El misterioso talismán que atraviesa los cuentos de Claudio Puntel en 'Yuchán florecido'

¿Qué secretos esconde un amuleto que pasa de generación en generación? 'Yuchán florecido' de Claudio Puntel revela un mundo de pumas infernales, luchas federales y talismanes que desafían a la muerte. Una obra que vibra con la identidad entrerriano-correntina.

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El misterioso talismán que atraviesa los cuentos de Claudio Puntel en 'Yuchán florecido'
El misterioso talismán que atraviesa los cuentos de Claudio Puntel en 'Yuchán florecido'

Hay libros que se leen con el cuerpo, no solo con los ojos. 'Yuchán florecido', el nuevo libro de Claudio Puntel, es uno de esos: una colección de relatos donde un amuleto de madera, el kurundú, pasa de generación en generación, marcando a fuego la identidad entrerriano-correntina. El autor, nacido en Santo Tomé y entrerrianizado hace décadas, construye un mundo literario que late con la fuerza de los montes, los ríos y las luchas federales.

Puntel no escribe desde la torre de marfil. Para dar forma a estas historias, caminó largo con los nietos de los protagonistas, con su propia sangre, con su pueblo obrero y campesino. Escuchó y compartió creencias, miedos, corajes y fiestas. El resultado es una obra que vibra con la autenticidad de quien conoce cada recodo del paisaje y cada matiz del habla popular.

El kurundú: un amuleto que trasciende la muerte

El sincretismo es una marca de estos pagos chamameceros, y los cuentos de Puntel se sumergen en ese mundo bien paisano, arraigado y original. El kurundú, ese talismán que no viene de la ficción sino de la carne, es el hilo conductor de las dieciséis relatos que componen el libro. En él se expresa todo un rancherío que se conoce mejor bandeando el Guayquiraró y a dos costas.

Una anécdota del gaucho Quitilo Espinoza, felicianero de pura cepa y hachero en Pozo Ju, ilustra esta costura entre el presente y el pasado, entre el mito y la realidad: “Allá por el mil ochocientos y pico, un hermano de mi abuela, tío Luis Díaz, un muchacho de dieciséis o diecisiete años, andaba a caballo por esos montes cuando escuchó unos quejidos bajo un árbol. Se arrimó. Un hombre boca arriba, se quejaba. Lo ve y le dice ‘bajate m´hijo, sacame lo que tengo en la espalda, ahí vas a ver un bultito, entre carne y cuero. Cortame, sacame m´hijito’. Estaba bandeado de un balazo, tiempo del caudillaje sería.” El muchacho le extrae un santito de madera, y el hombre muere en paz.

Ese talismán no dejaba descansar al paisano herido de muerte, y en el libro, Fleitas cuenta que su padre volvió del Norte con un amuleto en la carne. “En ese objeto mágico se cristalizaba el compromiso que habían hecho los compadres, el de protegerse aún muertos.” A la muerte del padre, Fleitas debió abrir un surco en el brazo del difunto para extraer el amuleto que llevaba alojado en el músculo.

Los pumas infernales y la historia federal

Los “pumas infernales” son los protagonistas de estas historias, conducidos por el general Amaro Amembí, un nombre que cruza fronteras, como las familias Amembí que existen tanto en Corrientes como en Paraná. Los relatos se ambientan en las luchas por la autonomía, desde Artigas y Ramírez hasta López Jordán, y el autor no desdeña el coraje, sino que lo ubica en su contexto histórico, revelando todo un siglo de luchas fratricidas.

El prólogo de Martín Tactagi destaca que Puntel “construye un campo literario que puede ser al mismo tiempo poesía, historia, filosofía y quién sabe qué más”. Y es cierto: la obra requiere una analogía etnográfica, un conocimiento de lo actual para trepar la historia e imaginar a los ancestros, y una pasión por los sueños federales contra el centralismo despótico.

El libro obtuvo el premio Fray Mocho, y la satisfacción fue doble o triple: por tratarse de un correntino entrerrianizado, militante sindical docente, y por un tema y un modo de contarlo que vibran con los clásicos del litoral argentino.

La pluma de Puntel: párrafos que pintan

Algunos pasajes muestran la fuerza literaria del autor. Por ejemplo: “De los vivos, el más complicado era Escalante, la mano derecha del general. Un tapecito que sobrevivió a las luchas de la independencia y como no sabía hacer otra cosa continuó guerreando junto a Amembí en las campañas federales. Hasta esa siesta, cuando cayó cosido por la metralla de los hombres del Directorio.”

O este otro: “Un poco por las dudas y otro poco para no quedarse quieto a esperar nada, Alarcón se ofreció a intentar cruzar las filas enemigas en busca de ayuda para su compañero. Partió a la madrugada, cuando el olor a vísceras y bosta se hacía insoportable en todo el campo.”

Y la voz femenina: “—Me llamo Ramona y voy a salvarte, aunque después no tenga adónde regresar -dijo y sacó un manojo de hierbas de entre las tetas.”

Una obra que se lee de un tirón

Las cien páginas de cuentos encadenados se leen con fluidez, sin obstáculos. El autor hace como que empieza en la página 13 con un Fleitas queriendo algo, y termina en la 113 con ese mismo Fleitas que lo consigue, tras un reguero de pólvora, sangre y lágrimas. Hay capítulos sin violencia, como “El río cambia el curso de la guerra”, donde los combatientes ayudan al pobrerío en una creciente. Y el nombre del escuadrón surge del cuento “Como los pumas”, con el guiño de un cura.

Al final, Claudio Puntel borra fronteras y nos invita a meditar: de Santo Tomé a Paraná, el mismo puma.

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