta 34 Vieja, a la altura de El Polear, cuando se dirigía en motocicleta al establecimiento donde había enseñado durante casi tres décadas.

Tenía 57 años y una rutina que repetía desde hacía unos 30: levantarse temprano, subirse a la moto y recorrer los kilómetros que lo separaban de sus alumnos. El vehículo en el que viajaba fue embestido por un Volkswagen Gol Trend conducido por Jazmín Isabel Salazar, de 25 años. El test de alcoholemia practicado a la conductora arrojó 1,80 gramos de alcohol por litro de sangre.

La causa judicial sigue en trámite. El fiscal Nicolás Santillán solicitó dos años de prisión preventiva para Salazar.

Pero la historia de Domingo Bravo no termina en el expediente. Un mes después del golpe, exalumnos, colegas y familias de la comunidad educativa reunieron sus recuerdos en un libro digital de 29 páginas: “Homenaje al Maestro Domingo Federico Bravo”. No es un obituario ni una crónica judicial. Es un archivo de voces.

“Hizo kilómetros de tierra para enseñarnos el camino de la vida”

La frase abre el homenaje y resume lo que sus alumnos repiten una y otra vez. Bravo nació el 1 de noviembre de 1968 y desarrolló gran parte de su carrera en la Escuela 447. Lo describen como un maestro humilde, paciente y trabajador, pero sobre todo como alguien que no se limitaba a dar contenidos.

“Nos enseñó a leer, a escribir, pero sobre todo nos enseñó a ser buenas personas”, dice uno de los testimonios recopilados.

Otro pasaje rescata una escena que hoy pesa distinto: a la salida de clases, Domingo se quedaba junto al portón esperando a los chicos cuyos padres todavía no habían llegado. “Yo te espero”, les decía. Nunca dejaba solo a nadie.

Golosinas, lápices y un lugar en el recreo

El libro está hecho de pequeños gestos. Un lápiz que se rompía y era reemplazado por otro. Golosinas para los que no tenían plata en el recreo. Partidos de fútbol, escondidas y ta-te-ti con los chicos. Un maestro que se quedaba un rato más cuando algún alumno esperaba que lo fueran a buscar.

Janeth Moreno lo define con una frase íntima: “Fuiste como un padre para mí”. Cuenta que Domingo guardaba las cartas que ella le escribía e incluso sus velitas de cumpleaños. Candela Moreno recuerda los recreos compartidos. Y al evocar una carta que él les escribió cuando egresaron en 2023, otra exalumna confiesa: “No quiero recordar mucho porque se me hace un nudo en la garganta”.

Ivana Díaz lo resume de un modo que se repite en casi todo el libro: “El Sr. Domingo fue mi maestro en 5.º, 6.º y 7.º grado, pero no solo fue mi maestro: también fue un segundo padre y un amigo”.

Una escuela que fue su segunda casa

Para quienes escribieron el homenaje, la Escuela 447 no era apenas su lugar de trabajo. Era su segunda casa. El libro cuenta que permaneció allí casi 30 años, atravesando inviernos, veranos, falta de agua y jornadas en las que había que resolver todo. “Él la cuidaba como se cuida la propia casa”, señala uno de los capítulos.

Mónica Barraza compartió 20 años de trabajo con él y dice que dejaron de ser compañeros para convertirse “como familia”. Recuerda que Domingo la acompañaba caminando hasta una parada ubicada a un kilómetro de la escuela, incluso de madrugada. Máximo Moreno y Sandra Islas cuentan que lo ayudaban a trasladarse hasta Barrial Alto cuando el colectivo dejó de funcionar. Y también recuerdan que compró una bicicleta, no para él, sino para que sus alumnos que vivían lejos no hicieran todo el camino a pie.

“Así era Domingo Bravo. Agradecido, sencillo, feliz con una tortilla caliente, y capaz de sacarse lo poco que tenía para dárselo a sus niños”, escribió su comunidad.

“Usted hizo kilómetros de tierra; nosotros haremos kilómetros de memoria”

El capítulo final reconstruye simbólicamente aquella última mañana. Domingo salió rumbo a la escuela como lo había hecho durante años. “Terminó como vivió: en camino. En camino a su escuela. En camino a sus niños”, dice el texto, que también reconoce que la despedida quedó pendiente: “Nos quedamos con los brazos vacíos, con ganas de abrazarlo y decirle todo lo que no le dijimos”.

El libro no pertenece a una sola persona. La idea original fue de Francisca Beatriz Ruiz, y el armado, la compilación y la edición del PDF estuvieron a cargo de Janeth Antonela Moreno, que reunió y ordenó los testimonios. Participaron exalumnos, exalumnas, colegas, familias y miembros de la comunidad educativa.

Lo que empezó como una idea para que el nombre de un maestro no se borrara terminó siendo un archivo colectivo de recuerdos. No para recordar cómo murió, sino cómo vivió. Porque, como escribió su comunidad educativa, los grandes maestros no se van por completo.

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