El mito que más daño hace en Neuquén: preguntar si alguien piensa en morir no mete la idea, la desarma
En Neuquén, los equipos de Salud Mental advierten que el mito de que hablar de suicidio "mete ideas" sigue frenando la prevención. Y denuncian que los recursos para atender la demanda están muy por debajo de lo que exige la ley.
Hay una creencia que sigue pesando en las escuelas, en las casas y hasta entre algunos profesionales: que hablar de suicidio es peligroso. Que nombrar la muerte puede instalar una idea que antes no estaba. Para los equipos de Salud Mental de Neuquén que trabajan en instituciones educativas, ese es el primer mito que hay que derribar.
En el marco del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, que se conmemora cada 10 de septiembre, la psicóloga Isabel Almeyra y la trabajadora social Mariana Fioretti explicaron a LM Neuquén cómo detectar señales de alerta y qué hacer ante una situación de riesgo. Ambas trabajan desde la Salita de Salud de San Lorenzo al CPEM 54, en el oeste neuquino, con un plan de acción que capacita a docentes y preceptores, sensibiliza a estudiantes y construye redes de contención.
"No hay que tener miedo de preguntar", es una de las premisas que buscan instalar. Según expusieron, hablar del suicidio no provoca que una persona tenga una idea que antes no tenía. Por el contrario, poner en palabras el sufrimiento puede abrir la puerta a un acompañamiento y a un pedido de ayuda.
¿Qué hacer cuando un adolescente dice que no quiere vivir más?
La pregunta directa, lejos de generar una idea suicida, puede abrir un espacio para que alguien diga lo que hasta ese momento no había podido contar. "Si hay alguien que empáticamente te pregunta la idea de muerte o dejar de existir, alivia mucho al otro porque entiende que lo puede hablar libremente", explican las profesionales.
Pero la conversación requiere cuidado. No delante de todo el curso, no desde el juicio ni desde la minimización. La recomendación es buscar un espacio aparte, escuchar con atención, mirar a la persona que está enfrente y no responder contando experiencias propias. También es importante no dejar la situación librada solamente a esa conversación: quien abre ese espacio de diálogo debe involucrarse y pensar qué acciones posteriores pueden ponerse en marcha.
El trabajo en las escuelas apunta a que docentes y preceptores puedan reconocer modificaciones en las conductas de los adolescentes. Entre las situaciones que pueden llamar la atención aparecen las autolesiones, el retraimiento, cambios importantes de conducta, dejar de hablar, aislarse o expresar señales de sufrimiento en las redes sociales.
Sin embargo, Almeyra y Fioretti hacen una advertencia: detectar una señal no significa poder anticipar automáticamente un suicidio. "No queremos culpabilizar", explican. Después de una muerte, muchas familias pueden quedar atrapadas en la pregunta de por qué no se dieron cuenta. Las profesionales plantean que la prevención no puede convertirse en una búsqueda retrospectiva de responsables, sino en construir comunidades más atentas y con mayores herramientas.
Las cifras que no alcanzan a mostrar el problema
"Hay un incremento importante, el año pasado más de 5000 personas se suicidaron, con 14 suicidios por día", aseguró Almeyra. A nivel mundial, la tasa de suicidios es de 9,1 cada 100 mil habitantes, mientras que Argentina alcanza los 11,8 cada 100 mil habitantes.
Según el informe del Sistema Nacional de Información Criminal de 2025, los suicidios consumados a nivel nacional fueron 5.204. En Neuquén se registraron 61 suicidios en 2024 y 52 en 2025, lo que representó una baja del 15 %. Sin embargo, las trabajadoras de salud consultadas indicaron que los registros disponibles no necesariamente reflejan la dimensión real de la problemática en la provincia. Señalan dificultades en el registro de los intentos de suicidio y otras situaciones de riesgo que llegan a los equipos territoriales pero no siempre quedan reflejadas en las estadísticas oficiales. "La percepción que tenemos de lo que pasa no es lo mismo que lo que pasa", advierten.
Para Fioretti, el suicidio es un fenómeno multidimensional: en el sufrimiento pueden confluir factores familiares, sociales, económicos, culturales y biológicos. También aparecen situaciones vinculadas con violencia de género, violencia doméstica, consumos problemáticos, dificultades laborales, endeudamiento, problemas habitacionales y debilitamiento de las redes de apoyo.
La franja etaria que más preocupa se ubica entre los 15 y los 35 años, con situaciones vinculadas con la precariedad laboral, el desempleo y las dificultades para acceder a una vivienda. "Tenemos que desplazar el plano individual y comprender el sufrimiento como un fenómeno multidimensional", plantea Fioretti. Y agrega: "Salud es solamente una parte de la respuesta, no nos podemos apropiar del lugar de salvadores".
Almeyra también advierte un cambio en las situaciones sociales que llegan a los equipos de Salud. Ya no describen solamente escenarios de pobreza estructural, sino también un empobrecimiento más reciente de familias que hasta hace algunos años podían sostener determinadas condiciones de vida. La pérdida del empleo, la precarización laboral, el aumento de los alquileres, el endeudamiento y la inseguridad alimentaria aparecen en las consultas. "La población está tratando de sostener la vida como puede en un contexto de recesión y aumento del costo de vida", plantea.
Qué pasa después de un suicidio: la posvención
Hay otra parte del trabajo que muchas veces queda fuera de la conversación pública: la posvención. Es el conjunto de intervenciones que se realizan después de que ocurre un suicidio para acompañar a las personas y comunidades afectadas y evitar que el impacto genere nuevos daños. En una escuela, eso implica trabajar con estudiantes, docentes, familias y el resto de la comunidad educativa. "Es toda la intervención que se hace una vez consumado el suicidio", explican.
Por eso consideran necesario que los equipos de Salud Mental estén preparados antes de que ocurra una situación de estas características y que las instituciones tengan una hoja de ruta clara. "Hay líneas claras que ayudan a tomar calma en cuanto a la situación", dicen.
El trabajo se enmarca en la Ley Nacional 27.130 de Prevención del Suicidio. Neuquén adhirió a esa ley mediante la Ley provincial 3089, sancionada en 2017. También rige la Ley de Salud Mental, y ambas establecen la necesidad de capacitar de manera sistemática y permanente a los recursos humanos de Salud y Educación.
Para Almeyra y Fioretti, el 10 de septiembre sirve para poner el tema sobre la mesa, pero la prevención no puede quedar limitada a una fecha del calendario. La dificultad para dimensionar el problema se cruza con otra discusión: los recursos disponibles. Las trabajadoras de Salud Mental advierten que no alcanza con sensibilizar a docentes, capacitar equipos o pedirle a la comunidad que esté atenta a las señales de sufrimiento: "también tienen que existir recursos suficientes para responder cuando aparece una situación de riesgo".
La Ley Nacional de Salud Mental 26.657 establece en su artículo 32 que las partidas destinadas a salud mental deben alcanzar, como mínimo, el 10% del presupuesto total de salud. Sin embargo, ese porcentaje está lejos de cumplirse. Un análisis de la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) sobre el presupuesto proyectado para 2026 estimó que las partidas identificadas como salud mental representan alrededor del 1,42% del presupuesto total de la función salud.
Para los equipos que trabajan en territorio, la discusión presupuestaria no es abstracta. Se traduce en cuestiones concretas: "es necesario contar con vehículos para llegar a las escuelas y a los barrios, viáticos, profesionales, estamos pidiendo jornadas de seis horas, equipos interdisciplinarios, turnos disponibles, formación y dispositivos capaces de sostener el acompañamiento después de una situación crítica".
Y plantean una contradicción: "se puede sensibilizar a la comunidad para que pida ayuda, pero si cuando esa ayuda llega no hay turnos suficientes, equipos formados o profesionales disponibles, la prevención queda incompleta".
Por eso, para Fioretti y Almeyra, la prevención del suicidio no puede reducirse a una campaña, una capacitación o una fecha en el calendario. Necesita una política pública sostenida en el tiempo y recursos que permitan sostenerla. "Tiene que ser política de salud sostenida en el tiempo", plantean.