El mensaje del Papa en Montevideo que dejó a más de uno pensando: "Nadie debería sentirse extraño entre los suyos"
Llegó a Montevideo para hablar de la democracia uruguaya y terminó deteniéndose en una anciana encorvada que avanza con un bastón en el friso de Artigas. Lo que dijo el Papa sobre ella y sobre quienes no pueden valerse por sí mismos.
El papa León XIV aterrizó pasadas las 16 en el Aeropuerto Internacional de Carrasco, a 20 kilómetros de Montevideo, tras 13 horas y media de vuelo desde Roma. Lo recibió el presidente Yamandú Orsi y juntos se trasladaron a la Plaza Independencia, donde se sumaron los exmandatarios Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle y Luis Lacalle Pou. Allí, ante autoridades y cuerpo diplomático, pronunció su primer discurso en suelo uruguayo: la apertura de una gira latinoamericana que después lo traerá a la Argentina.
Un monumento como punto de partida
León XIV eligió el pedestal de la estatua de Artigas como eje de su alocución. El friso de bronce que Angelo Zanelli talló en sus cuatro caras, con escenas del Éxodo del Pueblo Oriental de 1811 —la Redota—, le sirvió de disparador para hablar del Uruguay de hoy.
En lo alto, Artigas aparece solo a caballo; más abajo, en el relieve frontal, vuelve a estar entre sus hombres, confundido con la multitud. De ahí el Pontífice saltó a una frase del prócer ante el Congreso de abril de 1813: «Mi autoridad —dijo— emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana». Para el Papa, esa sentencia condensa el origen de la autoridad y la responsabilidad de quien la ejerce.
El discurso también puso el foco en los cuarenta años de democracia ininterrumpida que Uruguay cumplió en 2025. La autoridad pública, sostuvo, «encuentra su razón de ser en el servicio al bien común» y debe ejercerse dentro del orden jurídico, respetando la libertad y la responsabilidad de los ciudadanos.
Energía renovable, generaciones futuras y el cuidado de la vida
El Sumo Pontífice destacó la transformación de la matriz eléctrica uruguaya, que hoy se apoya casi enteramente en fuentes renovables. Lo calificó como un resultado notable, fruto de decisiones sostenidas durante años y de la participación de diversos sectores. Pero advirtió que ese paso plantea nuevos desafíos en transporte, producción y uso responsable de la tierra, el agua y la energía. «Pensar a largo plazo significa precisamente administrar estos bienes sin comprometer las posibilidades futuras», señaló, retomando una idea de Francisco sobre el bien común y las generaciones venideras.
La protección de la vida que comienza ocupó un tramo central de su mensaje. A partir de la figura de una mujer que lleva un bebé en brazos en uno de los frisos, el Papa habló de «aquella que todavía crece en el seno materno»: «Quien todavía no ha nacido pertenece ya a la familia humana y al futuro de su pueblo», afirmó, y subrayó que la dependencia de la madre no disminuye su dignidad ni la protección que merece. Citó a Juan Pablo II —que también visitó el país— con la frase «el futuro de la humanidad se fragua en la familia».
En otro pasaje del relieve aparecen niños caminando junto a los adultos. Para León XIV, eso recuerda que los más pequeños integran el pueblo antes de poder decidir o trabajar, y que cuidarlos implica garantizarles educación, alimentación y adultos que los acompañen. La formación, agregó, debe abrir oportunidades laborales concretas, porque «el trabajo está “en función del hombre” y no el hombre “en función del trabajo”». Frente a los avances de la tecnología y la inteligencia artificial, pidió que el desarrollo amplíe las capacidades humanas y no reduzca al trabajador a «una simple pieza prescindible».
La anciana del bastón, la soledad y el sufrimiento
El Pontífice se detuvo en la figura de una anciana encorvada que avanza apoyada en un bastón, y en las personas que se ayudan alrededor de una carreta. «También quienes necesitaban apoyo para continuar formaban parte de aquel pueblo», dijo, y remarcó que el valor de una persona no se mide por lo que produce ni por su autonomía: «La dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada».
Del bronce pasó a lo que el bronce no muestra: el peso interior de cada uno. Habló de la soledad, la angustia y la pérdida de esperanza, y abordó la realidad del suicidio con una idea fuerte: «Nadie debería llegar a sentirse extraño entre los suyos ni pensar que su ausencia importa menos que su presencia». La atención sanitaria, los vínculos familiares y la cercanía de la comunidad, planteó, resultan inseparables.
También mencionó en primera persona las limitaciones que le impuso una enfermedad reciente y los cuidados que recibió, por los que se mostró «profundamente agradecido». Esa experiencia lo llevó a pensar en quienes no tienen medios para un diagnóstico oportuno o un tratamiento. Garantizar la atención sanitaria más allá de los recursos, sostuvo, interpela a toda la sociedad, y citó a Benedicto XVI: «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre». La Iglesia, dijo, ofrece en esa tarea «una esperanza que no se extingue cuando los recursos humanos encuentran su límite».
Economía, laicidad y vocación de integración
Ante la multitud diversa que representa el friso —una mujer de atuendo distinguido a pie junto a una carreta, otros conduciendo animales—, el Papa reflexionó sobre las desigualdades. La creación de riqueza, la inversión y la iniciativa económica, tanto pública como privada, son necesarias para el desarrollo, pero sus frutos deben alcanzar a todos, porque «son las personas concretas las que cuentan, cada una de ellas y sus familias».
Sobre el carácter laico del Estado, afirmó que está llamado a garantizar un espacio de convivencia libre y respetuosa entre creyentes y no creyentes, y que esa neutralidad no exige confinar la dimensión religiosa al ámbito privado. Citó el Concilio Vaticano II: nadie debe ser obligado a obrar contra su conciencia ni impedido de actuar conforme a ella.
En el plano regional, recordó que la Constitución uruguaya promueve la resolución pacífica de controversias y la integración latinoamericana, y que Montevideo sea sede de la Secretaría del Mercosur le da concreción a esa vocación. «Perseverar en el respeto al derecho, en la negociación y en la búsqueda paciente de acuerdos constituye un servicio que Uruguay puede seguir ofreciendo a sus vecinos», expresó.
El cierre: la Redota y el conjunto del pueblo
Para cerrar, volvió a la marcha del centro de la plaza. Los relieves se prolongan por las cuatro caras del pedestal y desde un solo lugar apenas se ve una parte de la multitud: hay que acercarse, recorrerlo y detenerse en cada personaje. «El pueblo aparece precisamente en el conjunto», dijo, y reconoció allí la responsabilidad de unos hacia otros que permite a distintas generaciones seguir construyendo una historia común.
León XIV recordó que los vínculos entre la Santa Sede y Uruguay se remontan a los primeros años de la independencia, cuando Gregorio XVI designó al padre Dámaso Antonio Larrañaga Vicario Apostólico mediante un breve del 14 de agosto de 1832, acto interpretado también como un reconocimiento implícito del nuevo Estado oriental.
«A ese Uruguay he venido como Sucesor de Pedro y como pastor», concluyó, y pidió que estos días sirvan para «fortalecer cuanto nos une» y renovar la confianza. Cerró con una bendición para el país y una invocación a la Virgen, a quien el pueblo uruguayo se confió en sus horas de nacimiento.