El misterio de los túneles bajo la Plaza de la Cooperación: ¿qué escondían?
¿Qué escondían los túneles hallados bajo la Plaza de la Cooperación? Un arqueólogo revela su función original y por qué quedaron en el olvido.
El hallazgo de estructuras subterráneas en plena remodelación de la Plaza de la Cooperación desató teorías y revivió la historia del antiguo Mercado Norte. Un arqueólogo revela qué eran realmente esos depósitos y por qué quedaron bajo tierra.
Durante las tareas de remodelación de la Plaza de la Cooperación, al revisar un árbol que parecía inestable, los trabajadores toparon con túneles y depósitos que habían permanecido ocultos durante décadas. Las fotos no tardaron en circular y las especulaciones, también. Pero, ¿qué eran esos espacios? Gustavo Fernetti, arqueólogo y museólogo, salió a ponerle luz al asunto.
Un viaje al pasado: el Mercado Norte y sus vecinos
Para entender el hallazgo hay que retroceder a 1876, cuando en ese mismo lugar se levantó el Mercado Norte, que operó hasta 1979. No era el único: la ciudad contaba con el Mercado Urquiza, el Modelo, el Central, el de Abasto y El Porvenir.
Fernetti explicó que la razón principal para demoler estos mercados fue la higiene. El Mercado Central, por ejemplo, ocupaba lo que hoy es la Plaza Montenegro, pero su edificio fue derribado. El Mercado de Abasto, que estaba en la manzana de Pasco, Sarmiento, Ituzaingó y Mitre, dio paso a la Plaza Libertad.
“Cuando demuelen el Mercado Central, cuenta la leyenda urbana que estaba lleno de ratas, que metieron gatos para ahuyentarlas. El intendente Cándido Carballo mandó a demolerlo y se creó la plaza Montenegro, originalmente Pinasco, y se la adjudicó al Automóvil Club”, relató el especialista.
Los sótanos de ese mercado sirvieron luego como base del centro cultural Bernardino Rivadavia (hoy Fontanarrosa), especialmente en 1978, cuando funcionó como centro de prensa del Mundial. Otro caso es el del Mercado Abasto, donde no hay certeza de que existieran depósitos subterráneos, o si los hubo, fueron rellenados.
El Mercado El Porvenir, inaugurado en 1911 en barrio Refinería, aún conserva parte de su estructura original de galpón, hoy convertida en locales y estacionamiento.
¿Para qué servían esos depósitos enterrados?
Fernetti fue claro: estos espacios funcionaban como cámaras de conservación. En una época sin heladeras en los hogares, la baja temperatura y la falta de corrientes de aire retrasaban la descomposición de los alimentos.
“Servían para mandar la fruta verde y que terminara de madurar sin pudrirse, pero también para embutidos, fiambres o vino. Funcionaban como cámaras de conservación y despensas enterradas, algo muy común en la época”, detalló.
El cambio de hábitos que los dejó obsoletos
Entre las décadas de 1930 y 1980, Rosario experimentó transformaciones profundas. Con la vivienda propia, las familias se mudaron a los barrios y aparecieron el almacén, la carnicería y la verdulería de la esquina: el comercio de cercanía.
La masificación de la heladera familiar en los 40 y 50 también jugó un papel clave. Ya no era necesario comprar todos los días; se podía almacenar en casa. Luego, los mercados mayoristas y frigoríficos en la periferia, y finalmente los hipermercados y el auto, impusieron la “compra mensual de abundancia”.
“Rosario es una ciudad dispersa, con mini ciudades que son los barrios. Entre los años 60 y 70 hubo una transformación radical que generó el fin de ciertos elementos del siglo XX. El mercado concentrado dejó de tener sentido porque la ciudad se desconcentró”, analizó el investigador.
El subsuelo del Mercado Norte: ¿por qué no se rellenó?
Tras la demolición del edificio, a fines de los 70, la arquitecta Selva Moreno diseñó la plaza actual. Fernetti aclaró que las estructuras no fueron rellenadas, sino que se dejaron “por las dudas”.
“Ese subsuelo se dejó por las dudas. En un momento, se pensó para guardar elementos de las canchas o del guardián de plaza a través del edificio municipal de la cortada Simeone. Pero al desaparecer esa figura emblemática del placero en los 80, la estructura quedó abandonada, aunque prácticamente intacta”, señaló.
Consultado sobre su valor arqueológico, Fernetti fue prudente: “Desde el punto de vista estrictamente arqueológico, no se busca el objeto insólito o la curiosidad aislada, sino patrones regulares que permitan reconstruir un modelo, por ejemplo, de mercado rosarino. Esto responde a una arquitectura funcional conocida”.
Igual, reconoció que el impacto en la gente es inevitable: “El carácter de lo insólito dentro de lo cotidiano siempre genera impacto, ya sea un sótano de mercado o un riel de tranvía bajo el asfalto. Forma parte de la fascinación por descubrir la ciudad que existió antes”.